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HOMILÍA INAUGURACIÓN CURSO PASTORAL 2020-2021, por Jesús García Burillo

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HOMILÍA INAUGURACIÓN CURSO PASTORAL 2020-2021, por Jesús García Burillo
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Inauguración del curso pastoral 2020-21. Homilía (19.09.2020)

Mi saludo afectuoso a todos los presentes: Vicario de pastoral, sacerdotes, Delegados de familia, miembros de comunidades llegados de los siete arciprestazgos…; un saludo especial a los ausentes que no habéis podido venir por exigencias de la organización que nos limita la pandemia. También os saludo a cuantos estáis siguiendo esta celebración a través de los medios telemáticos. Bienvenidos todos a la inauguración del curso pastoral 2020-21, que seguirá siendo especial por las limitaciones propias del momento. Estamos invocando al Espíritu Santo para que nos inspire y fortalezca en la ayuda a las familias de nuestras comunidades.

Habremos de tener paciencia y fidelidad. Paciencia para soportar y superar las dificultades que nos encontramos en las circunstancias actuales, y fidelidad para llevar adelante el programa pastoral que nos hemos propuesto, pensando en un sector tan importante y necesitado como es la familia de hoy. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida. El salmo 55 nos indica el método que debemos usar en el extraño curso pastoral que empezamos: caminar en presencia del Señor en un país poblado de vidas y de familias. La presencia de Cristo y su inspiración por medio del Espíritu nos dará la luz y la seguridad necesarias en el camino de la evangelización de la familia.

Estos son los objetivos tras los cuales queremos caminar, tres verbos que son tres tareas pastorales: acompañar, discernir e integrar. Es el lema que hemos tomado de la Exhortación del Papa Amoris Laetitia, la Alegría del amor, dedicada enteramente a la familia. “Acompañar, discernir y exhortar” es, además, el título del capítulo 8 de la Exhortación del Papa.

Todo el documento de Francisco invita a los fieles, y sobre todo a quienes trabajamos en la pastoral familiar, a prestar una atención especial a las familias, en especial a aquellas que se encuentran en una situación difícil o irregular, es decir, lejos de lo que la Iglesia propone para las familias. Todos sabemos que la familia se encuentra en una situación crítica, en la que se dan matrimonios separados, divorciados, abandonados, maltratados, familias monoparentales…, tantos modelos de familias. Así, los matrimonios civiles celebrados en España el año pasado fueron 131.709, mientras que los matrimonios canónicos apenas llegaron a 33.869, es decir, el 25 por ciento del total, sin contar las uniones de hecho que ahora son las más comunes. El Papa nos pide que, ante estos casos, nos propongamos la tarea de acompañar, discernir e integrar. Acompañar en la situación concreta en que se encuentre cada pareja, y en su proceso particular; discernir sobre el camino que conviene seguir en adelante partiendo de su situación; y buscar una integración de la familia en el lugar de la Iglesia que sea posible.

El Papa invita abiertamente a estas familias a acercarse con confianza a sus pastores o a laicos conocedores que viven entregados al Señor. Y exhorta a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, para poder entrar en el drama de estas familias, ayudarlas a vivir mejor e integrarlas en su lugar propio en la Iglesia; nunca olvidarlas o abandonarlas. Pero como en la Diócesis no solo existen familias en situación irregular, sino que hay otras muchas que están simplemente alejadas de la Iglesia, la Diócesis también se propone acompañar a estas familias, buscando un proceso de integración mayor a la fe en Jesucristo y a la vida de la Iglesia.

¿Cuál será el anuncio que habremos de dar a las familias, los sacerdotes y quienes nos dedicamos a la pastoral familiar?

Al comienzo de la Exhortación el Papa presenta el núcleo esencial de la vida cristiana: ¡La alegría del amor es también el júbilo de la Iglesia! Lo que las familias cristianas queremos ofrecer a la sociedad, a otras familias alejadas de nuestro camino, es nuestra propia experiencia de familias cristianas: el valor que damos a nuestra convivencia hogareña y la alegría que sentimos de sabernos lo que somos, con nuestra relación intrafamiliar, nuestro amor fiel entre esposos, con una esmerada atención a la educación de nuestros hijos, tan compleja en el curso que comienza, con un cuidado esmerado y paciente hacia nuestros padres mayores, dispensándoles el cariño y el tiempo necesario del que disponemos. Por eso, el gozo que experimentáis las familias cristianas en vuestra vida diaria, es también el júbilo de toda la Iglesia. Todos nos sentimos felices con vosotros. Nuestro mensaje será, por tanto, ante todo, un mensaje de alegría, de gozo y de esperanza.

Sabemos que los jóvenes, en su mayoría, están satisfechos en sus familias y las valoran positivamente, debido a la acogida que siempre, incluso en los momentos más difíciles, encuentran en ellas. Sabemos que muchos abuelos, durante el tiempo de pandemia, han salvado la situación económica de sus hogares. El anuncio que daremos este año a la sociedad, por tanto, es que la familia cristiana es “buena noticia”, es un evangelio porque Cristo está en el corazón del ser y del hacer de nuestras familias. La Diócesis de Ciudad Rodrigo quiere proponer a todos los hogares los dones y valores del matrimonio y de la familia, del amor fuerte, generoso, fiel y paciente que las alimenta y sostiene. La Diócesis quiere ser este curso un signo de la misericordia de Dios para las familias que sufren, por diversas razones, incluidas las económicas, tan frecuentes en la actualidad; quiere ser un signo de misericordia para las familias rotas o en proceso de separación, en especial para los niños que sufren con amargura las consecuencias de las rupturas paternas.

Nuestras comunidades quieren proclamar que la unión familiar, bien vivida, es un camino de santificación en la vida ordinaria: en el amor, en la paciencia, la comprensión y la entrega mutua. Queremos anunciar que la vida familiar es un camino para la unión íntima con Dios, y también puede ser un camino de crecimiento místico para todos sus miembros. No sólo la vida consagrada o el ministerio sacerdotal, también la vida familiar es un camino de santidad.

Y nosotros ahora podemos preguntarnos, ¿en qué disposición nos encontramos para realizar esta misión que Cristo y su Iglesia nos encomiendan?

Jesús, en el evangelio que hemos escuchado, ofrece a nuestra consideración cuatro respuestas posibles a la invitación de Cristo para evangelizar a la familia: si la Palabra cae hoy en nosotros como la semilla que se sale del campo y llega hasta el camino al lanzarla el sembrador, entonces es que el diablo se lleva inmediatamente nuestros buenos deseos. Si somos como la zona pedregosa que encontramos a veces dentro del campo, querrá decir que nosotros escuchamos alegres y decididos la invitación, pero la menor dificultad que encontremos tirará al traste toda la riqueza de nuestro mensaje. Si nos parecemos a los abrojos o a las zarzas en medio del campo, entonces los afanes de la vida, las preocupaciones, la comodidad o las riquezas nos apartarán de la misión recibida. Solo si somos como la tierra buena y fértil de nuestros campos, escucharemos con ánimo noble y generoso la Palabra y la invitación del Señor, la guardaremos en nuestro corazón y daremos fruto perseverante durante todo el curso. Si somos tierra buena, nos sucederá lo que San Pablo afirma con una metáfora cuando explica cómo será la resurrección de los muertos: el grano de trigo que esta mañana cae en nuestra alma se convertirá durante el curso, por nuestro acompañamiento a las familias, en una espiga frondosa y repleta de vida y esperanza. Si así actuamos, obtendremos el resultado de la acción de la gracia de Dios sobre nosotros, del poder y dinamismo de la Palabra, unido a nuestra colaboración humilde pero imprescindible en la tarea evangelizadora.

Yo os animo a todos, queridos amigos, sacerdotes y colaboradores de la pastoral familiar en vuestras parroquias, en particular a quienes vais a ser enviados ahora, a recibir esta invitación con la humildad de los discípulos de Jesús, con el alma abierta a recibir la semilla de Cristo. Os animo con todas mis fuerzas en este día 19 de septiembre, en que se cumple el 22 aniversario de mi ordenación episcopal en Alicante. Os ruego que pidáis al Señor por mí para que pueda acompañaros con la alegría y la escucha de la Palabra, a ejemplo de María, madre de la familia de Nazaret y madre de la gran familia de la Iglesia. Así sea.

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