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A TELAS Y A TAPICERÍA, por Víctor Julián Esteban

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A TELAS Y A TAPICERÍA, por Víctor Julián Esteban
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Todavía huele a terciopelo, a skay, a cola de contacto. ¿Cómo no iba a hacerlo? Demasiados años de trabajo cargados a tus espaldas, demasiadas horas de taller. Ese taller que era algo más que una tapicería. Allí encontraban conversación sosegada, agradable y entretenida cualquier paseante ansioso de buena compañía. Recuerdo el viejo taller de la Colada; con sus corroídas paredes de barro desmenuzándose con el paso del tiempo. Era pequeño y andrajoso, lleno de telas desordenadas según tu orden. Aquel antro reducido y cochambroso tenía todas las condiciones para ser un tugurio cutre y desapacible. Sin embargo, era todo lo contrario. Aquel cuchitril se convirtió en un lugar acogedor para charlas amenas, para que la más desangelada alma encontrase alivio, para pasar el rato jugando a las damas, para escuchar la música de un vinilo rallado de tanto usarse y dar vueltas. Aquel taller se convirtió en un espacio agradable porque eras tú y por tu vitalidad sosegada, por esa manera de afrontar la vida tan difícil de conseguir. Sin excesos, con mesura, pero con fuerza; sin extremos, pero sin decaer. Te gustaban las canciones que desgarraban, pero no te dejabas arrastrar por su tristeza, en ellas sólo veías belleza, como belleza encontrabas en cualquier planta mustia y desprovista de agua. Te emocionabas e ilusionabas fácilmente y cuando la cosa no pintaba bien, siempre sabias echar mano del sentido del humor con el que desengrasar los momentos más tensos.

Como cambia la vida. Cuando uno era un imberbe adolescente renegaba de tener que desmontar un orejero, de tener que quitarle sus cientos de grapas y dejar el esqueleto de madera limpio y dispuesto para que tú lo volvieses a vestir. Ahora sería un regalo divino poder compartir contigo ese trabajo mientras escuchábamos una canción de Serrat y tú me decías, “mira, mira, ¡qué bonito!”. Si me apuras hasta aceptaría escuchar una de Poveda, al que ya no llegaba a apreciar tanto como tú.

Si no hubiese mucho trabajo que hacer quizá pudiéramos estar un rato los dos juntos sentados en la camilla, y si fuera invierno podríamos poner el brasero para ver a Messi hacer sus diabluras. – ¡Mira que hacerte del Barcelona! – con lo independentistas que son – Si tú eras merengón -. Pero es que Messi era Messi, es decir Dios. Y entre Serrat y él a ver ¿con quien te quedabas?.
¡Ay el fútbol! Aquellos partidos en el Helmántico que me hicieron un poco más charrito. Aquellas horas de frío en el pabellón viendo el futbol sala de entonces.

Y me acuerdo de los tiempos del frontón. Había que madrugar mucho para coger una hora sin gente y aunque me costaba tener que hacerlo un domingo, alguna vez me animé a compartir algún partido contigo y con tus amigos, aunque aquella inmensa pared sobre la que tenía que empotrar la bola a mí me resultara más pequeña que a los demás.

Todos sabemos que estamos de paso, pero en tu caso puedes estar tranquilo de haber cumplido con la vida, ya que esta te debe más que lo que te dio. Tu trayectoria vital ha estado marcada por la sencillez, la humildad, y sobre todo por la generosidad. Siempre preocupado por el bienestar de los tuyos, cediste gran parte de tu disfrute para apoyar a los que te rodeaban. Por eso tu saldo emocional con este mundo siempre será favorable.

En la vida a veces fallan los amigos, se quiebran los matrimonios, y el camino se convierte en una cuesta arriba difícil de superar; es decir, lo normal para cualquier persona. En mi caso tuve la suerte de que tu estuviste siempre en esos momentos, dando paz, dando sosiego y comprensión, ponderando el sentido común y la sensatez. Lo malo de esos cincuenta años vividos junto a ti es que me acostumbre a tenerte y ahora me dejaste perdido sin saber muy bien que hacer sin ti. Por ello debería decirte muchas gracias por todo lo que me diste, y por ello debería decirte, ¿cómo se te ha ocurrido dejarnos con la falta que nos haces?
¿Cómo no va a seguir oliendo a telas y a tapicería?, si era el aroma de mi hogar. ¿Cómo no voy a seguir escuchado tu voz?, si eras mi banda sonora. ¿Cómo no voy a seguir recordando tus ojos?, si eran mi espejo y mi mirada. ¿Cómo no voy echarte de menos?, si eras algo más que mi padre.

5 Comentarios

  1. José Luis Sánchez-Tosal Pérez 19:36, jul 21, 2020

    Víctor, acabo de leer tu artículo y por él me entero del fallecimiento de tu padre, hecho que siento mucho pues él era una persona que formaba parte de mi trayectoria vital, al cual recuerdo cuando yo era aun un niño, y él ya moceaba con tu madre, siempre que nos encontrábamos charlábamos y reíamos, era como lo describes, sensible y entrañable. Siento su pérdida, Víctor, y te doy mi más sentido pésame a tí y a toda tu familia.

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  2. Dori 11:04, jul 19, 2020

    Lo siento muchísimo, no sabia que había muerto Julián tu padre, me entristece mucho porque al final eramos una familia,
    Es precioso el escrito que le dejas, y por el han pasado todos mis años de niña vividos en aquella tapicería y de tus abuelos, grandes personas y buenos recuerdos de toda la familia.
    Un beso muy grande para tu madre y otro para ti, nunca nos abandonan si los llevamos en el corazón

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  3. Pedro 22:36, jul 18, 2020

    Mi tío Tito era un personaje felliniano rodeado de personajes (Luis Torres, Joaquín, el de las damas, Cencerrito, Tino Lanchas, Bellido, Isidro el hijo de “Tarzán”, Gelo, al que escuché una apología sobre Marcuse y FROMM en el taller, Emilio Conde…) que no hubieran desentonado en Amarcord. Tampoco era, sin saberlo, ajeno a ese mundo paradójico de los personajes de Chesterton: dotado de un sentido del humor y de una vitalidad únicas, hace tan solo tres años me confesó que su vida había terminado cuando hace más de cincuenta mi tía Suli murió en la calle de Santa Ana, en Ciudad Rodrigo. Inmensa paradoja en alguien tan desbordante de amor por la vida. Mi hermano, parte de la prodigiosa prole del Taller, me confesó que Tito había sido un padre, para mí fue mucho más que un padre, a los padres no los eliges, a tus tíos tampoco, pero sí decides amarlos, o no, recibirlos como un regalo. Mi tío Tito es uno de los mejores regalos con los que me obsequió la vida.

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