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La memoria no es un buen atributo del señor Igea

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La memoria no es un buen atributo del señor Igea
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Leyendo el artículo publicado por el vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Francisco Igea, titulado “memoria sí, historia también”, es obligado hacer, siempre con el debido respeto, algunas objeciones a dicho texto. En algunos de los apartados, para rebatir, con argumentos históricos y jurídicos, algunas afirmaciones que realiza y que no se ajustan a la realidad objetiva y, en otros, para recordarle que se ha olvidado de mencionar las barbaridades más aberrantes contra el ser humano cometidas por el régimen político de un Estado a quienes pensaban diferente a la ideología oficial durante cuarenta largos años de una dictadura, la franquista.

En primer lugar, resulta cada vez más imprescindible situar el nacimiento de la Segunda República en el contexto de los años veinte. El golpe militar de Primo de Rivera en 1923 terminó con el régimen de la Restauración que había regido desde 1874, primero con Alfonso XII, luego con la Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena y finalmente con Alfonso XIII, quien traicionó el orden constitucional para darle el gobierno de la nación a dictador Primo de Rivera, siguiendo el modelo de Víctor Manuel III con Mussolini en Italia. La proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 condujo al Gobierno Provisional, el cual convocó las elecciones legislativas. Éstas fueron ganadas por la izquierda formando el gobierno de coalición Radical-Socialista, que se encargaría de impulsar la aprobación de la Constitución Republicana, de 9 de diciembre de 1931; una Constitución que consagraba un Estado Democrático con un fuerte contenido social reconociendo derechos individuales y sociales inalienables como nunca una Carta Magna había normativizado. Durante ese periodo se iniciaron importantísimas reformas entre las que se priorizaron la educativa -con la propuesta de construcción de miles de escuelas en zonas rurales en una España donde las tasas de analfabetismo eran elevadísimas- y la agraria, que pretendía un reparto de la tierra más equitativo y acabar con las enormes bolsas de pobreza y desigualdad en un país donde en buena parte del territorio, especialmente Andalucía, Extremadura o la propia Salamanca, la inmensa mayoría de las tierras pertenecían a muy pocos propietarios.

Ante los cambios en marcha, como eran la educación general básica, la reforma agraria y la modernización de instituciones, en el verano de 1932 la República sufriría el primer levantamiento del Ejercito, un golpe de Estado comandado por el General Sanjurjo. En noviembre de 1933 hubo unas nuevas elecciones generales que, en esta ocasión ganó la derecha política y se constituyó un gobierno de coalición Radical-Cedista y para finalizar este periodo de elecciones, las últimas antes del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, tuvieron lugar en febrero de ese año, que dio la victoria a la coalición de izquierdas del Frente Popular.

En el artículo del señor Igea se establece un paralelismo y una “gravedad parecida” entre los sucesos de octubre de 1934 -comúnmente conocido como “la revolución de Asturias”- y el golpe militar de julio del 36, que acabó con el Estado Democrático Constitucional por la fuerza de las armas y provocó una cruel y despiadada guerra fratricida de tres años que, a su vez, instauró una dictadura horrible que duró cuatro décadas. Olvida el vicepresidente de la Junta que la revolución de Asturias fue precedida de una convocatoria de huelga general pacífica en la minería asturiana en la que los mineros reivindicaban salarios justos y condiciones laborales dignas, puesto que la explotación laboral, las penosas condiciones de vida de los trabajadores y los salarios de miseria, no respetaban los derechos laborales previstos en la Constitución Republicana. Los trabajadores convocaron huelgas para reivindicar sus derechos. Ante ello, desde el gobierno se declaró el Estado de Guerra y el ministro de la Guerra encomendó la represión a Franco al nombrarlo extraoficialmente jefe del Estado Mayor. La dureza con la que Franco reprimió a los huelguistas fue extrema. Movilizó a mercenarios endurecidos en el ejército de África contra los mineros. Los machacaron con bombardeos de artillería pesada y aviación, la legión se entregó a toda clase de atrocidades, también la violación de mujeres y las torturas infames a los prisioneros. La represión posterior también fue brutal, aparte de los obreros muertos, cerca de 30.000 fueron encarcelados, toda la ejecutiva de la UGT estaba también en prisión, la prensa socialista fue silenciada, Largo Caballero y Prieto lograron exiliarse, el Estatuto de Cataluña fue suspendido y su presidente Companys condenado a 30 años de prisión. Además, Azaña fue detenido acusándole de complicidad con los hechos de Cataluña donde Companys proclamó el Estado Catalán dentro de la República Federal de España.

En cambio, en julio de 1936 quienes se sublevaron fueron los mismos que reprimieron a los obreros asturianos y se sublevaron para mantener los privilegios de las clases dominantes, se sublevaron contra un gobierno legítimo elegido por el pueblo y contra el sistema democrático y constitucional republicano provocando la guerra civil y posterior dictadura franquista. ¿Cómo es posible que Igea considere de igual gravedad la huelga de los mineros contra el gobierno Radical-Cedista, cuyos dirigentes, todo sea dicho, estaban pensando constantemente en un golpe de Estado para aplastar el régimen democrático republicano? ¿Cómo es posible que Igea considere de igual gravedad las huelgas de los trabajadores reivindicando sus derechos que constitucional y legalmente les correspondían con el golpe de Estado del 36 que se hizo intencionada y deliberadamente para subvertir el orden constitucional y democrático e instaurar un Estado autoritario con el fin de seguir reivindicando los privilegios de los poderosos y aplastar vilmente a las clases subordinadas y los más pobres? ¿Cómo es posible que Igea considere de igual gravedad las huelgas y los disturbios –por mucha violencia que imprimieran- de los pobres mineros asturianos con declaraciones como la de Mola al inicio de la Rebelión al decir “hay que sembrar el terror, eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”, “Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España…”. Hay que recordar también al señor Igea que durante el gobierno Radical-Cedista, los líderes políticos de la derecha, como Gil Robles, ya hablaban de la necesidad de “aniquilar la rebelión separatista de los catalanes y vascos, exaltando el nacionalismo español con locura, con paroxismo, con lo que sea; prefiero un pueblo de locos a un pueblo de miserables”. Por su parte, en la represión de los mineros de Asturias, Franco ya aventuraba un golpe militar para acabar con las libertades democráticas al reconocer ya en 1934 que “esta guerra es una guerra de fronteras y los frentes son el socialismo, el comunismo y todas cuantas formas atacan la civilización para reemplazarla por la barbarie”. A finales de 1935, meses antes de la victoria del Frente Popular, parte de la derecha quería que Calvo Sotelo encabezase algo similar a una dictadura y Gil Robles también trabajó con el objetivo de encabezar esta posibilidad. Señor Igea, volver al argumento de que la guerra civil empezó en el 34 con un golpe de Estado socialista no es equidistancia, es sencillamente volver al argumento que tuvo que improvisar el franquismo para justificar el Levantamiento. El Levantamiento fue lo que fue, el segundo golpe de Estado protagonizado por los militares contra la II República, siguiendo la tradición marcada por Primo de Rivera y que se había estado preparando desde finales de 1935.

Por otro lado, el vicepresidente de la Junta, en su disertación, se ha olvidado de la despiadada y vil represión ejercida en la dictadura de Franco durante cuatro largas décadas. El señor Igea ignora las miles de ejecuciones de republicanos (presos o no) realizadas “supuestamente en tiempo de paz”, de las torturas en las cárceles, del hambre, del exilio de medio millón de españoles, del robo de hijos de presas republicanas para entregarlos a familias acomodadas del Régimen para que no se contagiaran del “gen rojo”, que determinaba que quién lo tenía (todos los republicanos que no profesaban la ideología del nacional catolicismo) era un ser inferior, una bestia y un criminal nato, de los miles de republicanos que aún siguen enterrados en indignas cunetas, en fosas comunes sin haber sido enterrados dignamente, como les corresponde por el hecho de ser seres humanos y llorados por sus familiares.
Cierto es, señor Igea, -y desde la izquierda nunca se ha negado-, que en la guerra hubo actos de crueldad y violencia extrema por los dos bandos, se cometieron barbaridades y asesinatos en los dos frentes y en las dos retaguardias: gravísimos fueron los fusilamientos de Badajoz como los de Paracuellos. Todas estas barbaridades en plena guerra son asimismo condenables, igualmente despreciables. Ahora bien, tiene que tener muy presente, señor Igea, que la rebelión militar, el golpe de Estado y la guerra civil, la provocó un bando, el rebelde, el de Franco, mientras el otro bando intentó defenderse en todos los frentes para salvaguardar el sistema democrático y constitucional, ese que ahora usted defiende y que defendemos todos ahora, el proveniente del régimen del 78. De hecho, durante el gobierno del tan denostado presidente Negrín se iniciaron los juicios contra los militares republicanos que habían protagonizado lo que hoy llamamos crímenes de guerra, sacas, paseos y asesinatos. Eso, jamás sucedió entre los vencederos y, ni siquiera ha habido una mínima revisión oficial de esos crímenes porque así se pactó en la ley del Amnistía de 1977. También hay que recordar al vicepresidente que las víctimas de la barbarie cometida por el bando republicano -en el frente y la retaguardia- fueron justamente dignificadas en su momento por el régimen franquista; nada que objetar, y todo nuestro respeto a las capillas y procesos de beatificación de los miles de sacerdotes y monjas, pero mientras, los más de cien mil republicanos que aún siguen sepultados en las fosas comunes, nunca fueron honrados simplemente porque se ignora dónde están concretamente enterrados sus cuerpos, nunca se los entregaron a sus familiares para que tuvieran los ritos funerarios a los que tenían derecho, les lloraran y tuvieran el duelo correspondiente. Siguen siendo desaparecidos y siguen abriéndose fosas en donde hay personas que no podemos poner nombre. Señor Igea, ¿no cree que es muy extraño que no existan asociaciones de familiares de los vencedores que estén buscando a desaparecidos? Pregúntese por qué no existen y tal vez se dé cuenta de lo errónea que es su equidistancia. No es lo mismo ser víctima que víctima desaparecida y vilipendiada. El crimen lo sufrieron todas las víctimas civiles, fueran de la condición que fueran, pero la atrocidad permanece mientras no se les señale a los verdugos, mientras no se encuentre a los desaparecidos, mientras no se les devuelva a aquellas víctimas su dignidad y todo lo que se les robó.

Señor Igea, es menester recordarle que mientras que los pertenecientes al bando republicano que no consiguieron exiliarse, fueron condenados y cumplieron sus penas, unos pagando con su vida, otros con las torturas en las cárceles de exterminio y otros con el exilio, el escarnio y la indiferencia, los asesinos del bando franquista nunca fueron juzgados, cuando cometieron claramente crímenes de guerra, de lesa humanidad y de genocidio. Nos resulta difícil de entender como un liberal demócrata no se da cuenta del flaco favor que hace a la España de la Constitución del 78 estar encadenada por la Ley de Amnistía del 77.

Para finalizar, señor Igea, los argumentos que usted esgrime en su artículo sobre Memoria Histórica son muy parecidos a los que comparten PP y VOX. Parecía que antes de las elecciones municipales de 2019 tenía usted criterios diferentes a los de estos partidos. Es una pena que en el tiempo que lleva compartiendo poder y gobierno con el PP en la Junta de Castilla y León se haya contagiado de los argumentos ideológicos y políticos sobre la dictadura de Franco, con los que ha comulgado siempre, por desgracia, la mayoría de la derecha política española.

 

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