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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (20): Francisco Martín Rodríguez, pionero en la recuperación de la Memoria Histórica de El Payo. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (20): Francisco Martín Rodríguez, pionero en la recuperación de la Memoria Histórica de El Payo. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Vista parcial de El Payo 2019 -FG -rr

El Payo (Foto FG, 2019)

La colaboración de Francisco Martín Rodríguez como “archivo viviente” es anterior a las pesquisas y hasta la formulación del concepto mismo de “memoria histórica”. Data del verano de 1973, en el marco de una encuesta para el estudio del habla de El Rebollar. Sus vecinos de entonces lo conocían por “tio Quicu Tabarru” (TQT); el encuestador no lo conocía de nada y nunca tuvo ocasión de repetir el encuentro. La conversación de una hora escasa tuvo lugar a la puerta de su hogar, entre la calle de San Martín y las ruinas del antiguo castillo que ya servían de cementerio. Se había iniciado al aire libre con varias personas desconocidas y proseguido en una taberna, con otro interlocutor anónimo que no asistió a esta parte de la interlocución. Era una mañana cualquiera de aquel año, entre el día 18 y el 25 de julio, dos fechas señeras en el calendario franquista (“fiesta nacional” conmemorativa del “Alzamiento salvador” y del “santo patrono de España”, y titular de la parroquia de El Payo), todavía en vida del Dictador. Y por esa circunstancia temporal, que se añadía al fenómeno ambiental de la vuelta eufórica y, más que festiva, triunfal de los emigrantes “franceses”, la previsible encuesta para la recogida de materiales lingüísticos derivó en una charla informal sobre la emigración y sus causas, que, además de la penuria económica, remontaban a la represión y la guerra. El encuestador tuvo a tiempo la intuición de que la ocasión sería única, y, con permiso del informante, grabó el diálogo casi espontáneo. Los ruidos de los motores de coches y de alguna otra máquina deslucen el documento sonoro, que, pesar de todo se transcribió y publicó en 2008, con este resumen introductorio de su contenido:
“Asuntos relativos al terror de 1936 en El Payo, donde TQT no conoció asesinatos de vecinos, y de pueblos aledaños de Salamanca y Cáceres donde sí los hubo. El tema se aborda en relación con el contexto, por unas fechas en que se conmemoraba el autoproclamado Alzamiento Nacional. El narrador ofrece un relato explicativo, con una interpretación personal y casos ejemplares [de perseguidos en] Peñaparda, Ciudad Rodrigo, Carvajales (EP) y San Martín de Trevejo, los cuales, por lo abusivos que fueron, podrían justificar una inversión de la situación (si da la vuelta) que, en una concepción circular, acarrearía venganzas (con cita de algún ejemplo en Ciudad Rodrigo), un baño de sangre. De su relato se desprende también una interpretación exculpatoria de los militares, cargando las tintas sobre los falangistas, dando también como motivo de los asesinatos las “envidias” (intereses económicos, robos), más que los delitos de opinión. Transmite la información como ocasionalmente recibida de otras personas, a las cuales atribuye un papel testimonial sobre el castigo de los culpables del asesinato de un soldado en Peñaparda, el abuso de poder de los falangistas, la teoría de que Franco se deshizo de sus rivales para acceder al poder (una hipótesis que sirve para contrarrestar la teoría providencialista de la propaganda franquista). Intercala en esa explicación global sus propias experiencias y confidencias en determinados casos concretos: la prisión de un vecino payengo, cuñado del informante; la aparición de un cadáver de mujer, profanado, en la carretera de Villasbuenas de Gata (Cáceres); el asesinato de un ferretero de Ciudad Rodrigo en Perosín, enterrado en Carvajales; la discusión con un jefe local de Falange sobre el gobierno de Francia y el de España, bajo el prisma de la emigración; la perspectiva de que, muertos Franco y sus secuaces, se puedan ofrecer los datos de la guerra civil española [o sea, la represión en este territorio]; las armas de que son portadores todavía [en 1973] algunos vecinos de El Payo, muertos de miedo; la vejación indigna a que se prestaba el médico del pueblo cuando administraba aceite de ricino” (Iglesias 2008b: 540).

Los datos y comentarios sobre la represión franquista fueron librados en tan poco tiempo, que forzosamente requerían matices y correcciones que las notas que acompañan el texto trascrito apenas pueden paliar. Los documentos que Francisco preveía saldrían a la luz un día, aunque sin las facilidades que él esperaba, se han podido consultar durante el siglo XXI, tarde y mal, más de treinta años después de aquella profecía y solo en parte (según el capricho de archiveros y secretarios municipales). En lo que atañe a los estragos causados por los falangistas locales y comarcales (con la venia y estímulo de militares rebeldes, cosa que Francisco ignoraba), la documentación escrita, lejos de quitarle credibilidad a sus testimonios, la refuerza. Después de aquella entrevista no hubo oportunidad de corregir o ampliar detalles, ni siquiera en lo tocante a su biografía. Al cabo de más de cuarenta años, sobre aquel atinado interlocutor informa su hijo más joven, José Martín Martín (nac. 1936), en presencia de su convecino y pariente Esteban González Pascual, así como de Françoise Giraud, que participa en la recogida de datos (El Payo, 22 de noviembre de 2019).

Francisco Martín Rodríguez nació en El Payo, Calle de los Caños, el 9 de marzo de 1893. Y murió en un pueblo pequeño de Francia, cerca de Sainte-Menehould (departamento del Marne, en la región de Champaña-Ardenas), de avanzada edad, como su propio padre, que murió de 90 años. Era hijo legítimo de Gabino Martín Mateos, jornalero, y de Santiaga Rodríguez, con “ocupaciones propias de su sexo”, ambos naturales y vecinos de El Payo. Por línea paterna era nieto de Miguel Martín y de Raimunda Mateos, payengos de nacimiento, ya difuntos cuando él vino al mundo, y por parte materna se conoce el nombre de Regina Rodríguez, natural de Acebo (Cáceres). Todos ellos eran vecinos de El Payo, sin otras indicaciones en el registro civil, aunque del contexto local se deduce que disfrutaban de una medianía que les permitía ir tirando sin apuros y sin sobras. Sus padres al menos le dejaron asistir a la escuela con provecho. La facilidad de expresión y el juicio globalmente certero sobre los acontecimientos, la sociedad y la política también eran fruto de la experiencia adquirida por el mundo. En su juventud tio Quico emigró a Brasil, y concretamente estuvo empleado en una empresa de ferrocarril del Mato Grosso. Estas idas y venidas a América eran tan habituales entre los payengos y otros naturales de El Rebollar, que en la memoria familiar apenas se ponen de relieve y no tiene cabida en ella la cronología de los hechos. El tiempo borra también los datos sobre el grupo de parentesco. Se recuerda que tenía una hermana y poco más.

No consta que hiciera fortuna en América ni cuándo fuera su vuelta, pero no esperaría mucho para casarse, lo cual, además del cambio de estado civil, supondría para él la entrada en un grupo de parentesco que difería bastante del suyo, más comprometido socialmente que éste antes de la sublevación militar en 1936. El día 19 de febrero de 1919, Francisco Martín, jornalero, de 25 años, que vivía en casa de sus padres (calle de San Martín, sin número, seguramente donde fue entrevistado en 1973 y vive ahora su hijo José), unió su destino con el de una joven viuda, dedicada a “ocupaciones domésticas”, domiciliada en la calle de Perosín: Gregoria Martín García, de 24 años. Era hija legítima de Genaro y de Isabel, ambos naturales y vecinos de El Payo, integrantes del clan familiar de “los Borrascos”. Ella había contraído primeras nupcias con Tomás Martín Pascual (25 de noviembre de 1916), primo carnal suyo, quizá siguiendo un criterio endogámico habitual entre “los riquinos” de estos pueblos, donde este rango social se adquiría con la posesión de un par de vacas, algunas tierras de mala muerte y eventualmente algún raquítico huerto de regadío. Pero Tomás la dejó viuda y madre de una niña muy pequeña (Luisa), al parecer herido de muerte por un rayo, una peripecia recurrente entre pastores y gañanes en la cercanía de la sierra de Gata.
A esta primera boda de Gregoria, además de los familiares cercanos, habían asistido dos personas que volverían a tener un papel relevante en la segunda. Uno de ellos fue el párroco Samuel Sousa Bustillo, que celebró el matrimonio canónico, y el otro, el futuro segundo marido, que firmó como testigo (“a ruego de la contrayente”) el acta matrimonial del primero. Francisco y Gregoria tuvieron varios hijos, nacidos antes de la guerra civil: Candela, Anastasio, Juana, Leoncia, Aurelio y José. Después del conflicto prácticamente todos ellos conocieron la emigración, al filo de los años cincuenta, cuando la efímera prosperidad de las minas de wolframio empezara a decaer y el asunto del contrabando, después del episodio de los maquis, resultara peligroso debido a los chivatazos y el doble juego de la Guardia Civil (algunos miembros del Instituto participaban en los enjuagues fronterizos). Según Esteban González, dos hijas fueron de las personas que emigraron a Buenos Aires por entonces y los otros hijos se fueron a Francia. Pero tio Quico fue de los que aguantaron en El Payo, lo cual tiene su mérito, porque, además de las circunstancias señaladas, sin duda uno de los factores determinantes del fenómeno migratorio local fue el aumento demográfico (las cifras son elocuentes: El Payo tenía 1.156 hab. en 1900; 2.032 hab. en 1950; 305 hab. en 2018).

Antes y después de la guerra declarada por Franco y los suyos, Francisco Martín se defendió económicamente en el pueblo con la cría de ganado y algo de agricultura, sin olvidar el mítico trasiego con carretas de los antiguos carruchinos desde la Baja Edad Media. Él no iba hasta Sevilla y las salinas de Cádiz como aquellos. Transportaba traviesas para las vías del tren a Ciudad Rodrigo, salvando el obstáculo del río Águeda por el puente de Villar de Flores (en la ruta de la romana vía Dalmacia) o bien por el de Vocarrus (o Vadocarros), en servicio desde principios del siglo XX, al completarse el empalme de la carretera que unía dicha Ciudad y “el puente de Guadancil” (Garrovillas de Alconétar, Cáceres), que se llevaría a cabo después de 1904 (Iglesias 2005a: 451). En 1936 tio Quico vio la represión de cerca, pues entre los amenazados estaban dos cuñados suyos: Teodoro y Celedonio Martín García. El primero había sido alcalde republicano, comprometido con las reformas, y el segundo secretario del juzgado. Según los testimonios, los dos estuvieron detenidos en la cárcel del partido judicial, aunque lo más probable es que fuera en algún otro local carcelario de Ciudad Rodrigo o de otro ayuntamiento, pues no se mencionan en el listado de entradas y salidas de dicha prisión en 1936. Sin duda debido a alguna denuncia, el 19 de enero de 1937 Celedonio fue detenido en Salamanca y se le instruyó una información “por haberse comprobado que ha pertenecido al funesto Frente popular, siendo el iniciador en dicho pueblo de la creación del partido de Izquierda Republicana” (Iglesias 2019b: 278). Al final, ambos hermanos salieron de aquellos laberintos carcelarios del terror militar rebelde, gracias a las influencias del padre de ambos, que era muy conocido por tener un negocio de traviesas, y del cura Sousa (EP 2011).

Al parecer fue este sacerdote quien promovió o estimuló la estrategia rudimentaria para neutralizar las macabras visitas nocturnas de los victimarios fascistas durante el verano sangriento de 1936. Consistía en atravesar vigas en los dos extremos del pueblo, aprovechando la configuración de éste, que ha crecido entre dos tesos a lo largo de una calle que era parte de la antigua vía Dalmacia. En ambos puntos confluían, respectivamente, por el Norte las comunicaciones de Ciudad Rodrigo y de Peñaparda, y por el Sur las de los puertos de Perales y de Santa Clara (Cáceres). Solamente se ha registrado una muerte en el recinto urbano. Lo del “cementerio” de Carvajales es otro asunto.

Sin mencionar el parentesco, tio Quico describía con orgullo el éxito económico de su cuñado Celedonio, dueño de almacenes en Ciudad Rodrigo, sin olvidar la deuda que la familia tenía con el citado párroco, también sin nombrarlo:
“Aquí teníamus un cura que fue el que defendió al pueblu (…). Teníamus un cura republicanu. Sí, hombre, un cura que era republicanu. ¡Huy!, si no es el cura, aquí, ¡huy, madre! (…) Se llevarun a unu pa Salamanca. Vinu la denuncia. Y lo avisarun (…) y se presentó allí: -Vengo a saber, que me han dichu por allí que estoy denunciáo aquí. -¿Cómo se llama usté? –Celedonio Martín García-. Echa manu: -Sí, señor, aquí está denunciao usté. Usté pertenece a esta parte…y tal y qué se yo. –Sí, pertenecí a esa parti. -¿Por qué? –Porque yo, creyendu que entraba un gobiernu salvador de la nación, de España, (…) pero resulta que es malu, (…)-. Entoncis fue contra la República. Seis mesis lo tuvun allí detenidu, y le pusun una multa (…). Y ha podidu venir aquí. Quizás habrá oídu usté mentar en Ciudá Rodrigu los “Almacenes Cema”, que se llama Celedoniu Martín García (…). Bueno, pues millonariu (…)”. (Iglesias 2008b: 541)

Así pues, contrariamente a lo que el encuestador suponía, tio Quico no emigró a Francia, pero cuando lo entrevistó en 1973 iba al país vecino para ver a los hijos que allí trabajaban y residían, lo cual le permitía comparar y opinar sobre la situación política de la República francesa y la Dictadura de Franco, cuando éste apadrinaba al futuro rey Juan Carlos. José Martín, el más joven de sus hijos, que vivió con su esposa 52 años en Francia (departamentos de Cantal y Corrèze), trabajando primero en el bosque y después en el transporte con camiones, al final residía en Fontaine-lès-Dijon (dep. Côte-d’Or, región de Borgoña), donde acogía a su padre. Y este no se encontraba allí del todo en tierra extraña, pues en Dijon y sus aledaños vivían y viven bastantes personas nacidas en El Payo, Robleda, Casillas de Flores, Peñaparda, etc. Entre los peñapardinos, era muy conocido un tocayo, Quico “Jamones” (Francisco Sánchez), no hace mucho fallecido, cuyo padre Hermenegildo Sánchez Torres (nacido en Francia) fue uno de los eliminados en las matanzas de Peñaparda y presuntamente enterrado en las fosas de Carvajales. Era sobrino y probable ahijado de Francisco Sánchez Torres, el soldado asesinado en san Martín de Trevejo, aludido en los testimonios transcritos de Francisco Martín, tan bien informado. A ellos se remite para esto y para el espinoso asunto de la citada fosa (o fosas), ubicada en el tapado de Carvajales, por ser el tio Quico de los payengos que transitaban por allí con el ganado y eran eventuales clientes de la fonda o taberna que regentaba la dueña, pues esto merece capítulo aparte.

Para el encuestador, tio Quico fue un informante excepcional. Se sintió amigo suyo por espacio de una mañana luminosa de 1973. No lo volvió a ver desde entonces, pero, lejos en el espacio y en el tiempo, todavía comparte su esperanza de que la verdad salga a la luz, gracias en gran parte a su valiente, generoso y precoz testimonio.

Referencias bibliográficas:
Iglesias Ovejero, Ángel (2005a), “Caminos de El Rebollar: Palerus, Carruchinus, Macuterus en las variantes del recorrido de Ciudad Rodrigo a Coria”, Carnaval, 443-461.
- (2008b), “Memorias del terror: Transcripción literal de testimonios de Robleda (1973, 1976) y de El Payo (1973)”, Cahiers de PROHEMIO, nº 10, 473-549.
- (2010b), “Ensayo de cronología del alzamiento militar, terror y represión de 1936 a 1946 en el Alto Águeda y otras localidades de la tierra de Ciudad Rodrigo”, Cahiers de PROHEMIO, nº 11, 177-320.
- (2012b), “La represión militar legalizada a partir de 1936: terror e impunidad en el occidente de Salamanca” Cahiers de PROHEMIO, nº 12, 27-65.

 

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