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HISPANIA Y LUSITANIA, Pedro Miguel Ortega Martínez

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HISPANIA Y LUSITANIA, Pedro Miguel Ortega Martínez
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Cuando escribo estas líneas, se han abierto los pasos fronterizos con nuestro vecino país hermano. Una causa de prevención obligada, por Sanidad Pública, llevó a confinar las respectivas poblaciones de un lado y de otro. Altos mandatarios actuales de ambas naciones se han encontrado en la raya con Extremadura, de un lado Badajoz y del otro lado Elvas, celebrando se abran de nuevos los pasos aduaneros para retornar a la libre circulación entre España y Portugal. Particularmente lo celebro.

Y si lo digo mediante estas sencillas líneas, es en recuerdo de mi buen padre quien de su mano me llevó a la frontera de Fuentes de Oñoro con Vilar Formoso. De este detalle pienso se han pasado unos sesenta años. Hijo de un sencillo oficial pintor de Renfe, su familia teníamos derecho a viajar en tren utilizando modestos coches de tercera clase. No obstante, un verano que pasábamos en casa de mis tías de Ciudad Rodrigo, fue una aventura para mí llegar hasta la estación del ferrocarril con tal de pasar a un país extranjero. Era ir rumbo a lo desconocido.

Mirando hacia San Giraldo vimos llegar, resoplando, una potente máquina de vapor que arrastraba un tren de pasajeros hacia nuestra vecina frontera. Su origen estaba en Medina del Campo y cruzaba hasta la misma estación portuguesa; el ancho de vía es de igual medida. Debía ser un correo, porque recuerdo la furgoneta del servicio postal recogiendo las sacas en el vagón correspondiente, más la prensa, y en otro coche de mercancías los bultos facturados en Renfe, con las diferentes cajas de alimentos o mercaderías de que se nutría entonces en gran parte el comercio mirobrigense.

La actividad era mucha, y antes de llegar a Fuentes de Oñoro pasaban los carabineros entre departamentos de coches y viajeros, preguntando al mismo tiempo si llevábamos algo que declarar. Una vez en Portugal, con ese mismo aire histórico que conservan los azulejos en sus edificios públicos, los guardiñas nos miraban sin mucho requerimiento y podíamos decir que ya estábamos en el extranjero. Según me explicó mi padre entonces, nuestros vecinos consideraban contrabando las piedras de mechero; mientras que por nuestra parte nada más teníamos intención de comprar algún kilo de café pues era procedente de sus colonias.

Ahora este recuerdo no deja de producirme cierta nostalgia, cuando en los últimos viajes a la Lusitania romana observo cómo han superado aquellas diferencias que yo veía de niño. Es un sentimiento al comprobar la actual decadencia sufrida en nuestro lado español de la raya, mientras de la parte portuguesa, como todo el país hermano en general, nos dicen los más entendidos de su progreso económico en comparación respecto a nosotros. Me viene a la memoria Ciudad Rodrigo, considerada entonces la capital del campo charro, mientras la observo ahora más integrada en lo que dicen ser España vacía.

Independientemente de cuanto yo pueda sentir o expresar, es bueno que los mandatarios de ambos países nos muestren vivir en un hermanamiento que nos merecemos. Es notorio los siglos de mirar cada cual a partes poco relacionadas en común respecto a nuestro propio continente Europeo. Una diferencia muy marcada que, a mi entender, no logramos rebajar; yo no sé si por nuestra parte o por la de ambos. Y ahora cuando nos dicen que el mundo es global, me parece no nos integramos lo suficiente. Por eso me gustaría fueran más frecuentes encuentros fronterizos como el de hoy, demostrando que nuestra monarquía parlamentaria y una república como la portuguesa pueden, o mejor dicho deben relacionarse y entenderse perfectamente. Seguro que ambas naciones resultaríamos beneficiadas.

No en balde fueron los romanos quienes nos denominaron así, Hispania, a toda la península ibérica en conjunto, señalando dentro de ella varias provincias: Baetica, Tarraconensis y Lusitania. Seguramente también ellos sufrieron pandemias, pero que recordemos nosotros como los meses que llevamos padeciendo últimamente el Covid-19 nunca habíamos pasado por una situación similar. Y como mejor se supera esta compleja posición es en armonía, cordialidad, respeto y comprensión entre todos. Somos ibéricos y europeos; eso sí que es importante. ¡Salud!

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