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Día Mundial de la Poesía, poemas del I Premio de Poesía Cristóbal de Castillejo

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Día Mundial de la Poesía, poemas del I Premio de Poesía Cristóbal de Castillejo
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Ofrecemos las poesías ganadoras del I Premio de Poesía Cristóbal de Castillejo

Primer premio: Memoria femenina, de Alejandro Rafael Alagon Ramón

Camile Claudel descansa en una tumba sin nombre,
mientras sus silencios de bronce yacen en los museos,
acompañados de pequeñas placas que preservan su identidad
Me acuerdo de ella aquí, en esta glorieta que ignora
la molesta bronquitis de la estatua, el vendaje de nieve
que dibuja los pómulos, el paso fugaz de las palomas.

Mata Hari baila u última danza balinesa en la fortaleza de Vicennes.
Mientras el pelotón de fusilamiento prepara sus armas
y adivina en los ojos de los ejecutores quién fallará el disparo.
El viento disimula errante los disparos que agrandarán los muros del misterio.

Juana de Arco escucha la acusación de herejía ante el tribunal de Ruán
y la hoguera de su ejecución sigue crepitando en los libros de la historia,
ajena a los rencores malsanos de unas vidas hambrientas.

Rosa Parks descansa en un calabozo de Alabama
tras no ceder su asiento de autobús a un hombre blanco.
Recuerda allí a su abuelo, muchos años antes, sentado
delante de la puerta de su casa, con un fusil,
inquieto ante las amenazas del Ku Klux Klan.

Marie Curie descubre el polonio en su laboratorio,
dedica largas horas a explorar el uranio de las rocas,
indaga, investiga el origen radioactivo de un viejo mineral,
el apellido oscuro de las enfermedades.

Frida Kahlo olvida la intensidad de su dolor
delante de sus cuadros, que son como sus hijos.
Desconsolado mundo de las adversidades.
¿Y si fueran mujeres los pintores de Altamira?
Se elevan los bisontes milenarios que guardan el misterio.

La diosa Ceres protege del gorgojo los campos de trigo.
1816, un año sin verano, las cenizas de un volcán indonesio
cubre el cielo de un modo interminable, hablan las tinieblas.

Mary Shelley se reúne con Claire Clairmont, Lord Byron,
John William Polidori y Perci Shelley en la Villa Diodati.
En largas noches al lado de una hoguera la escritora imagina
un ser vivo creado con cadáveres, de aspecto repulsivo.

Frankenstein, el tiempo se corrompe, irrumpen los vampiros
y los seres fantasmales, a partir de entonces, como un seísmo,
en los libros que descubren historias de terror.

Minerva ahuyenta la lluvia de cuervos que amenaza a los olivos.
Gertrude Ederle atraviesa a nado el Canal de la Mancha
mientras se marean los curiosos apiñados en los remolcadores.
Y la marea empuja junto al muelle lacónico las miradas ajenas.

María Jesús de Ágreda, recluida en un convento,
inicia su bilocación más allá del océano
y predica, convertida en la dama azul, a los indios apaches y navajos.

Las ninfas se enfadan en el río manchado de inmundicia.

Marilyn Monroe interpreta a Sugar, una mujer romántica
en la película Con faldas y a lo loco. Quedan tantas metáforas
En ese dormitorio, el rastro de su belleza intacta.

Valentina Tereskova admira desde el espacio los océanos,
las estrellas como sílabas que rodean al globo terráqueo.

Colette alimenta a los gatos que vagan por las calles de París
y le inspiran fábulas felinas, novelas que resisten al olvido,
como el hondo reflejo de las nubes grabadas en un charco.

Segundo premio, Mi casa tiene mi piel, de Antonio Blázquez García

(El abismo tiene nombre)

Mi rostro por cada esquina, y mis amuletos, las sirenas
que arrullaron la melodía olfativa de mis muertos.
Tiene la fórmula para que aniden los pájaros en mis cuerdas vocales.
Tiene la sangre que despereza mis desayunos y el trigo de mis sueños.

La luz bendita de mi padre ya enmarcado en sepia su retrato,
El soliloquio amable de las horas eternas
y los pasos dudosos de mis hijos breves. Tiene la feliz arquitectura
del calostro de sus balbuceos y el laurel que premia el cofre de su crecimiento.

Mi casa tiene mi piel y mi agonía y en su pasillo se fue de súbito mi hombre
Amado, mi otro corazón, hondo y severo pilar, la encina de mi vida.
Mi casa guarda el humo de la hoguera de aquel día. El borbotón del llanto
y la simiente inerte de los geráneos no nacidos para cuando volvió la primavera.

Y los vértigos de las desdichas tiene. ¡Y tantos y tantos desagües rotos!
Y la demencia de la abuela coja, desarmado el intestino y rubicundo el genio.
Tiene la adolescencia de mis niños y sus novias gacelas
tiene la primera regla de mi nieta, abandonada al susto.
Y tiene el sueño lloroso en el vientre de su abuela…

Son muchas las pieles de mi casa.
También tiene el trabajo y la alegría
y tiene funerales y un mantón lleno de heridas.

¡Y cuando se rompió la lavadora y volaron mil peces de su oronda barriga!

Charcos, charcos, charcos, son ahora mi piel. ¡Treinta años de piel
se arrancan, se devoran, atronan con estacas la mente!

Mi cama, mi almohada, mi cuchara y mi brasero, la manta,
mi perrita, la cocina, las cazuelas… mi vestido de novia,
¡las fotos, Dios, las fotos!

Abrir las ventanas como todos los días, ¡y gritar, gritar!

Y en esta piel espero otra vez. dicen que otro recodo en el camino.

Hay, dicen, otra noche por delante, otra noche más, esperándome
y luego ya vendrán a despojarme, como a Cristo.
Y a colocarme la túnica de la burla porque dicen que mi piel no es mía.

Todo cruje en la casa ahora y las heridas van vertiendo líquenes
en los vasos comunicantes que forman nuestros lazos.

El grito regresa a mi garganta, virgen aún, sin la fuerza gutural del terror.

Abro de nuevo la ventana, miro al cielo y me dejo caer.

Es hora de irse ya. Con mi casa, con mi piel.

Es hora del volver al sueño.

De empezar de nuevo.

En mi casa.

En mi piel.

(transcripción de originales www.ciudadrodrigo.net)

 

 

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