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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (24): Esperanza Ramajo Martín, “la Curandera de Robleda”, por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (24): Esperanza Ramajo Martín, “la Curandera de Robleda”, por Ángel Iglesias Ovejero
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Esperanza Ramajo Martin -rr Ayto Robleda
Esperanza Ramajo Martín
(Foto: cortesía del Ayuntamiento de Robleda)

Esperanza Ramajo Martín es una figura señera de Robleda. Las actuales circunstancias no permiten obtener detalles precisos sobre una parte de su vida. En el pueblo era conocida como “Tia Esperanza”, un nombre bien llevado y aplicado con respeto en el lugar del que no quiso salir cuando la medicina oficial le propuso el reconocimiento de su saber terapéutico. Fuera del pueblo la llamaban “la Curandera de Robleda” o “la Mano Santa”, pero esta última designación sugiere un componente esotérico de su perfil que no parece corresponder a la idea que ella daba de sí misma ni a la que conservan sus familiares y vecinos más cercanos. No hace mucho todavía Mercedes García Ramajo, su hija, evocaba una imagen más entrañable, apenas idealizada por la nostalgia, en el marco de una conversación habida entre amigos de la infancia en su casa de Robleda (18 de octubre de 2020). Los recuerdos compartidos remontan principalmente al período que va del final de los años cuarenta a la década de los setenta. Tia Esperanza ya tenía entonces un prestigio adquirido en todo el contorno cuando el cronista se dedicaba a recuperar materiales para sus estudios de dialectología en la umbría serragatina. Su nombre tenía un poder casi mágico, como el sésamo en el cuento de Alí Babá, para que los informantes lugareños, precavidos por principio contra gente preguntona y foránea, soltaran sus lenguas para revelar los secretos de la modalidad lingüística vernácula y los arcanos de las formas consideradas peculiares de la cultura oral en El Rebollar.

Nació en Robleda el día 18 de diciembre de 1911. Sus padres se llamaban Antonio Ramajo Prieto y María Martín Cepa, naturales de Robleda. Pertenecían a las familias modestas del pueblo, a pesar de lo cual, descontados los habituales embarazos fallidos, criaron una prole numerosa: cuatro varones y dos mujeres. Llegaron a adultos y fueron más o menos conocidos del cronista casi todos ellos: Luis (“Confiti”), Catalina (casada con tio Quico “Culpa”, sin que se conozca motivo alguno para tal mote), Esperanza, Francisco (“el de Irueña”, vaquero y no propietario de la famosa finca que le dio el sobrenombre), Eugenio (casado con tia Julia “Jarilla” con quien compartió la desgraciada pérdida temprana de la hija y el hijo que tuvieron, Ángeles y Paco, compañeros de la escuela) y Leonardo (a quien los vencedores de la guerra civil resarcieron de la pérdida de un ojo en la misma, dándole en usufructo vitalicio el cargo de montero). La riada migratoria y el paso del tiempo se han llevado a la mayor parte de los descendientes de aquella fratría. Algunos sobrinos nietos de tia Esperanza residen o vuelven por el pueblo en verano. Nunca han dejado de hacerlo sus hijos, Toño y Mercedes, que, como ciertos primos y allegados, tienen casa en el lugar. De modo que, a pesar de la diáspora y las desgracias, el grupo de parentesco mantiene bastante arraigo en el pueblo.

Esperanza no fue a la escuela, y por tanto académicamente no le enseñaron a leer y escribir, pero debió de aprender por su cuenta, quizás con la ayuda de alguna persona amiga, y al cabo terminó siendo lectora asidua. Su hija Mercedes recuerda que tomaba en préstamo libros del cura. En la adolescencia y primera juventud siguió la carrera habitual de las mozas en el campo, ocupada en faenas domésticas y de tipo agrícola, hasta que a los 17 años (1928) emigró a Francia. Estuvo empleada primero en la limpieza de corrales de caballos (“barrer con unos escobones grandes”) y después en una fábrica de lejía en las cercanías de París, donde compartió el trabajo con otros españoles y casi con seguridad con gente de Robleda. Podría haber sido la fábrica de botellas para lejía de la legendaria empresa Saint Gobain en Saint Denis, que también se instaló en Sucy-en-Brie, cerca del conocido caladero de gente rebollana en Pontault-Combault (departamento de Sena y Marne). Dicha circunstancia le alivió la emigración al país vecino, donde por su gusto hubiera permanecido, pero solo estuvo unos dos años. Sus padres la reclamaron porque se casaba su hermana Catalina.

Ella también se casó antes del estallido de la guerra civil (en fecha sin determinar). Años después contaba con orgullo que se había casado “con el hombre que ella quería”: Antonio García Mateos (menor). Cuesta trabajo pensar que podría haber sido de otro modo. Tio Antonio debió de ser un buen mozo, aunque no fuera ningún príncipe azul. Hombre formal y serio, poco hablador, hasta el matrimonio se había empleado en las labores agropecuarias, como jornalero o pastor (“le daban la comida a cambio”); con el tiempo también trabajó de albañil. La situación social de los García (Ángel y Eugenia) corría pareja con la de los Ramajo, vecinos con algunas tierras que “labraban con burros”. Tenía una hermana llamada Nicolasa, que por entonces ya estaría casada con Juan Martín (tio J. “Perrinchi”), quien, como sus hermanos Domingo y José (“Pena”) era de los sindicalistas convencidos, y por ello fue de los multados en agosto de 1936 y vejado después con el protocolo incruento más apreciado por los fascistas. Lo llevaron al “cuartu del Ayuntamientu”, le administraron una buena paliza y le obsequiaron con un vaso de aceite de ricino. La crónica oral cuenta que brindó, como se hacía entre amigos en la primera ronda de la bebida que pasaba de mano en mano: “Bueno, pos que tengamus salú” (Iglesias, Croniquillas, 31 de julio de 2016).

Así pues, estando ya casada, Esperanza vivió de cerca la feroz represión de Robleda en 1936, que todavía coleaba al filo de 1950, época en que ella daba la cara con otras mujeres cuando era necesario y los hombres no se atrevían a hacerlo. En unos Carnavales lideró el rescate de José Mateos (“Bogallo”), a quien habían dejado huérfano los falangistas en el verano sangriento y en esa ocasión molían a golpes de vergajo los guardias civiles a la puerta de su casa, porque no quería o no podía identificar a unos enmascarados (jorramachis). Al parecer los de la Benemérita cedieron a los razonamientos y lamentaciones de las piadosas mujeres. Poco después aquel colectivo femenino, sin duda más numeroso, consiguió detener en la parte alta del Batán una yunta de bueyes, al gañán y a unos lacayos de la Administración, guardas, monteros y pelaplumas (oficinistas). Estaban allí para echar la pardala, un surco que sentenciaba la expropiación o la expulsión de los antiguos baldíos comunales ocupados y roturados por la gente pobre del lugar, a costa de sudores y de la vida de algunos vecinos.

Tia Esperanza era de las personas que sabía estas cosas, y nunca se ha arrugado a la hora de transmitir su testimonio. A su hija Mercedes y a otra gente le comentó repetidas veces que no entendía cómo los hermanos de su vecina María Antonia Ovejero (Ángel, Juan y Julián), siendo unos mozos listos (a defecto de tener instrucción) no huyeron a Portugal. La respuesta es fácil. En el país vecino los fugitivos no eran bien recibidos, sino devueltos a los militares rebeldes españoles y a sus secuaces fascistas; pero sobre todo los fugitivos emboscados sabían que los victimarios se vengaban en los familiares, como quedó probado entonces con ellos mismos. La familia de Esperanza tenía un huerto a unos seis kilómetros del pueblo, en el Colodrero, a la vera de un arroyo, adonde ella iba a regar. No era casual que fuera uno de los parajes por donde, a hurtadillas, solía transitar Julián Ovejero (con su hermano Juanito a veces) con las cabras que tenía en custodia desde que escapó en las eras a una persecución a tiros por una nutrida patrulla fascista (13 de agosto). Ella le sirvió de enlace durante las tres semanas que consiguió hurtar el bulto a los matones, sobre todo cuando ya casi nadie osaba hacerlo, porque los asesinos, en represalia por su fuga, se llevaron por delante a su cuñado José Mateos (24 de agosto) y a su hermano Ángel (31 de agosto). Agazapado en el arrimo exterior de la pared, sin verlo, Esperanza le oía cuchichear el lacónico mensaje (“Dile a mi padre que me deje la jatea en la peña que sabe”). Y Serafín Ovejero le dejaba en el lugar convenido la comida y la ropa limpia para unos días. Aquel macabro juego de escondite se terminó el día 2 de septiembre. Julián fue cazado de un tiro certero por detrás (“como una liebre”), no muy lejos de aquel sitio, en el Camino de las Pocilgas, junto a “l’arro Jolardino”.

En el punto de mira estuvo o se sintió otro cuñado de Esperanza, el citado tio Quico “Culpa” (Francisco Sánchez), hombre emprendedor y maestro de albañil, que también había estado en Francia, y por ello era persona poco fiable para los fervientes partidarios del “Movimiento”. Conforme a la legislación republicana, había dado trabajo a jóvenes sindicalistas, entre ellos a Julio Calzada, que fue uno de los eliminados el día 13 de agosto de 1936. Le salpicó algo la represión fascista de 1936 por esos antecedentes y por estar al corriente de secretos que era mejor ignorar, como la famosa “entrada de ladrones” en la iglesia parroquial en marzo de 1936. Contaba una coplilla (cantada por el citado Julio) que el “abujero estaba por drento” y tio Quico lo había descubierto, lo que daba a entender que había sido una provocación montada por los derechistas “agrarios”, hipótesis que no hay que desechar, porque en 1937 se empleó un procedimiento de este tipo para justificar la represalia contra Isabel Montero (“la Pasionaria de Robleda”). Lo cierto es que este tío de Mercedes llegó a decir que “deseaba irse al frente”, porque resultaba menos peligroso que seguir en el lugar. Los militares sublevados no tardarían en darle gusto, pues fue llamado a filas, como casi todos sus cuñados, unos después de haber cumplido ya el servicio con su quinta, otros por estar en quintas y los más pequeños con la “quinta del biberón” o “del chupete” (en términos de tia Esperanza).

En el contexto de la preguerra la andadura matrimonial de Antonio y Esperanza empezó con mal pie. El primogénito (Ramón) murió a los dos días de su nacimiento. La madre, casi recién parida, fue solicitada por una familia de la vecindad cercana para ser ama de leche de una niña. Se llamaba María Valiente. Fue un arreglo que consoló también la frustración de los padres fallidos, que terminaron por encariñarse con aquella niña, y se habrían quedado con ella, pero sus progenitores (Juan y Ambrosia) no contemplaban esa opción, aunque ya tenían familia casi numerosa. Los cónyuges sin hijos vivían junto al famoso barrio del Portugalillo, pero más cerca de la iglesia, en la casa que más tarde sería de tia Camila (persona bien conocida, cuyos hijos emigrarían al País Vasco, sin desarraigarse del pueblo). En aquella vivienda les nacería el segundo hijo, Antonio (“Toñín” para los suyos y vecinos inmediatos) en 1938. De hecho el padre había sido llamado a filas, y la madre tendría doble trabajo, pues no había hombres disponibles en la familia para ocuparse de las míseras tierras y huertos, el acarreo de leña, etc. Es de suponer que el soldado Antonio se beneficiaría de un permiso especial para casarse de nuevo, porque el matrimonio anterior (presumiblemente sólo civil y sin pasar “por la Iglesia”) “no valía”. Con el fin de la guerra, la pareja matrimonial reanudó las rutinarias faenas de siempre, sin otros alicientes que evitar las cornadas del hambre, que era el pan nuestro de cada día por estos miserables pagos, con más población y los problemas de siempre sin resolver. Al menos, el ex combatiente Antonio no volvió del frente con graves daños visibles en su físico, pero tampoco podría reclamar las prebendas (algún empleíllo municipal) de los “mutilados de guerra”. Así que, a las ocupaciones tradicionales, se añadiría la participación eventual en las “obras” que contrataba su cuñado Quico. El ejercicio de esta eventualidad acarreaba de nuevo más trabajo para Esperanza, que debía ocuparse de las labores agrícolas (cavar, escardar, regar).

En aquel hogar tuvieron una buena noticia en septiembre de 1947. Una niña vendría a completar la pequeña prole del matrimonio García-Ramajo, y esto quizá los llevaría a cambiar de casa. El recuerdo de sus avatares posteriores es parte de la memoria personal del cronista, pues los miembros de esta familia y los de la suya fueron vecinos en viviendas separadas por una pared. En el otoño de 1947 o primeros meses de 1948 la familia de tia Esperanza ocupó de repente la misteriosa casa vacía cuyo postigo le servía de frontón al aprendiz de pelotari, que más tarde sabría que el anterior inquilino había sido tio Agapito Cabezas, quien había tenido una conducta poco ejemplar con dos víctimas republicanas: el alcalde Fermín Mateos y el citado Julián Ovejero, mozo de veinte años, ambos tiroteados en detenciones sangrientas. Él mismo fue muerto (1945) en el Carbonal por la guardia civil de Descargamaría (Cáceres), cuando “la pareja” efectuaba una de sus correrías en persecución de los maquis en compañía de dos guardas municipales.

Tia Esperanza dio vida a aquella casa sombría. A su edad mediana era una mujer alta, activa y espontánea, en contraste con tio Antonio, bastante reservado, pero no huraño, a veces afectuoso y sonriente. Toñín tendría unos diez años, y pronto empezaría a ejercer de hombrecito, siempre a la vera del burro y la carga, aunque de momento mostraba su pericia en el juego de pelota. Sabía cortar en el aire (de volea) aquel rudimentario ovillo con algo de goma dentro que repelía el postigo algo desvencijado. Por abajo dejaba un albañar por el que, a sus cuatro o cinco años y gracias a su menguado físico, el futuro cronista podía holgadamente entrar a recoger la pelota en el corral adyacente, antes de que llegaran los nuevos inquilinos. La madre solía tener en brazos una princesita de tez desmotada a quien había puesto el nombre de una reina famosa en un romance que cantaban las niñas en la escuela: María (de las) Mercedes. De las envueltas asomaban unos pies diminutos, sin patucos ni otros impensables arreos, pero no andaba todavía, ni mucho menos. Tendría unos meses cuando sus padres llegaron con ella y su hermano a la entrada de la mítica Calleja.

En aquel angosto callejón en cuesta y sin salida, con dura pisada de peña, por el lado oeste convivían cuatro familias en sendas lóbregas viviendas. Por el otro lado una alta pared seca de piedra negruzca cortaba el horizonte. Defendía una de las propiedades de “los Cojos”, un huerto en la parte baja del “altozano del Aciprés”. Se lo estercaban de balde, con sus aguas mayores, los varones de la Calleja que tenían fuerzas para salvar aquella muralla, la cual con el paso del tiempo no resultaba tan alta ni inexpugnable. En aquel espacio en forma de cogujón coincidieron media docena larga de chiquillos y otros tantos mozos en la década de los años cincuenta, pero entre la chiquillería solamente había una niña, Mercedes. Su madre (como otras en su caso) no la dejaba disfrutar el privilegio de la dorada infancia de los niños pobres: tener por suyo el ancho mundo de otras callejas, otros huertos vanamente defendidos con paredes, otros rincones y destartalados corrales y pajares entre el arroyo apestoso y la iglesia imponente, con sus extraños y misteriosos aledaños: el campanario exento, la Panera, el inicio del vía crucis, el atrio, el portalillo, el cuarto del cuco, saturado de santos desahuciados, antiguallas heteróclitas y calaveras, todo ello entrevisto por las rendijas de la puerta y el ojo de la cerradura.

A su llegada a la Calleja, tia Esperanza todavía no era reconocida como “la Curandera”, ni la firmeza de su pulso y certera manipulación en la exploración física le valían el sobrenombre casi mágico de “Mano santa”. Sin embargo, quizá a partir de la posible experiencia recibida de su propia madre, a su mediana edad ya hacía tiempo que ayudaba a las vecinas en los partos y remediaba las averías de hombres y mujeres en huesos, articulaciones y tendones, debidos a caídas o retortijones. Los vecinos inmediatos se beneficiaron enseguida de sus conocimientos empíricos. A Juan Iglesias le colocó la puentecilla, rota a consecuencia de una caída cuando podaba la cogolla de un roble, a Tasio Mateos consiguió colocarle los huesos de una pierna malparada debido a que le vino encima una carga de sacos llenos en el Carbonar y a su hermana Pepa, más tarde, la asistió en los alumbramientos que tuvo en Robleda. La fe de estos vecinos en tia Esperanza era tal, que le encomendaron algunos arreglos de los frecuentes estragos físicos que el narrador de ahora se buscaba por su cuenta entonces. Lo más delicado fue la cura con hojas de “cirigüeña” de lo que debía de ser una fisura en la tibia de la pierna izquierda, por tirarse de una pared (la presumible inflamación del periostio generó una herida que estuvo supurando el otoño de 1952); y la sutura sin hilo ni aguja de una brecha en una ceja del mismo lado, a causa de la caricia trasera de un burro que no apreciaría alguna travesura, y por la cual “se veía dentro”. No había manera de limpiarla con alcohol. La intrépida curandera estuvo a punto de marearse, pero sacó adelante la operación con la ayuda de la prima Teodora.

Tia Esperanza no hacía milagros, pero no le faltó mucho para ello. Mercedes piensa que su madre adquirió la certeza de sus capacidades terapéuticas con ella misma. De cuatro o cinco años, la niña se fracturó el antebrazo derecho. La llevó a un médico de Ciudad Rodrigo para que la atendiera, y volvió con el brazo en cabestrillo. Llegado el tiempo, al quitarle la escayola, tenía la muñeca agarrotada, el hueso mal colocado y muchos dolores. Don Víctor Viñuela, el médico del pueblo, no veía solución alguna. La madre curandera se puso furiosa, pensando en el estropicio que la chapuza causaba en su hija. Resultaba insoportable, pero no podía hacer nada con el padre y el hermano en casa. Así que aprovechando la ausencia de ambos, decidió actuar por su cuenta. Pidió ayuda a tio Marcelo “Taravilla”, un vecino mayor, para que le ayudara a sujetar a la niña, y aguantando el llanto de su hija, volvió a partir el hueso, lo entablilló y le impuso un ejercicio cotidiano (con algún peso), para que estirara el miembro. Así lo cuenta Mercedes, y en prueba de la eficacia del método enseña un antebrazo sin malformación alguna. Es indudable que tia Esperanza tenía un don especial, servido por una inteligencia excepcional y un ojo clínico natural, intuición, empatía o como se quiera llamar, que influía en el crédito que le prestaba su heteróclita clientela. Se expresaba con propiedad sobre los remedios de la medicina tradicional que practicaba, sabía persuadir, pero no era una charlatana ni echaba mano de fórmulas mágicas o sortilegios. Para lo que estaba fuera de su alcance recomendaba la visita de los médicos y la cirugía.

En la segunda mitad del siglo pasado la visitaba gente de toda condición, llegada de los alrededores, de Madrid o Barcelona. Era una mujer generosa, que a veces “cobraba la voluntad”, otras nada y en ocasiones socorría con su dinero al paciente. Algunos vecinos quizá la envidiaban o no apreciarían su franqueza; uno de ellos llegó a denunciarla “por ejercicio ilegal de la medicina”. La mayoría la apreciaba, y Tasio Mateos pregonaba lisa y llanamente que tia Esperanza “había hecho ahorrar mucho dinero a la Seguridad Social”, aludiendo a las colas que se formaban a su puerta en verano. A favor de la legislación de los años ochenta, dejarían de molestarla. Un médico que la fue a visitar le propuso integrarse en los servicios de algún hospital. Ella prefirió seguir en su pueblo, que al fin le dio algún reconocimiento oficial. En el verano del año 2000 el Ayuntamiento socialista que presidía Juan Francisco Mateos puso su nombre a la calle en que había vivido más de medio siglo. Este agradecido homenaje no le trajo demasiada suerte, pues a las pocas semanas falleció (30/10/2000) de un cáncer (páncreas) que ella misma debía de intuir y supondría sin remedio. Quizá recordaría que su marido, tio Antonio, la había dejado viuda antes de tiempo (a los 66 años), a consecuencia de una trombosis que, según contó al cronista, pudo ser debido a un error en el tratamiento que le aplicaban. A sus casi 90 años, no valía la pena insistir con auxilios aleatorios, y se dejó ir en paz. El Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) del año 2020 en Ciudad Rodrigo la recordaron en un acto dedicado a mujeres notables. Ella lo era.

 Homenaje a Esperanza Ramajo - Robleda agosto 2000 -rr Ayto Robleda

Homenaje a Esperanza Ramajo, Robleda, agosto 2000
(Foto: cortesía del Ayuntamiento)

Tia Esperanza era una excelente informadora, porque a su gran inteligencia se unía una franqueza propia de quien está seguro de lo que piensa. Por ello no se cortaba al saberse escuchada e incluso grabada. Podría confirmarlo, si viviera, el malogrado Luis Sánchez Corral a quien aportó materiales para su tesina, presentada en la universidad de Salamanca. El cronista nunca ha tenido la menor duda sobre la independencia de criterio de aquella mujer excepcional, comprobada desde la temprana edad. Expresiones por ella empleadas perduran en su memoria, algunas referidas a él mismo (“no lo están criando para cebón”, réplica espontánea a vecinas que no le veían cara de buen año a la vuelta del estudio). La apreciación personal sobre un vecino que no se estiró hasta dar la talla para tener el privilegio de ir a servir a Franco en la milicia (“no dio la talla ni crecíu ni amollecíu”). La fina ironía en la descripción del discutible encanto urbano de Madrid (“aquellu debi de sel comu un jormigueru; tienin que paral los cochis pa que pasi la genti”). El estilo peculiar para contar anécdotas manidas, como la de aquella lugareña que se pasó de redicha en una visita al obispo, diciendo “badul” en vez de “baúl”, y, al corregirle el mitrado la ultracorrección, dejó aflorar todo el pelaje de la dehesa con una exclamación no muy adecuada al género femenino (“¡ya me toque los cojonis!”).

Ahora bien, hay algo que, más que en ningún otro caso, justifica su presencia entre los “archivos vivientes” del autor. Siendo él muy niño, apenas entrado en el período escolar pero ya consciente del contexto represivo que afectaba a su familia, ella fue de las primeras personas en despertarle el orgullo familiar, diciéndole que había tenido “tres tíos más salaos que las pesetas”. En el sentido físico era una apreciación que sonaba a hipérbole, pero resultaba agradable al oído. De esta cura del alma no se tratará en su biografía, si alguien la escribe. Y precisamente por esta razón se habla aquí de ella, pues, al margen de padres y hermanos, tia Esperanza fue sin duda su primera y más importante fuente de información.

Esperanza Ramajo -rr - de Mercedes Garcia Ramajo

Esperanza Ramajo delante de su casa
(Foto: cortesía de Mercedes García Ramajo)

Referencias
Ángel Iglesias Ovejero: Croniquillas (31/07/2016):

http://www.ciudadrodrigo.net/2016/07/31/croniquilla-del-verano-y-otono-sangriento-de-1936-las-multas-impuestas-en-villar-de-ciervo-robleda-y-otras-localidades-por-angel-iglesias-ovejero/

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