última hora

Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (19): Bruno Baz Moreno, pionero en la recuperación de la Memoria Histórica de Martiago. Por Ángel Iglesias Ovejero

Interlineado+- AFuente+- Imprimir el artículo
Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (19): Bruno Baz Moreno, pionero en la recuperación de la Memoria Histórica de Martiago. Por Ángel Iglesias Ovejero
Noticias relacionadas

Foto_1_Bruno Baz Moreno -rr
Bruno Baz Moreno

La memoria local de Martiago tiene una deuda con Bruno Baz Moreno, que, como “archivos viviente”, ha ofrecido una información casi de primera mano por vía escrita, cuando todavía el tema de “la guerra civil” (en la perspectiva republicana), si no tabú, estaba relegado al olvido. Nacido en dicha localidad (1925), Bruno era el primero de una fratría de seis miembros, alguno de los cuales también ha aportado datos y comentarios sobre la represión franquista local, descrita por el hermano mayor en un capítulo de su Historia y vida de Martiago, monografía inédita de 104 folios. Fue rematada en septiembre de 1985 en Pont de Suert (Lérida) y probablemente estimulada por Ciriaco de Vicente Martín, hijo del maestro martiagués Victorino Vicente González (sin partícula), dirigente del PSOE y a la sazón diputado por Salamanca, en plena fase eufórica de la marea rosa de la Joven Democracia en España. Aunque se tenían noticias de este ensayo pionero, solamente ahora se ha tenido acceso completo al mismo.

Los padres de Bruno y sus hermanos se llamaban Julio Baz Morán y Melchora Moreno Oreja, cuyas respectivas familias tenían una situación desahogada dentro de la economía de subsistencia propia de estos pueblos salmantinos en la umbría de la Sierra de Gata. Los abuelos paternos (Marcelo Baz y Cipriana Morán) eran dueños de un establecimiento de bebidas y los maternos (José Moreno y Josefa Oreja) poseían tierras y algunos ganados, que bastaban para ser considerados “ricos”. Pero esto no impidió que varios miembros del grupo de parentesco tuvieran que emigrar dentro o fuera de España, en función de las circunstancias.

Julio y Melchora emigraron con sus hijos a Francia en los años 20, por etapas. Primero lo hizo el padre, de soltero, casi adolescente, al término de la primera guerra mundial. Después volvió al país vecino de casado, ya en compañía de su esposa. Se asentaron en Saint-Etienne (departamento del Loira, región actual de Auvernia-Ródano-Alpes), donde residían sendos hermanos del marido y de la mujer (Luis Baz y Cándido Moreno, respectivamente). Allí fueron naciendo sus primeros cinco hijos: Bruno (1925), Luisa (1928), Fernando (1930), Amelia (1931), Marcelo (1933). En dicha ciudad y su entorno sin duda existía un grupo de españoles serragatinos, de San Martín de Trevejo (Cáceres), de Casillas de Flores (Salamanca) y de otros lugares que trabajarían en fábricas. Desde la Edad Media había allí una tradición metalúrgica, con fabricación de armas blancas, sobre la cual, con la proximidad de minas de carbón, se asentaría un centro importante desde la Revolución industrial, con oferta de trabajo hasta su decadencia en la década de los años setenta.

Quizá empujado por las secuelas económicas de la crisis de 1929, el grupo regresó poco antes de la guerra a Martiago, donde nació el último hermano, Julio (1939), ya durante el conflicto, que para los otros miembros de la fratría coincidió con el período escolar. Bruno, como su hermana Luisa, había iniciado la escolaridad en Francia, pues tenía once años en 1936. A esta edad ya era plenamente consciente del ambiente convulso que precedió a la guerra y del que se respiraba en la retaguardia franquista durante el conflicto bélico, además de haber sido testigo de algunos incidentes que acompañaron o siguieron a la sublevación militar, así como de los efectos que de ella dimanaron después. Entre éstos hay que contar la emigración o el éxodo, que afectó a hermanos y hermanas, para cuyos avatares detallados no hay espacio aquí. Baste recordar que el hermano más joven (Julio) falleció en un desgraciado accidente a sus 18 años, al cruzar una vía del tren y ser arrollado por éste.

La ocupación común en el pueblo era la de los quehaceres ordinarios en las labores del campo y el cuidado del ganado. Bruno, después de cumplir el servicio militar (Valladolid), donde le invitaron a quedarse o colaborar en actividades complementarias del ejército, hizo oposiciones en un banco, y se colocó en Lérida, donde se casó con una catalana (Marcelina, fallecida en 2018). El matrimonio tuvo tres hijos, y la familia consolidada no se ha visto afectada por los problemas de convivencia que en Cataluña ponen ahora de relieve los medios de comunicación. Allí se jubiló a los sesenta años (1985) y allí reside con 94, disfrutando de sus plenas facultades mentales. El retiro le permitió volver a su lugar de origen con más frecuencia, aunque nunca se había desarraigado, pues regresaba en los veranos y en determinadas fiestas, como la del Cristo el 14 de septiembre. En este marco de la jubilación emprendió el ensayo de la historia local, en el que dedica una treintena de páginas a la “guerra civil”.

Como apuntábamos al principio, Bruno fue pionero en dejar constancia de la memoria histórica local de Martiago, cuando esto era poco menos que un tabú en Castilla y León por los años ochenta, y a nivel nacional se practicaba la teoría del olvido. Quizá su compromiso sea consecuencia de su estancia en Cataluña donde ya por entonces existía menos empatía con el pasado franquista de una gran parte de la clase política española), o en todo caso era menos visible. En 1985 todavía estaban cerca los ruidos de sables durante la Transición (tan condicionada por ellos) y la Joven Democracia había estado a punto de sucumbir en el fallido golpe del 23 de febrero de 1981 protagonizado sobre todo por Tejero, reincidente golpista entonces y reincidente antidemócrata ahora, presente no hace mucho en la re-inhumación de Franco (24/10/19), esta vez sin tricornio, sin pistola visible y sin estridentes y aflautados “coños” de por medio.

Bruno Baz, por así decir, nos ofrece en su salsa lo que hoy día conocemos de la represión cruenta y carcelaria de Martiago, con el añadido de algunos detalles desconocidos, que procura pintar en su relato con matices y atenuaciones para no herir susceptibilidades, pero sin dejarse lo esencial en el tintero. Empieza por contextualizar los hechos a nivel local dentro de lo que era la situación político-social en 1936. No marra la causa principal del conflicto, la reforma agraria, aunque, transmite el mito del reparto (de “bienes y ganados que poseían los hacendados y latifundistas en beneficio de las clases menos pudientes”), siendo así que, al menos en el campo de Salamanca, no hubo expropiaciones ni donaciones gratuitas, a no ser los trabajos preparatorios de los “colonos” en algunas ocupaciones pasajeras de fincas en la primavera de aquel año, las cuales no llegaron a sembrar. Las dehesas inmediatamente fueron devueltas a sus dueños (valedores interesados del “Movimiento Salvador de España”); pero los jornaleros agraciados con parcelas, lejos de recibir compensación alguna por las labores efectuadas, fueron a veces castigados con la muerte. Y por otro lado, podría haberse ahorrado la justificación implícita de la Sublevación militar, con el socorrido argumento de los historiadores franquistas sobre la impotencia del gobierno republicano para impedir la violencia (“269 personas [asesinadas], 160 iglesias destruidas, 250 incendiadas y un sinfín de huelgas generales”), porque, además del hecho general de que la guerra declarada por los militares rebeldes causó desgracias incomparablemente mayores en vidas y haciendas, también conviene recordar que el Frente Popular no fue causante de ninguna muerte ni de ninguna quema en la provincia de Salamanca y las únicas huelgas conocidas de los campesinos que tuvieron amplio seguimiento fueron para oponerse a la Sublevación, durante dos días.

La solución para los jornaleros martiagueses debía venir de “la roturación de la Dehesa, propiedad comunal”. Según B. Baz, la decisión fue tomada por la Junta local del Partido Socialista, que dirigía un vecino del pueblo llamado Cipriano (“Piano”), y cayó muy mal entre los dueños de tierras y ganados, que eran los que se beneficiaban de los pastos comunales. Así empezó a crearse una división en bloques “de Derechas” y “de Izquierdas”, que se acentuaría con “la festividad del trabajo”, el Primero de Mayo. Piquetes socialistas impidieron la salida de vecinos al campo para trabajar en las faenas agrícolas. No hubo incidentes dignos de reseñar, pero sí una manifestación de unas 200 personas, cosa nunca vista, en la que se oyeron vivas y mueras a grito pelado (“¡Viva Rusia!”, “¡Viva Manso!”, “¡Mueran los caciques!”). Y se cantó a modo de himno:

Que rompan la dehesa arriba,
Que rompan la dehesa abajo,
Eso quien lo determina
Es la sociedad de Piano.

Era una canción reivindicativa de la reforma agraria, probablemente surgida entre los vecinos sin tierra de Robleda, donde desde la Edad Media existían hasta el día de hoy dos dehesas boyales (la Jesa Arriba y la Jesa Abaju). El folclore local robledano (como el martiagués) se ha apropiado del tema y la tonada, pero entonces no se repartió ni se rompió (roturó) nada en el pueblo (Iglesias 2010a). En Martiago hubo sorteo de lotes que se llevó a cabo el 5 de abril de 1936 (domingo de Ramos), pero la roturación no prosperó a tiempo, debido a las penosas labores previas: tala de árboles, bardones y otras malezas. En los pequeños lugares más cercanos, Villarejo, Cespedosa de Agadones y La Herguijuela de Ciudad Rodrigo no hubo nada parecido (a diferencia de El Sahugo, Robleda, El Bodón, Fuenteguinaldo y Peñaparda, donde se produjeron conatos de reforma e incluso “ocupaciones” de fincas). Los rumores de Alzamiento circulaban desde la primavera hasta que realmente se produjo el 18 de julio de 1936. Fue acogido con júbilo por los opositores de la Reforma. Los militares golpistas nombraron nuevo alcalde en la persona de Mateo Rodríguez Moreno (“el Tronco”), cuya actuación fue digna de elogio (“ejemplo de caballerosidad”), exactamente lo contrario que los adictos al Levantamiento, sobro todo los falangistas reconocibles por la “camisa azul”, con su correlato en la sección femenina, portadora de la “falda azul”.

La nueva situación conllevó la “movilización de las quintas de reemplazo”, lo que motivó los primeros encontronazos entre las familias afectadas por las salidas hacia el frente de batalla, con gritos y sin mayores consecuencias. Como en el ámbito comarcal, entre los nuevos dirigentes locales se iba fraguando “la purga política” contra los partidarios del Frente Popular, sobre todo los que habían tenido cargos o liderazgos políticos o sindicales, que terminaba por recaer sobre el proletariado. Llegaban a Martiago las primeras noticias de las víctimas de la represión en el entorno mirobrigense y en el resto de la provincia de Salamanca y su capital. A nivel local se llevó por delante a “la figura representativa del Partido Socialista: Cipriano Hernández, el Piano”. Explica Bruno Baz que, casualmente estaba enfermo, al producirse el Levantamiento, lo que le impedía cualquier actividad de oposición y la fuga, pues a mayores su domicilio estaba sometido a vigilancia, por lo que su eliminación era inminente, como sucedió en fecha sin precisar: “(…) fue sacado de su lecho en un estado casi moribundo, cargado en una camioneta todo probable para ser ejecutado por un pelotón de falangistas (…) voluntarios de algunos pueblos de la periferia de Ciudad Rodrigo, cuyo cuerpo quedaría abandonado en una de las cunetas de las carreteras radiales de dicha Ciudad”.

Bruno Baz omite recordar que Cipriano tenía un pasado delictivo envuelto en leyenda romántica. Había sido procesado y condenado a 14 años de prisión por la Audiencia Provincial de Salamanca, a consecuencia del homicidio de su novia, María Jesús Manchado González, sin que le sirviera de mucho la atenuante de “enajenación mental transitoria”, invocada por la defensa. Los hechos ocurrieron el día 14 de septiembre de 1915, fiesta de la Cruz, en el contexto del baile de tamboril, en que ella se negó a bailar y se alejó; él la siguió, le disparó cuatro tiros, reservando la quinta bala para sí mismo, la cual le entró por la barbilla y le salió por el ojo izquierdo, sin conseguir quitarse la vida, por lo que trató de ahogarse en una charca, sin conseguirlo tampoco por falta de profundidad. Ella falleció al cabo de cinco días y él sería conocido por el sobrenombre de “el Tuerto de Martiago”. En Robleda y otros lugares circuló un romance de ciego que analiza José Ramón Cid (2018), quien ha recogido testimonios orales en la localidad, según los cuales Cipriano y María Jesús eran novios hacía tiempo. Ella había manifestado estar dispuesta a suicidarse si la familia no la dejaba casarse con Cipriano, y éste, por su parte, llevaría consigo en la cárcel una fotografía de María Jesús fechada en 1911. Así pues, la tradición ofrece elementos que canalizan el hecho como una especie de suicidio concertado en pareja, debido a los amores contrariados por la madre de ella. Se da la circunstancia de que el 15 de agosto de agosto 1938, fiesta de la Asunción, se produjo un crimen análogo y quizá mimético en las circunstancias y el resultado, con la muerte de una muchacha por un ex soldado franquista (Iglesias, Represión franquista: 348).

Los episodios que Bruno describe son posteriores a la emigración de Cipriano a Francia (h. 1930), donde tuvo descendencia con otra mujer, su esposa Cristina Durán. En lo que atañe a su propio asesinato, efectivamente, hoy se sabe que Cipriano Hernández fue ejecutado ilegalmente el día 12 de agosto en el término de El Bodón, en cuyo cementerio fue enterrado. Añade Bruno que estuvo a punto de correr la misma suerte su esposa: “(…), que fue cargada con los ojos vendados en el mismo vehículo, con los mismo fines, pero la intervención del alcalde [Mateo Rodríguez] pudo a duras penas convencer a los protagonistas de ese hecho cretino de la funesta situación de los hijos, que quedarían de lleno en una situación de desamparo”. Los testimonios orales describen una detención de Cipriano Hernández más accidentada. Era dueño de una taberna, y por un “espía” supo que iban a buscarlo a su casa, de modo que se presentó con una pistola oculta con la que disparó al “Boticario”, uno de los falangistas más activos, con tan mala suerte que hirió a su compañero.

Desde los primeros días de la contienda se instaló en el pueblo una atmósfera de sospecha y miedo. Como en otras localidades, las nuevas autoridades organizaron grupos de vigilancia (los guardias cívicos) que patrullaban por las calles armados con escopetas y practicaban registros que estuvieron a punto de costar caro a dos muchachos a quienes les hallaron atuendos rojos con los cuales se habían dejado ver meses antes en la manifestación del 1º de mayo. Los asociaron con simpatías por el Partido Comunista, y sus familias tuvieron que pagar 25 pesetas de multa, lo que equivalía al jornal de una semana. La semilla del odio cainita se había sembrado desde el episodio de la frustrada roturación de la Dehesa, de tal modo que, cuando se hablaba de eliminar a sus partidarios (“dar el paseo”), algún deslenguado, menos pobre gracias a algún afortunado braguetazo, se dejaba ir a desvaríos verbales (“¡El primero a mi hermano!”).

La responsabilidad de las sacas domiciliarias y carcelarias se pone en la cuenta de Laporta [Ramón Laporta Girón], jefe provincial de Falange (aunque hoy es cosa sabida que esto formaba parte de la estrategia militar, y nada se hacía sin la delegación o consentimiento de los mandos y oficiales de la VII Región Militar). Para las operaciones macabras se requisaban los vehículos, y en particular las camionetas, cuyos cargamentos humanos terminaban en la “vil ejecución en cualquier barranco, cuneta o paredes de un cementerio”. En el otoño de 1936 el vecindario de Martiago estaba al corriente de lo que había sucedido en Robleda, Peñaparda, El Bodón, Casillas de Flores y Navasfrías, así como a mayor escala en Ciudad Rodrigo y Salamanca, la capital de Provincia, donde Bruno atribuye un nefasto protagonismo al comandante Doval, que se había formado como verdugo en la represión de Asturias (octubre de 1934).

Durante bastante tiempo la llegada de camionetas a la Plaza fue un mal augurio. Los vecinos que se sentían señalados procuraban “desaparecer”, tras las paredes de los huertos o en el monte. Entre las personas influyentes que trataron de paliar las actividades sangrientas se menciona al alcalde Mateo Rodríguez, que estando al corriente de las listas de represaliados designados por las “autoridades jerárquicas de la Provincia”, procuraba parar el golpe, gracias a la colaboración del ex alcalde del FP, Deogracias Calvo “Ligero”, y el secretario del ayuntamiento, Vicente Sánchez, que con sus informes consiguieron evitar fatídicos “paseos”. Se habla de que hubo una lista “con un total de 24 individuos”, padres de familia cuya eliminación estaba prevista en dos tandas. Entre ellos se contaba “Don Paco”, el médico titular, de irreprochable conducta, pero a quien sus enemigos locales criticaban por sus “ideales liberales” y por tener a su servicio “a una señorita que en calidad de criada se suponía que, además del servicio, compartían a la vez la mesa y lo demás”.

El altruismo del Alcalde tampoco caía bien entre los partidarios más radicales del Movimiento, quienes lo denunciaron por blando y complaciente con antiguos frentepopulistas. Fue detenido y encarcelado en Ciudad Rodrigo, aunque gracias a las gestiones de sus amigos y del canónigo Serafín Tella salió de prisión al cabo de unos meses. Pero el cargo ya se había adjudicado a otro vecino, José Vallejo, que no reunía cualidades especiales para la función, pero podía servir de cabeza de turco, en caso de que hubiera hechos lamentables en el pueblo, conforme a los planes de quienes realmente tenían el poder y eran partidarios de “la línea de la represión”, a cuya cabeza estaba el jefe local de Falange, Justo Vicente. Sobre el párroco, Jesús Sánchez Miguel, existe división de opiniones en la tradición local. Para unos llevó una discreta labor de moderación en las acciones funestas. Otros le achacan una actitud por lo menos ambigua, quizá fruto de un “resentimiento” contra un reducido grupo de exaltados que en tiempos de la República lo habían insultado y molestado cuando iba a decir misa, incidente zanjado gracias a la intervención del citado médico don Paco.

Pasados los graves momentos iniciales del Levantamiento, todavía sorprendió la detención de algunos vecinos denunciados. Bruno detalla el caso de tio Rufino “Culón”, de unos 56 años, casado, sin hijos y sin significación política alguna. Él mismo y otros niños de la escuela que regentaba el maestro Victorino Vicente González, en el momento del recreo, fueron testigos de su conducción, escoltado por dos falangistas armados, desde la “calle Costana” hasta la carretera que cruza el pueblo, donde, a la altura de una taberna (de Alejo Serradilla), apareció una mujer (“tia Nastasia”), que en el momento de subir al detenido para la camioneta, la emprendió a patadas e insultos contra él e incluso pretendió que uno de los escoltas le cediera el fusil, con una presumible intención nada pacífica. El narrador, entonces niño, ignora los motivos y conjetura que la señora podía “hallarse resentida por alguna causa”. Rufino estuvo en prisión algunos meses.

Otro detenido fue tio Luis “Teto”, cuya identidad debe de corresponder al jornalero Luis Elvira Vicente, procesado por manifestaciones hostiles al Movimiento (C.936/36) y multado con 250 pts. (Iglesias, Represión franquista, apéndice 1.3). Bruno estima que este vecino tuvo la suerte de ser apresado de día y de que, al ser liberado, la autoridad militar lo acompañara hasta su domicilio, indicio manifiesto de que no debía ser molestado en adelante. Había tenido buena relación con el que fuera presidente local del Partido Socialista, ya fusilado (Cipriano Hernández). La causa de su detención ha permanecido secreta, pero partió del entorno familiar y quizá fuera de motivación religiosa. B. Baz ve en ello una manifestación del odio reinante, que daba lugar a los apuntados alardes verbales, truculentos. Cita el caso del guarda forestal del monte perteneciente al Estado, que galleó de que, si le dejaban, estaría dispuesto a “arrastrar de la cola de su caballo a cada uno de los infelices supuestos enemigos del nuevo Régimen”. Un día volvió el caballo con el cadáver de su dueño, arrastrando de un pie colgado a uno de los estribos (“pura casualidad”, dice el narrador; otros vecinos quizá vieran en ello una prueba de la justicia divina).

Los comentarios truculentos y ofensivos se proferían en circunstancias precisas. Durante la guerra, la salida de los quintos para el frente oponía los “buenos” (derechistas y afectos al Movimiento) a los “malos” (presuntos oponentes al mismo). Los mozos que eran llamados quedaban adscritos automáticamente al grupo de los adictos, aunque tuvieran un pasado sindicalista, y lógicamente los buenísimos eran los que iban “voluntarios”, jóvenes falangistas, despedidos con vítores halagadores, como héroes, hombres superiores opuestos a los reacios (“¡Ya se va la hierba buena, y queda la magarza!”). No era óbice para esta consideración que una parte considerable de aquellos superhombres se hubiera empleado en hazañas nada lustrosas, sobre todo en el verano de 1936, como agentes de las purgas sangrientas e intimidatorias en Ciudad Rodrigo y su comarca. Con el tiempo, llegada la paz, la opinión colectiva se volvió contra los victimarios de antaño, y, como si la impunidad de los delitos hiciera necesario en el imaginario popular un repunte de la aludida justicia divina, ha puesto de relieve la vejez infeliz de tales individuos, poco acompañados, mal atendidos y hasta muertos “en circunstancias ciertamente trágicas y desfavorables”. Y al contrario, sus víctimas han sido recordadas en las carreteras y lugares de paso donde todavía en los años setenta eran visibles las huellas de su sacrificio, incluso dentro de las fincas en que sus restos habían sido abandonados en el anonimato. B. Baz describe uno de esos lugares de memoria, cuya ubicación puede corresponder a la finca de Campanilla o la de Valdespino de Abajo:

(…) cúmulos de tierra removida como señal de haber procedido a un posible enterramiento como estuvo demostrado en las proximidades de la carretera que conduce desde nuestro pueblo a Ciudad Rodrigo, precisamente en la vaguada que existe en el kilómetro tres antes de la subida al carrascal, a una distancia aproximada de unos 150 metros hacia abajo. El volumen de tierra hacía suponer que debieron de ser varias las víctimas sepultadas y el procedimiento de cavar fosas era ejercido por los propios “reos” a los que enterraban una vez ejecutados. El lugar fue bien visible desde la carretera durante una temporada por apreciarse una acumulación de tierra y piedras para luego cambiar su aspecto por un tupido de zarzas y actualmente [1985] apenas se puede apreciar señal alguna de ese macabro aposento, porque las mismas zarzas que daban la sensación de sustituir a los ramos de flores han desaparecido, pero los cuerpos ahí están con la posibilidad de que sus familiares desconozcan aún el paradero de estos seres queridos. El resultado de las ejecuciones queda en el anonimato”.

Las noticias de los fallecidos en el frente “nacional” eran motivo de dolor para todos, pero al fin se culpabilizaba al colectivo de “la clase dominada”, cuyos integrantes quizá serían sospechosos de alegrarse con las desgracias de los que combatían contra la República. Después de la guerra, no fue ninguna novedad que la Iglesia pasara a formar cuerpo con “la parte triunfante”, y los perdedores procuraban evitar el templo por no encontrarse allí a los ultracatólicos vencedores. El horario escolar era absorbido por los actos religiosos. El catecismo era obligatorio, hasta en los días festivos. La Corporación Municipal asistía a las celebraciones litúrgicas de las fiestas señaladas, con el alcalde a la cabeza, provisto del bastón de mando, así como el jefe local de Falange, con “su uniforme azul, correaje y pistola al cinto”. Ambos ocupaban los dos bancos con respaldo a cada lado del pasillo central y próximo a las escaleras del altar. Este protocolo duró unos diez años. El baile había estado prohibido durante los tres años que duró la guerra, época en que el halo religioso envolvía cualquier fenómeno que salía de la rutina, como sucedió con una aurora boreal el 25 de enero de 1938. La cortina luminosa apareció desde la Peña de Francia hasta los confines de Ciudad Rodrigo. Algunos la atribuyeron a un gigantesco incendio en el Norte de España u otras causas similares. Otros creyeron llegado el fin del mundo, lo que se tradujo en la multiplicación de plegarias y el consumo de velas.

Todo el vecindario tomó por buena la noticia del fin de la guerra el primero de abril de 1939. Se restauró el baile, con pasodobles y jotas, al son de tamboril y gaita de tio Felipe el Panadero o tio Quico “Boyerín”. Pero la represión siguió en vigor. Se oía hablar de cárceles y campos de concentración. En el pueblo repercutió el sistema de control dispuesto por las autoridades administrativas, principalmente a través del puesto de la Guardia Civil de El Bodón, que elaboraba informes y ficheros de vecinos “adictos”, “no adictos” y “peligrosos” para el Régimen. La discriminación feroz duró hasta bien entrados los años cincuenta. Sospechoso resultaba el color y el término rojo, reservado para los presuntos e inverosímiles oponentes (los Rojos: comunistas, marxistas, traidores). Sin embargo en ese período casi el peor enemigo fue el Hambre: los años del hambre (“tal como suena”). Era una secuela del conflicto civil, acentuada en el contexto de la nueva guerra mundial. De aquellos polvos vinieron los lodos descritos por B. Baz en Martiago: cartillas de racionamiento, mercado negro, comercio clandestino “con los pueblos del otro lado de la Sierra” (provincia de Cáceres), contrabando con Portugal en las localidades de la Raya, lo que modificó la dieta (se sustituyó el almuerzo de patatas con el café añadido a la leche de cabra).

Lo que Bruno Baz considera normalización de la vida no llegaría hasta los años sesenta, que vendrían acompañados del desempleo en las zonas rurales, como sucedió en la Umbría de la provincia de Salamanca, debido al aumento demográfico y la circulación de las personas, que determinaría la emigración masiva al extranjero y a otras zonas de España (Madrid, País Vaco y Cataluña). Paradójicamente, este emigrante martiagués (como tantos otros emigrantes) pone en el haber de Franco este gigantesco movimiento migratorio que relaciona con el desarrollo de la industria: “(…) promovido por el entonces Gobierno del General Franco, que si bien tuvo cosas negativas en su época de Dictadura, también hay que reconocer que tuvo otras bastante positivas, destacando como principal, la expansión de la industria española”. No se detiene a ponderar el tiempo y el coste de aquel hiperbólico “milagro económico” (¡al cabo de un cuarto de siglo, y a qué precio, con cientos de miles de españoles emigrados!). Obviamente, intuye la realidad subyacente a la apariencia, y por ello su balance es más bien condenatorio, en definitiva: “no sería nada de bueno que volviera a repetirse”.

El encuestador lamenta no haber tenido trato directo con Bruno Baz Moreno en el momento oportuno, cuando hubiera podido completar su descripción de la represión martiaguesa y, ya en un contexto más propicio, poner abiertamente a las cosas el nombre (los nombres) que conviene a la naturaleza delictiva que tuvieron. Sortear estas dificultades en los años ochenta es un mérito innegable y su información pionera es digna de agrademiento.

Referencias:
Cid Cebrián, José Ramón, “El funesto crimen de Martiago: historia de un romance de ciego”, Ciudad Rodrigo: Carnaval del Toro 2018: 469-474,
Iglesias Ovejero, Á., Represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948), Centro de Estudios Mirobrigenses, 2016: IV.3.2., VI.4.1.2).
“Secuelas vigentes del franquismo” (08/06/2017):
http://www.ciudadrodrigo.net/2017/06/08/secuelas-vigentes-del-franquismo-exilios-y-emigracion-10-la-memoria-de-los-desterrados-republicanos-en-el-so-de-salamanca-martiago-y-aledanos-sahugo-herguijuela-de-ciudad-rodr/
Fotos: cortesía de la familia Baz.
Los hermanos Baz Moreno llevando al Cristo (Martiago, h. 1970)

0 Comentarios

Sin comentarios Este artículo no tiene todavía comentarios

Lo sentimos!

Pero puedes ser el primero Deja un comentario !

Deja tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados con *

  Acepto la política de privacidad

Información sobre protección de datos

  • Responsable: MASHFE, C.B.
  • La finalidad de la recogida y tratamiento de los datos personales que le solicito es para gestionar tu solicitud en este formulario de comentarios.
  • Legitimación: Tu consentimiento.
  • Comunicación de los datos: No se comunicarán los datos a terceros salvo por obligación legal.
  • Podrás ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y suprimir los datos escribiendo a redaccion@ciudadrodrigo.net así como el derecho a presentar una reclamación ante una autoridad de control.
  • Contacto: redaccion@ciudadrodrigo.net.
  • Información adicional: Más información en nuestra política de privacidad.

 

Booking.com
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner

últimos comentarios

Vecino
January 22, 2020 Vecino

Ya que este año han decidido que el encierro de caballo del domingo vuelva a [...]

ver artículo
Muro
January 22, 2020 Muro

Estos Sociolistos, no le dicen la verdad ni al Medico, fiel reflejo de su gran [...]

ver artículo
Fran
January 21, 2020 Fran

Vamos a ver, qué yo me aclare, según pone aquí y dice el PSOE de [...]

ver artículo
ESTORZAHUERTOS
January 21, 2020 ESTORZAHUERTOS

Cuantos sabelotodos hay comentando ... Estos que comentais aqui me parece que deberiais poneros manos a [...]

ver artículo