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EN MEMORIA DE JAVIER ALONSO, por Emiliano Tapia

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EN MEMORIA DE JAVIER ALONSO, por Emiliano Tapia
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Buenos días, con todo el cariño, a todos vosotros y vosotras. Buenos días, amigo Javier.

En qué circunstancias te ha tocado, Javier, pasar por el momento de la muerte. ¿Sabes, Javier, que tu lucha, a lo largo de tu vida, tuvo mucho de propuesta para que nada ocurriera como esta situación de pandemia que ya casi desde hace un año estamos viviendo?

Es más; ¿sabes, que te ha tocado dejar este tiempo de existencia sin que, aparentemente, en esta sociedad hayamos conseguido hacer frente a las causas que con tantos esfuerzos, estudios y propuestas has alumbrado con muchos compañeros y compañeras durante tu vida?

Como creyentes, y tú lo eras, en estos tiempos de hoy, coincidíamos que este no era tiempo, no es tiempo, de religión, sino que es tiempo de evangelio; (qué claro tuviste esto siempre); y, en estos momentos, vivir el evangelio de Jesús de Nazaret junto con las inquietudes de muchísimos hombres y mujeres de buena voluntad, está en saber responder, como tú siempre has intentado plantear en tus largas reflexiones, al mismo planteamiento que el Papa Francisco nos ha repetido a la humanidad entera en la carta “Laudato Sí”; “nunca hemos maltratado y herido el hogar común como en los últimos siglos”. De derechas o al revés siempre lo apuntaste así en tus estudios y esfuerzos desde la sociología o desde cualquiera de las ciencias a las que nos acercaste.

Tu querida zona de Ciudad Rodrigo, del Abadengo, de la Raya; tantas zonas de barrios de Madrid, de Salamanca o de otras comarcas y ciudades; amigos, amigas, compañeros, compañeras, profesionales de todo tipo que te hemos leído o escuchado; hemos sido testigos de tu trabajo, de tu empeño, de tus intuiciones y de tus propuestas a favor del ser humano y de todos los seres humanos y del cuidado de esta tierra para todas las personas; para que, siempre con los pies en la tierra y mirando el rostro de la gente sencilla, pudiéramos comprender esta realidad tan obvia que nos está haciendo pasar por momentos tan angustiosos y difíciles.

En nombre de todos y de todas, gracias Javier. Estamos obligados y obligadas a mantener, por encima de todo el rostro vivo de tu persona, de tu memoria; déjame decir, como creyente, que entre nosotros y nosotras ha pasado con tu vida y permanecerá siempre, el rostro vivo de Dios que se identifica con los más empobrecidos y desheredados de la tierra.

En la última carta del Papa Francisco, “Fratelli Tutti”, que probablemente no te dio tiempo a saborear, como consecuencia de tu enfermedad, más allá de convicciones religiosas de cada uno, nos propone una Parábola de vida buscando la interpelación desde el evangelio; la del Buen Samaritano.

Esta mañana, con tu memoria, la hacemos nuestra:

«Un maestro de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo”. Entonces Jesús le dijo: “Has respondido bien; pero ahora practícalo y vivirás”. El maestro de la Ley, queriendo justificarse, le volvió a preguntar: “¿Quién es mi prójimo?”. Jesús tomó la palabra y dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, quienes, después de despojarlo de todo y herirlo, se fueron, dejándolo por muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por el mismo camino, lo vio, dio un rodeo y pasó de largo. Igual hizo un levita, que llegó al mismo lugar, dio un rodeo y pasó de largo. En cambio, un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre herido y, al verlo, se conmovió profundamente, se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo. A la mañana siguiente le dio al dueño del albergue dos monedas de plata y le dijo: ‘Cuídalo, y, si gastas de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?” El maestro de la Ley respondió: “El que lo trató con misericordia”. Entonces Jesús le dijo: “Tienes que ir y hacer lo mismo» (Lc 10,25-37).

El modo y estilo de vivir de la sociedad de hoy, que nos recordabas tantas veces, Javier; nos está apaleando de tal manera que deja detrás de sí un reguero de dolor, de sufrimiento y de muerte difícil de entender. Nos lo anunciabais en todos y cada uno de los estudios que realizabais. Y, nos está golpeando como depredador de vidas en la naturaleza y en la humanidad.

Cuántas veces te habremos oído denunciar, Javier, la forma que tenemos de habitar la tierra, o el uso puramente utilitario de la naturaleza, la falta de cuidado para que todo exista y viva, la prevalencia del mercado sobre la sociedad, la privatización de los bienes comunes. Por todas estas razones, estamos viendo la humanidad en grave peligro.

Y no queremos quedarnos huérfanos de “Buenos Samaritanos” que sean quienes nos lleven a posadas sanadoras. Con tu muerte queremos y debemos experimentar aquello, también, del evangelio, de que, “si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto”.

Cuando ponías luz y propuestas en medio de tantos estudios sobre la pobreza, estabas inequívocamente planteando lecciones, como que la única tarea que salva y levanta al apaleado por medio de quien actúa de “Buen Samaritano”, es, quien pone la vida en primer lugar; es el cuidado de los demás y de la naturaleza para tratar a la Madre Tierra de forma amistosa; es la colaboración; es la solidaridad; es la corresponsabilidad colectiva; es poner la sociedad por encima del mercado que nos aturde.
También es verdad que nos has ayudado a reconocer, en tu vida, en tu enfermedad y en tu muerte, que “somos seres humanos frágiles y no pequeños dioses que pueden hacerlo todo”; pero con enormes posibilidades que nos permiten tener el derecho a soñar con un mundo diferente y necesario, porque hay muchas posibilidades de posadas para apoyar y dar vida y vida en abundancia.

Javier, en nombre del Dios de Jesús, el tuyo, el mío y el de todos y todas, GRACIAS. Tu muerte como todas las muertes son parte de la vida, esa que nos ha reunido en esta mañana. Esa que nos devuelve para seguir aprendiendo en el camino de la vida, no sé si guiados por uno de esos informes sociales que tú nos presentabas, pero desde luego, sí empeñados en generar futuro en barrios o en pueblos, en ciudades o en comarcas, pero con tus lecciones por delante. En medio de la oscuridad del mundo y de la Iglesia de hoy, te tendremos como luz.

También, en este momento, un sentido agradecimiento a todos vosotros y vosotras; a Cristina, a su familia en general, porque habéis permitido que disfrutemos de él quienes no hemos sido de su familia de carne; aún a costa de no tenerlo con vosotros y vosotras muchas veces. Gracias de corazón en este momento duro y difícil siempre de la muerte.

GRACIAS, JAVIER, AMIGO Y HERMANO.

V Conversaciones en La Colada 2016 - cuarta jornada - 15
Javier Alonso Torrens, de pie

 

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