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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (22): Josefa Mateos Ovejero, “huérfana de la Revolución”. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (22): Josefa Mateos Ovejero, “huérfana de la Revolución”. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Josefa Mateos Ovejero

Hay personas que cuando vienen al mundo ya tienen escrita gran parte de su vida. La biografía es otra cosa. Josefa Mateos Ovejero nació dos días antes de la proclamación de la II República, cuyos azarosos, trágicos y finalmente desastrosos avatares marcaron su destino como “huérfana de la Revolución” en su niñez y primera juventud. Su padre, José Mateos García, de 29 años, jornalero, la declaró en el juzgado de Robleda el día 13 de abril de 1931. Era hija legítima suya y de María Antonia Ovejero García, su esposa, de 28 años, de profesión “sus ocupaciones”, y había nacido el día anterior en su hogar de la calle del Rincón, nº 29, en el legendario “barrio del Portugalillo” de Robleda. Allí vivían las familias más pobres del lugar, y la de José Mateos era una de ellas, tanto que, para la declaración ante el juez municipal Eugenio Villoria Esteban (“de los Cojos”), compareció “sin cédula personal por carecer de recursos para poderla obtener”. Es un detalle significativo (los pobres, aunque no fueran mendigos, a veces casi “no existían” oficialmente), que se debe a la pluma del secretario del juzgado, Laureano Enrique Aldehuelo (“Roque”), republicano convencido, que nunca escribía algo para no decir nada. José era analfabeto, y firmó el acta de nacimiento a ruego del compareciente una persona desconocida, además de los testigos, dos vecinos domiciliados en la calle de la Miñomingo, un cuñado, Rafael Samaniego Toribio (casado con Juliana Ovejero, tía carnal de la recién nacida), y un convecino de éste, Narciso Cabezas Samaniego (quizá padre de Pedro “Juerga”).

El grupo familiar de Josefa es conocido por dos “archivos vivientes” ya descritos, Anastasio y Félix Mateos Ovejero. Era nieta por parte paterna de Faustino Mateos Benito y Serafina García Ovejero y por línea materna de Serafín Ovejero Mateos y Claudia García Mateos, todos mayores de edad, casados, naturales y vecinos de Robleda, como los padres. “Todos jornaleros”, apunta el secretario. Ello quiere decir que estas gentes vivían de los jornales que tuvieran a bien ofrecerles los vecinos relativamente ricos o los grandes terratenientes de fincas aledañas, en los trabajos estacionales de sementera y recolección, corta y poda de árboles en los montes comunales durante el invierno. Tenían algunas tierras de mala calidad, cuyo cultivo no alcanzaba para alimentar a sus familias numerosas (José tenía cinco hermanos o hermanas; y María Antonia otros cinco; sin contar los fallecidos). Los abuelos Faustino y Serafín se empleaban como vaqueros o pastores en las dehesas cercanas o en el pueblo. Esta era la carrera de quienes, sin estar en la miseria absoluta, entraban en la categoría de los campesinos pobres en la provincia de Salamanca: vivir para trabajar, y trabajar para no morir de hambre. La vía de escape era la emigración, que, contrariamente a muchos robledanos, no había tentado a Faustino ni a Serafín, aunque el primero “había servido al rey” en Cuba, de donde volvió con un rimero de malos recuerdos que no le dejaron ganas de emprender nuevas aventuras.

En cambio, hacia 1920, José Mateos fue de los jóvenes que oyeron los cantos de sirena llegados de Francia. A causa de los estragos de la guerra europea, “allí las mujeres corrían detrás de los hombres”. Más que nada lo harían para que los migrantes les ayudaran a cultivar los campos y producir en las fábricas. Aquella bicoca no entusiasmó a José, que fue a Francia y volvió, y no supo muy bien a qué o lo echó en olvido. De veinticuatro años se casó en 1926 con la susodicha Mª Antonia Ovejero, con quien no tardó mucho en tener descendencia numerosa, al ritmo que disponía la providencia divina, al decir de los hombres de Iglesia, e imponía la falta de medios anticonceptivos adecuados: Benito (1927, fallecido en 1928 a consecuencia de un accidente doméstico), Anastasio / Tasio (1928, fallecido en 2017), Josefa / “la Pepa” para sus padres y hermanos (1931), Teresa / María (1932, fallecida en 1933, “de atrepsia”, debida a malnutrición probablemente), Félix (1934, fallecido en 2000), Ángela (1937, fallecida a los tres meses). Esta pobre niña, nacida después del asesinato de su padre, fue llevada por su tía Juliana a la Casa Cuna de Ciudad Rodrigo, donde el 27 de abril de 1937 “fue entregada para su lactancia a Brígida Cilleros, esposa de Querubín González, [que] el día 21 de julio la devolvieron gravemente enferma y el 22 del mismo falleció en esta Casa Cuna” (Archivo Diputación de Salamanca). La familia no fue informada de este suceso, y su destino ignorado atormentó a la Pepa mucho tiempo. En 1941 Mª Antonia contrajo matrimonio en segundas nupcias y tuvo otro hijo: Ángel (1943).

Durante la República los padres de la niña Pepa, como una treintena de parejas jóvenes de Robleda que no habían emigrado o habían tenido que regresar de la emigración francesa o americana a consecuencia de la crisis económica (1929), a su modo habían empezado a aplicar la reforma agraria, prevista y no efectuada. Desde la década anterior, habían ido ocupando terrenos comunales en El Batán y otros baldíos, terrenos de mala calidad, con hielos tardíos y calores extremos en junio (con los que se “revenía el trigo”), por su proximidad y orientación con respecto a las montañas de la Sierra de Gata. A cuatro o cinco kilómetros de la localidad, sembraban cereales o patatas de secano y tenían algunas cabras, lo que obligaba a los “colonos” oficiosos, no solo a pasar la mayor parte del tiempo arrancando matas de roble, sino a vivir allí también e incluso a pernoctar para proteger la modesta hacienda. Desde que su madre dejara de darle el pecho, la niña empezó a quedarse en el pueblo con los abuelos y sus tres tíos solteros: Ángel, Juan y Julián Ovejero. Los primeros recuerdos de Josefa remontan a aquellos días dorados en que se sentía protegida, feliz y querida, en particular del más joven de aquéllos, Julián, juguetón y cariñoso, bien diferente de la imagen de pistolero y ladrón (sin pistola y sin botín), que sus propios asesinos fabricaron en 1937 y ella ha tenido que tragar casi toda su vida (un médico y aprovechado alcalde de hacia 1970 no encontró mejor argumento, para rebatir argumentos de la Pepa sobre alguna reivindicación anodina, que una coz verbal: “a ver si se cree que no sabemos de qué familia viene usted”).

De su padre, prácticamente, no tiene recuerdos directos. Con cinco añitos, y sin fotografías ni otras reliquias, es difícil poner rostro incluso a las personas del entorno más cercano. La niña Pepa vivía en la Calleja de la calle de la Guadaña, a la parte baja del “altozano del Aciprés”. La casa de Serafín y Claudia no era ninguna mansión luminosa, y se volvió más tétrica cuando en el verano sangriento de 1936 de día y de noche los falangistas y los guardas del ayuntamiento militarista, al servicio de los caciques locales, empezaron los registros domiciliarios, que fueron pesadillas realmente vividas por Josefa de las que hace tiempo prefiere no tener que hablar. La pobre niña se quedaba sola a veces, con los tíos huidos, después del primer tiroteo contra Julián en las eras (13 de agosto de 1936) o tratando de cuidar de sus escasos bienes en el paraje de Valdepino (pequeños huertos y una cabrada), con los abuelos asustados y transidos de dolor al ver apresar, maltratar y llevarse para el matadero sucesivamente a sus hijos, y en el caso del más joven tener que cargar su padre con el cadáver en un burro (2 de setiembre de 1936). Sin embargo, el primero en sucumbir por tiros a bocajarro efectuados por dos conocidos milicianos fascistas de Robleda había sido José Mateos (24 de agosto de 1936). Probablemente su hijita se enteraría por los llantos de la abuela Claudia. Ella cuenta con horror que había vecinas que venían a escuchar aquellas sordas quejas desde el corral inmediato, “porque estaba prohibido llorar”. Es de las cosas que nunca ha olvidado, pero hay otras más personales que también removían las entrañas de su madre al contarlas.

En aquellas esperas angustiosas, la niña Pepa se subía a la choza de leña por escalera de mano, y así atisbaba por encima de la pared hasta el camino de Robledillo, un kilómetro, por donde iban y venían las personas de su familia a sus quehaceres en Valdelpino. Mª Antonia la encontró una vez sangrando por la nariz (o de un ojo), porque en la brega se había clavado una paja y no paraba la hemorragia. Ella lo que ha tenido más metido en el baúl de sus recuerdos macabros son las visitas intempestivas de aquellos pajarracos chillones de estrafalarios atuendos y aparatosos correajes, que golpeaban las puertas con las culatas de los fusiles, abrían los cuarterones, quitaban la aldaba y se metían como Pedro por su casa. Debía de conocer a uno, era primo hermano de su padre, y aprovechó el conocimiento de la vivienda para llevarse un gallo que de noche se posaba en la parte exterior del horno. Se lo llevó para cenar con los compinches. Desde entonces la familia siempre se refería a aquel traidorzuelo con el mote personal, “el Meón” (Cipriano Mateos), que se las daba de gracioso con los mandos y, por aquel servicio y otros parecidos, fue premiado con el cargo vitalicio de guarda de la Jesa Abaju. De aquellas visitas a Pepa le quedó una terrible impresión. Como una vez no había visto salir a todos los siniestros visitantes, pensaba que uno de ellos se había quedado dentro. Y cuando la puerta de la sala que daba a la cocina traqueteaba con los cambios de tiempo, su fantasía le hacía revivir aquella esperpéntica posibilidad durante el tiempo que compartió la vivienda del abuelo, hasta sus doce años aproximadamente.

Josefa vivió lo más duro de su orfandad en casa de los abuelos Serafín y Claudia, con su madre viuda y sus hermanos Tasio y Félix desde el verano de 1936, y a partir de julio de 1938, tras el fallecimiento de sus tíos Rafael y Juliana, con sus primos Pablo (fallecido en 1939) y Teodora Samaniego Ovejero, hasta 1941. En julio de este año se casó en segundas nupcias Mª Antonia con Juan Iglesias Muñoz, a quien la Pepa respetó y quiso siempre como a un padre y de quien fue pagada con la misa moneda. El nuevo matrimonio se fue a vivir con los dos “dagalis” al barrio del Portugalillo y, ya muerta la abuela Claudia (1941), la Pepa y la Teora se quedaron con el abuelo Serafín, de difícil convivencia por sus saltos de humor, algo lunero por naturaleza y desquiciado por los estragos sucesivos de aquella cruel matanza y las desgracias consiguientes caídas sobre él mismo y su familia: nueve personas muertas en cinco años, todas jóvenes a excepción de su esposa. El Abuelo perdió los estribos un día, y las dos primas anduvieron escondidas por la casa desafectada del “Aciprés” de noche y por otra en ruinas cerca del campanario de día. La madre se enteró, y se llevó a su hija con ella, pero no había sitio para la huérfana Teodora, que siguió con el abuelo Serafín hasta que murió (1945), porque la novedad fue que en la casa del Portugalillo nació en 1943 un “dagalín”. Era una buena noticia en el plano moral, pero no para la economía doméstica (“éramos pocos…”, “otra alhaja con dientes”). Mª Antonia insistió con el nombre de un hermano asesinado: Ángel. Y así a la Pepa no le faltó ocupación.

Es un misterio relativo el recorrido escolar de la Pepa. Fue al parvulario de “la Maestrina” (Salustiana Cabezas Mateos, viuda de otro asesinado republicano), iría algo a la escuela de niñas y, ya de moza, a las clases nocturnas. Seguramente, para aprender a leer y echar cuentas no necesitó mucha escolaridad; con su inteligencia natural le sobraba. El abuelo Serafín era analfabeto, todos sus hijos lo fueron y sus nietos no irían a la escuela porque él los mandaran. Durante la guerra los maestros habían cambiado de chaqueta (Gabriel Zato) o eran fascistas convencidos, así que también su hija Mª Antonia, por no verlos en compañía de las autoridades franquistas, prefería no tener cuentas con ellos. La Pepa desde sus doce o trece años se ocupó principalmente de su medio hermano tardión, mientras los demás familiares se afanaban para no pasar más hambre de la inevitable. De mozas quinceñas, ella y la prima Teodora empezarían a buscarse la cagada de lagarto, yendo a prestar servicios a casas ajenas o a cavar el día entero por una peseta o 1,50 pts. “y mantenidas”. Cobrar los jornales (iguales o inferiores a los de antes de la guerra, 2 ó 3 pts.) de Juan Iglesias era un ejercicio semejante al de la mendicidad, porque los riquinos se hacían los remolones a la hora de pagar. Las dos primas se encargaban de la penosa tarea, y, para suavizar el trago, llevaban con ellas al niño chico, a quien la inocencia daba osadía para opinar en las cocinas donde entraban. Le achacan un refranillo (“a mí me gusta la morcilla y el chorizo”), palabras que el presunto dicente no recuerda haber dicho. En cambio, conserva en la memoria la visión de una lumbre, un escaño y una chimenea con ristras de aquellos productos colgadas en una cocina. Era en casa de tio Paulo Moreno, una buena persona que criaba una nieta huérfana también de buenas entrañas. El personajillo sabía o intuía que allí se portaban bien con su padre y de donde presumiblemente los pobres acreedores no volvían con las manos vacías, como solía ser el caso en otros hogares donde los despachaban con el recado de “volver otro día”.

En 1945 la administración franquista, quizá para poner un parche a sus desafueros en previsión de la derrota alemana en Europa, se interesó por la suerte de “los huérfanos de la Revolución”. De hecho eran los hijos de republicanos eliminados judicial o extrajudicialmente a causa de la Sublevación Militar desde 1936. La Pepa y sus hermanos tenían derechos consistentes en no se sabe qué. Después de pesquisas e informes, muy favorables para Mª Antonia Ovejero y su familia, aquello se quedó en agua de borrajas. Entre sus 15 y 18 años, ella se iba periódicamente a Salamanca, donde una institución religiosa femenina (¿la Congregación de María Inmaculada?) enseñaba a las hijas de los pobres a servir a bajo coste en los hogares burgueses. La Congregación se quedaba con la modesta retribución, de modo que las pupilas pobres se costeaban su propia “formación” y alojamiento. Recuerda todavía aquellas experiencias y tiene una imagen idealizada de las monjas, e incluso se ve a sí misma como una chica buena, que lo era sin duda, y sumisa, lo que no encaja muy bien con la estimativa que, con razón, tiene de su propia valía. Poco le falta, en la retrospectiva, para verse con vocación religiosa, pero la obediencia habría sido un hueso duro de roer para ella. De allí volvieron una vez, ella y otras mozas robledanas, con el encargo de escenificar una canción éticamente cochambrosa en que se pinta el oficio de lavandera como un legado jubilosamente transmitido de madres a hijas (“porque así lo quiso Dios”), con un estribillo que resume el programa de sus vidas (“jabón y venga jabón”), y por añadidura, con una alegría crónica (“la lavandera siempre cantando”). Así daba gusto tener criada.

Esto sería al filo de los años cincuenta. A ratos perdidos le enseñó a leer al hermano más chico, porque el maestro, con cincuenta o sesenta niños a su cargo, repartía más candela que saberes. Pero en el pueblo no había aliciente profesional de ningún tipo, así que, siguiendo los pasos de su hermano Tasio, se fue a Asturias. Se colocó en casa de un matrimonio que se portó bien con ella, tanto el marido militar (“el comandante Prendes”) como su señora, que, además de buenos consejos, le dio confianza, la llamaba Josefina y le ofreció la oportunidad de adquirir nociones y práctica de corte y confección. Con los ahorros se compró una máquina de coser. Y cuando regresó al pueblo, en la primavera de 1955, proyectaba montar una especie de academia en una habitación de la casa del “Aciprés” en construcción. Desde luego, era algo perfectamente al alcance de su capacidad, pero en el hogar de Juan y María Antonia no había sitio ni medios, ni fuera del mismo habría habido clientela suficiente, más allá de algunas mocitas que siempre la han querido (la Rosaura, la Silvestra, etc.). Lo cierto es que aquel año cosió para toda la familia y para muchos vecinos.

Esta frustración, de la que nunca se ha curado y de la que siempre ha buscado culpables (además de los responsables de sus desgracias), así como el temor de quedarse soltera en una fratría en que, después de la prima, el hermano mayor se había casado, el mediano estaba llamado a filas y el pequeño se iba a un seminario, la hicieron sentirse vieja a los 24 años. Le entraron prisas por casarse. Entabló relaciones con José Sánchez Sánchez, un año mayor que ella. No era mal chico, aunque sin hacerle agravio, no era más afortunado ni tenía mejor planta ni formación que ella, pues aparte del servicio militar, sus conocimientos los había adquirido principalmente en el cuidado del ganado, como criado en casas ajenas y en el carbonar. Se casaron el 26 de mayo de 1956, con el beneplácito de los padres. Sin embargo, la familia del yerno no era de aquellas con las que Mª Antonia tenía relaciones amistosas, siempre medidas con el criterio de implicación en las matanzas de 1936. De hecho a los padres de José no los tenía catalogados como victimarios y se trataba con ellos, pero eran parientes cercanos de “los Chacas”, algunos de los cuales se sabía e incluso ella había visto participar en servicios de vigilancia, registros y detenciones que dieron por resultado la muerte de su primer marido y alguno de sus hermanos. A mayores, por temperamento, nunca llegó a congeniar con la comadre. A Pepa pronto le pasó lo mismo con su suegra, cuando el joven matrimonio residía en una casa de “La Panera”. El asunto se resolvió poniendo tierra de por medio.

La Pepa fue por segunda vez a Asturias, donde nació Josefina / Pepita (Valdecuna, Mieres), nombre casi obligado, por nacer el día de san José (1957), lo que se añadía al peso de la tradición paterna y materna. José encontró trabajo en la cuenca minera, en una ocupación nueva para él, sin que le sirviera de mucho el arrimo de su cuñado Tasio, pues se accidentó al poco tiempo, y tuvieron que volver al pueblo, con lo que ello suponía de regresión en el modo de vida. El accidente de José, que le afectaba la columna vertebral, le dejó una modesta pensión y la necesidad de ocuparse en trabajos que no requerían esfuerzos físicos excesivos, como los ya conocidos de vaquero o pastor, que, de paso le permitían reanudar el hábito de pasar con los amigos los ratos libres en las tabernas, de donde a veces volvía bastante alegre. Al no tener empleo fijo, el matrimonio se vió obligado a recurrentes trasiegos temporales, aunque no muy alejados de Robleda, a fincas de la provincia de Salamanca (Prado Álvaro, Fuenteliante, en el partido de Vitigudino), en las que José cuidaba de reses bravas que pasaban el invierno en Extremadura. Los movimientos de la familia en Robleda pueden seguirse por los sucesivos alquileres de casas por toda su geografía urbana, donde fueron llegando los otros hijos, bautizados con nombres agradables a la abuela materna: María Antonia I (5 de enero de 1959, fallecida el 11 de agosto del mismo año, cuyo entierro fue una triste sorpresa para su joven tío Ángel al llegar de vacaciones), María Antonia II / Toñita (7 de enero de 1961), María Teresa / Tere (15 de octubre de 1962), Ángel Rafael (28 de febrero de 1967) y Ascensión (23 de enero de 1970). José llegó a ser un experto en tauromaquia y se llenaba la boca con nombres de toros y toreros. Pero la vida trashumante no entusiasmaba a la Pepa, siempre con los bártulos a cuestas. Y para regularizar la vida escolar de los niños, ya no se movieron del pueblo a partir de 1968.

José Sánchez encontró empleo en el ayuntamiento de Robleda, como vaquero y una serie de zarandajas adyacentes, que desempeñó sin mayores problemas mientras él y su mujer se contentaron con la gestión municipal “a estilo compadre”. Cuando quisieron mirar por el asunto de la jubilación, resultó que no lo tenían declarado. A Pepa no le faltaban razones para pensar que en el pueblo había gente que los quería mal, aunque probablemente se trataba sobre todo de la envidieja por parte de quienes consideraba aquel modesto empleo como un privilegio señorial. Echaron a José, y en seguida apareció el servilón de turno, con la lengua puesta en el lugar adecuado. Por entonces gobernaban el municipio los “socialistas” aquellos que en los tiempos del felipismo triunfante crecían hasta debajo de las piedras. El alcalde y los concejales socialistas de Robleda simularon no conocer a José, el juez municipal, que casualmente estaba emparentado con él, “no sabía nada de su situación laboral”. Estas explicaciones no pesaron mucho ante las pruebas aportadas por el abogado laboralista. El ayuntamiento perdió el pleito. La numerosa familia de Pepa siguió votando las candidaturas socialistas, a pesar de las promesas de “los otros” candidatos de pagar religiosamente la deuda del ayuntamiento (eran vecinos con los que tenía buenas relaciones la Pepa, pero se presentaban con la etiqueta de un partido “al que no podía tragar”). Al final, como la Virgen se aparece a los inocentes (y quizá gracias a la experiencia del ex minero Tasio, o al menos eso contaba él), a José le reconocieron la invalidez contraída en la mina y obtuvo una pensión digna.

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Josefa Mateos Ovejero y José Sánchez Sánchez (Robleda, 2006). Foto FG.

Desde el inicio de los años setenta la Pepa, no solo llevó la gestión de la economía doméstica, lógicamente con el beneplácito de su marido, sino que el devenir de su numerosa prole ha constituido una obsesión permanente. Hasta sus ochenta años corridos su casa fue un punto de anclaje incluso para los yernos (Julián / Matías, Manuel, José, Elena y Diego) y los nietos, que en su mayor parte residen en Madrid: Víctor y Marta, Mónica, Gonzalo, Andrea, Claudia, Olivia y Martín; y una biznieta: Paula. Sin ser un palacio, en el hogar de José y Pepa cabían todos ellos en verano y otras vacaciones, juntos o por turno. Ellos correspondían llevándose a “los abuelos” a Madrid, sobre todo por la feria de san Isidro, para que José disfrutara con las corridas de toros. En una de esas estancias sufrió un infarto que lo dejó bastante incapacitado y expuesto a recaídas, sin otra actividad que los largos paseos, siempre acompañado de la Pepa, que lo cuidó día y noche durante años y años, hasta el agotamiento. Vieron el cielo abierto cuando el consejo de familia les propuso ir a vivir con su hija María Antonia en Madrid, donde José aguantó dos años. Falleció en 2016. Era un padre cariñoso con sus hijos y nietos.

Para la posteridad, cabe añadir que, físicamente la Pepa siempre ha sido como todavía aparece en las fotografías: menuda, de buen parecer y cara expresiva, estatura mediana para las mujeres de su tiempo, algo encogida con el paso de los años; como la abuela Antonia, voluntariosa, garbosa en el andar, de palabra fácil y abundante, despierta; y de mal genio. Es una persona inteligente, medianamente religiosa, votante de izquierda desde que hubo elecciones libres, fiel al legado republicano familiar, pero hoy un tanto descolgada de los compromisos históricos y políticos.

De viuda, Josefa sigue viviendo con su hija Toña, en cuyo hogar ha encontrado el sosiego que antes quizás no hubiera tenido nunca. La visitan sus hijos y nietos. Y no le pide nada más a la vida, a no ser la desaparición de esa pegajosa pandemia que le ha impedido dar rienda suelta a su atavismo andariego la pasada primavera.

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José Mateos Mateos y Josefa Mateos Ovejero (huérfanos del 24 de agosto de 1936), en el homenaje a las víctimas del Franquismo (Robleda, 13/08/2017). Foto FG.

 

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