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EL JÁLAMA, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez

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EL JÁLAMA, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez
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El Jálama
(Almacén de mis recuerdos y mis penas)

Es otoño aunque aún no amarilleen los árboles, estoy en la cima del Jálama, punto desde el que me golpean un montón de recuerdos vitales, y que según mire a un lado o a otro aparecen unos u otros. Cuando mi vista se va a la parte extremeña me encuentro con los más ancestrales recuerdos, no ya míos, sino de mi madre y mis abuelos, llegados a mí por charlas con ella, allí pues al fondo está Mayadas, esa finca, hoy dividida y aún así un gran latifundio. En ella, y siendo mi madre y sus hermanos muy pequeños pasaron la niñez, e iban a Moraleja andando. Llegaron a ella en carro desde Ciudad Rodrigo por ese cercano Puerto de Perales que tengo a la vista, allí ejerció mi abuelo de capataz, y allí en Moraleja se crió un niño llamado Rafael Sánchez Ferlosio conocido como el nieto de la tía Ramona, ese gran pensador y escritor que también está en mí través de, para mi gusto, su más sencilla pero emotiva obra “Alfanhui”.

Más cercano aunque oculto, está Villamiel, el pueblo que cuando yo estudiaba en el “insti” se conocía este dicho de él: “¿Quién es Dios?, don Emeterio y otros dos, y uno es su hermano” por el poder que en pueblo tenía, pero por lo que yo recuerdo a este pueblo es que de allí era un niño llamado Daniel, que con diez años compartíamos habitación en el internado de Ciudad Rodrigo, y al que un día le anunciaron que su madre había muerto y él se pasó toda la noche llorando, después, al día siguiente, abandonó sus incipientes estudios de primero de Bachiller y partió del Instituto y ya nunca he vuelto a saber de él, pero nunca lo he olvidado.

Si vuelvo la mirada un poquito a derecha y mirando al sur, en la hondonada, está San Martín de Trevejo, ese pueblo que cuando lo menciono tiemblo en lo más hondo de mí, pues con ocho añitos mis padres me dejaron entonces en un convento perteneciente al obispado de Ciudad Rodrigo, interno, y en él estuve un curso, por la razón de que a mi madre le habían diagnosticado un cáncer en un pecho anunciando que se moría. Afortunadamente se equivocaron, pero no evitó que yo me viera allí intuyendo que estaba porque algo grave le pasaba a mi madre, y sintiéndome con todas las ganas de volver a mi casa con ella. Del convento recuerdo unas misas tempraneras en una iglesia que me parecía enorme, y que vista hace poco lo es, una sala de billares para jugar, el despacho del director desde donde se divisaban los huertos de olivos, un campo de fútbol entre los olivos y uno de ellos el que más goles metía, y un dormitorio común en el que me sentía solo, muy solo, a pesar del buen trato que recibí de los frailes, a los cuales les estoy muy agradecido y recuerdo con aprecio.

Levanto la vista y al fondo me encuentro con la Sierra de la Estrella, en la que tantos caminos también he andado, y con Guarda, esa ciudad que siempre me lleva al encuentro de aquel día que yo bajaba en mi coche a Lisboa siendo muy joven y cogí en auto stop a un chaval como yo que partía a la guerra de las colonias africanas de Portugal. Siempre me he preguntado qué sería de él. Y al bajar un poco la vista veo Navasfrías, el pueblo donde vivió la hermana de Manuel Ramos Andrade, que fue mi rolla de recién nacido, y que una noche acertó a pasar por La Florida cuando ya no trabajaba en casa y me encontró abandonado en el suelo de este Parque siendo un bebé aún, y viendo que no había nadie me cogió en brazos y me llevó a casa a ver por qué estaba allí solo, pues vivíamos allí mismo, en el edifico que hoy es el Espacio para la Igualdad. Y es que la que me cuidaba andaba escondida con uno en el Parque. Un buen día, no hace mucho, preguntó por mí y me contó la historia que yo ya conocía por casa, la abracé con mucha alegría.

Vuelvo la vista a la parte del Puerto, y recuerdo la mítica noche que casi toda la panda de amigos de Ciudad Rodrigo, es decir, que aquel día éramos nueve, bajamos a las fiestas de Coria en el Tiburón de Alipio y de la que ninguno nos hemos olvidado dados los avatares de aquella noche, y a retorno, con la luz del amanecer, y todos salieron a hacer de todo en la cuneta para desbeber lo bebido, y me acuerdo mucho, pero que mucho, de la cara que puso al ver el cuadro don Juan Benito Flores que bajaba a llevar a su hija Mari Carmen a estudiar.

Si bajo un poco la vista me encuentro con el pequeño pantano de La Cervigona que a no muchos metros más atrás hay unas cascadas que son las fuentes del naciente que llena el pantano, en ellas hay un desnivel de casi cincuenta metros, mismamente donde nacen, escalonado en tres pasos que forman unas cataratas preciosas, pero a las cuales hay que bajar rapelando, y que yo hace unos pocos años lo hice y después de salir de ellas me comentaron que posiblemente fuera el hombre de más edad que había bajado por allí.

Todas estas vivencias, que siento y veo desde la cumbre del Jálama me han hecho ir a ella muchas veces, lo cual ha creado a su vez otras vivencias propias en sus ascenso, recuerdo ya un lejano día, que subiéndolo con Pepe Colmenero, éste en un pedregal de un cortafuegos, hoy tapado de maleza, se tiró de repente al suelo como si de un colchón se tratara, y volviéndose hacia mí gritó: “Lo he atrapado, mira”, era un pequeño reptil que reptaba como una culebra y que tenía las patas de lagarto adosadas y atrofiadas de no usar, y me dijo “es el eslizon tridactilo”, que es un reptil en transición de lagarto a culebra, “míralo, porque es posiblemente que no veas uno en tu vida, pues es rarísimo encontralos”, y así ha sido, nunca he vuelto a ver otro desde aquel día. Y cómo no acordarme de aquella tarde estando en la cima, con un cielo azul, vi venir de lejos a un nubarrón grande y negro atraído por la cima a descargar en ella, entonces temiendo lo peor reaccioné desnudándome para no empaparme y metiendo la ropa en una bolsa dentro del macuto, y bajé así, desnudo, hasta llegar al coche donde me sequé y vestí, habiéndome librado de estar mojado hasta los huesos. O aquella tarde que bajaba en compañía de una amiga, y ya en su parte baja metidos por el bosque de pinos de repente encontramos una de esas extrañas piedras que son un enorme balón y que están totalmente partidas al medio dejando una cara lisa y donde nunca está la otra mitad, la razón es que eran usadas para hacer piedras de molino y se llevaban una parte y la otra quedaba allí, acabados los molinos como industria han ido quedando por los montes, ella y yo nos miramos y sin decirnos nada supimos que era el sitio perfecto para acostarnos.

Hay más recuerdos que desde esta cima me llegan, por lo que acudo a ella siempre con emoción y nostalgia, pero hoy cuando lo bajo, lo hago lleno de pena, por ese hijo que me falta y al que varios días le quise traer, y su matrimonio con las drogas nunca lo dejó venir allí donde yo veía podía encontrar una salida para su esclavitud si se aficionaba a las montañas. Y yo no supe, o no pude, y el no quiso o tampoco pudo, lo cierto es que ahora bajo solo ya siempre sin él, viendo como mi vida vivida ya vivida y pasada y la suya no fue ni vivida ni pasada pues se truncó antes.

La tarde se cierra con suavidad otoñal y una luz muy suave cuando regreso sabiendo que volveré a ella, al almacén de mis recuerdos y mis penas, el Jálama.

1 Comentario

  1. Color 08:38, oct 19, 2020

    Es cierto que la montaña del Jalama tiene algo especial. Desde su cumbre todo el espacio visto alrededor es mágico. Si además acompañan recuerdos de una vida extensa en años, las sensaciones pueden ser muy íntimas y saludables para cualquier mente. Es muy recomendable subir al Jalama desde el bosque de los Ojesto en San Martín de Trevejo hasta su cumbre. Es toda una experiencia inolvidable.

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