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DELIBES: “Castilla hace sus hombres y los gasta”. Por Pedro Miguel Ortega Martínez

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DELIBES: “Castilla hace sus hombres y los gasta”. Por Pedro Miguel Ortega Martínez
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Es Otoño, y me parece una estación ideal para celebrar el cien aniversario de Miguel Delibes, nacido en Valladolid en 1920. Creo que por mucho se vuelquen nuestros organismos oficiales en estos temas de la Cultura, con mayúscula, en homenajes a nuestros propios autores, sus obras, a mí siempre me han parecido escasos. Además, con esto de la pandemia, y evitando los lugares cerrados, tengo pendiente ir a una exposición que le dedica la Biblioteca Nacional en su sede del Pº de Recoletos, en Madrid.

Para no alejarme mucho del barrio, Pacífico, distrito municipal de Retiro, mi particular homenaje a Delibes ha sido visitar la Biblioteca Pública que tenemos tan cerca. A causa del Covid-19 dicha instalación de bibliografía a disposición de los vecinos lectores, con tantos avisos de distancia por seguridad, hidrogeles y demás consecuencias, parece que sus horarios de apertura los marca el reloj del matadero como decía mi madre.

Portada del libro Castilla Lo castellano y los castellanos de Miguel Delibes

Llevaba una referencia, con tal de buscar un libro del citado autor: Castilla, lo castellano y los castellanos. Poca asistencia de público, y los funcionarios me señalaron el piso, los anaqueles donde lo encontraría, e incluso irían en mi ayuda por si me perdía. Eso que íbamos dos y no lo encontraba. Me dí de bruces con un generoso expositor, donde muy bien expuestos había diversos volúmenes del escritor castellano. Entre éstos, el que yo buscaba. Bajamos para formalizar su préstamo, mediante ese rayo láser que todo controla y seguimos nuestro deambular capitalino con buena temperatura otoñal. Mi corazón me obliga a caminar varios kilómetros al día.

El libro, de generosas dimensiones, muy ilustrado con fotos en blanco y negro, se editó hace 40 años. Pero ya mismo, en el prólogo, me parece como si el autor hubiera situado el dardo de su palabra en el centro de una diana que sigue irremediablemente hoy en vigor. Mejor que mi posible comentario, opto por reproducir unas cuantas líneas del sentimiento con que se expresó Miguel Delibes según transcribo literalmente:

“La estampa de Castilla desertizada, con sus aldeas en ruinas los últimos habitantes como testigos de una cultura que irremediablemente morirá con ellos, puesto que ya no quedan manos para tomar el relevo, es la que he intentado recoger en mi última novela El disputado voto del señor Cayo, como un lamento, consciente de que se trata de una situación difícilmente reversible. Este hecho sociológico, el más importante acaecido en mi región y que ha dejado una huella imborrable en Castilla y los castellanos, asomará lógicamente, como una constante, a lo largo de las páginas que siguen”.

“Contrasta esta realidad castellana con la imagen que durante los últimos lustros ha circulado por la periferia del país, aceptándose como buena la torpe ecuación Administración = Madrid, y Madrid = Castilla, luego Administración = Castilla. Se daba así una imagen de Castilla centralista y dominadora, más propia de una retórica tonante y vacía, anacrónicamente imperialista, que de un hecho real, fácilmente constatable. Castilla, región agraria, pese a los incipientes brotes de industrialización en algunas de sus ciudades, sobre su ya viejo, impenitente abandono, se ha visto sometida a lo largo de casi medio siglo a la presión del precio político, eficaz invento para mantener inalterable el precio de la cesta de la compra, y, con él, el orden social de los más a costa del sacrificio de los menos”.

“Un suelo pobre, como el nuestro, dependiente de un cielo veleidoso y poco complaciente, unido a una política arbitraria que permite subir el precio de la azada pero no el de la patata, y al recelo proverbial del hacendado castellano, cicatero y corto de iniciativas, que prefiere, por más seguro y rentable, invertir en la industria los menguados beneficios del campo, ha dejado a Castilla sin hombres ni dinero, en tanto la energía que produce, sin aplicación posible en la región, alimenta a la industria ajena, para ya, metidos de lleno en un delirante círculo vicioso de contradicciones, y aprovechando la desertización de algunas de nuestras provincias y su nula capacidad de protesta, se ha dispuesto la instalación de centrales nucleares con objeto de continuar sosteniendo el desarrollo del vecino con el riesgo propio. Aquel viejo dicho de Castilla hace a sus hombres y los gasta, en el que se pretendió simbolizar la abnegación y el desinterés castellanos, apenas si conserva hoy algún sentido puesto que la Castilla desangrada de esta hora está resignada a hacer sus hombres para que los gasten los demás”.

“A pesar de lo dicho, no creo exista hoy en Castilla un arraigado sentimiento regionalista, una conciencia histórica y cultural profunda. El castellano, de ordinario, no se siente especialmente castellano sino vaga, inconscientemente español. Villalar no es tanto la expresión espontánea de un sentimiento autonomista como una resuelta tentativa de crearlo. Pero, por el momento, el castellano, me parece a mí, no siente eso. Para que un sentimiento localista despierte o se afiance basta un solo golpe bajo, contundente y despiadado, como el propinado a Cataluña en abril de 1939 (“Señores: a partir de hoy hay que hablar cristiano”). A Castilla no le ha faltado el golpe bajo, le ha faltado la contundencia. A Castilla se le ha ido desangrando, humillando, desarbolando poco a poco, paulatina, gradualmente, aunque a conciencia. Se contaba de antemano con su pasividad, su desconexión, la capacidad de encaje de sus campesinos -en medio siglo que la invasión de carreteras por los tractores de la primavera del 76-, de tal modo que la operación, aunque prolongada, resulto incruenta, silenciosa y perfecta”.

“En este tiempo no han faltado grandes palabras, desde el “¡Arriba el Campo!” del Levantamiento de 1936 al Plan de Redención Social de la Tierra de Campos, planes de desarrollo industrial, planes de regadío… ¿En qué ha quedado todo ello? ¿De dónde sacar las manos para atender los cultivos de regadío, mucho más exigentes, si no las hay ya ni para el secano, si en la Vieja Castilla, en su mayor parte, no quedan más que viejos y niños? Si el proceso no se detiene, para entonces nuestra comarca se habrá quedado sin un hombre, sin un kilovatio, sin una peseta. Y yo me pregunto esta situación de atonía, de agonía, ¿es realmente reversible?”

“Aunque planteada de manera esquemática, creo que ésta es la situación actual de Castilla. Más esta mansedumbre, esta pasividad, esta especie de fatalismo que de siempre acompaña al castellano, no excluye la existencia de un idioma -que por extendido hemos dejado de considerar nuestro-, unas costumbre, una cultura, un paisaje, una forma de vivir. A rescatarlos, a subrayarlos va encaminado este libro, que, repito, no es un libro de ideas, sino un libro entre hombres y cosas humildes que nos hablan de una Castilla maltratada pero que pese a los últimos y pocos optimistas avatares, no ha enajenado aún su personalidad”.

Termino así la transcripción que deseaba comentar a mis lectores. No pretendo nada más, pues me duelen las verdades entonces citadas por Delibes. No he podido terminar este comentario de una tacada. Me he tenido que parar varias veces, calmarme, e incluso dejar la escribanía electrónica para otro día. Se ven mejor los cabreos, los malos humores, si se dejan pasar un día o dos. Porque me sigue doliendo el Oeste español, tan buenas tierras que maravillaron a los amigos argentinos cuando nos visitaron no hace mucho tiempo, y sin embargo cada día más llenas de lutos.

El maestro Delibes, como castellano lígrimo, acertó de lleno en la diana de las incongruencias citadas en mi 4º párrafo. Tiene razón cuando expresa que nuestro bellísimo y complejo idioma, de ahí con que se estudie en tantas Universidades extranjeras, lo hicimos tan universal que ya ni tan siquiera lo consideramos nuestro. Así me suenan los ecos, vacíos, cuando viajamos el año pasado por entre las dehesas de Salamanca: bellas y cuidadas gracias a la ganadería, pero sin embargo tan vacías de almas. Miguel Delibes Setién mereció un Nobel y no lo supimos conseguir. Ciertamente a él no le preocupaba mucho el tema, y sin embargo nos dejo una literatura genial.

Mientras, me queda por delante un índice de lecturas a cada cual más interesante: “El paisaje castellano. Dependencia del cielo. Religiosidad. Sumisión. Piedras venerables. Dos mundos. Filosofía socarrona”, y así hasta un total de veinte capítulos en casi 300 páginas. Fue el impresor la Editorial Planeta, para su colección “Espejo de España”. 1ª Edición en Barcelona, 1979.

 

1 Comentario

  1. Nisio 18:29, oct 21, 2020

    Lo bueno, si breve…y aun lo malo, si poco, no tan malo.
    Eso va por usted, claro, no por Delibes.
    Cuando vuelva a esa biblioteca tan ” molongui” , busque a Baltasar Gracián y lea, por ejemplo …”oráculo manual y arte de la prudencia”.
    Bueno, es un decir!…con mis respetos!.

    Reply to this comment

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