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DEMOCRACIA, por Víctor Esteban

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DEMOCRACIA, por Víctor Esteban
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La abuela Leonor, que vive en el barrio bajo, ya suma casi noventa y dos años de castigo y lucha por sacar adelante a sus tres hijos y sus posteriores cuatro nietos. Leonor no sabe apenas leer y por supuesto no sabe lo que es el IVA soportado, el repercutido ni el superreducido. Pero Leonor superó una guerra civil, una postguerra, el franquismo y tiene en sus espaldas toda la sabiduría de una vida. Leonor votó en las pasadas elecciones a ese hombre que le recordaba a alguien muy lejano, y que con su barbita estilo grecoromano, le da mucha seguridad y confianza.

Aleix es un joven de dieciocho años que le gusta escuchar rap, llevar un pendiente en la oreja y juntarse con los amigos en el parque para tomar unas birras y escuchar cualquier mensaje revolucionario que aspira a cambiar el mundo. Aleix apenas sabe conducir, aunque dispone de un ciclomotor que hace mucho ruido. Como es demasiado joven, aún no ha tenido ninguna experiencia laboral en su currículo. Se plantea si vale la pena seguir estudiando, aunque sus padres le piden que lo haga, porque según le dicen, el esfuerzo tendrá recompensa. Pero sus viejos siempre están con las mismas monsergas y no les hace mucho caso. Aleix puede que en alguna clase haya estudiado algo de eso que llaman economía, pero realmente se presentó al examen y no le interesó seguir sabiendo más del tema. Aleix votó por primera vez a ese tipo guay que parece que va perdonando la vida al resto y que destaca por su coleta.

El madurito Andrés trabaja en una multinacional a la que le dedica casi diez horas al día de trabajo. Gracias a su ingeniería en telecomunicaciones ha podido hacerse un hueco en el mundo laboral, no sin esfuerzo y dedicación. Andrés sabe dos idiomas más, además del castellano, y cuando acaba su trabajo lo que más le gusta y desea es llegar a casa, tumbarse en el sofá, poner un poco la televisión para ver el fútbol y disfrutar de la cena con sus niñas de catorce y doce años y por supuesto con su esposa, aunque a veces ambos tienen alguna discusión que otra por causa del estrés acumulado en sus respectivos trabajos y los varios años ya de convivencia. Andrés es ahora un hombre un tanto escéptico y con una dosis de cierto hartazgo y desasosiego. Como ya no cree en nada, ha perdido una tanto la ilusión por todo y su decepción generalizada la plasmó con un voto en blanco en las últimas elecciones.

Estos tres personajes ficticios creados fruto de mi imaginación tan sólo tienen una cosa en común; los tres votaron en las elecciones lo que les apeteció, los tres tienen derecho al voto, los tres son la base de la democracia.

Como ya es sabido, para poder acceder a la función pública es necesario pasar unas duras pruebas y ser evaluado por un tribunal suficientemente capacitado como para poder ser juicioso y certero en la selección, exigiendo a dicho tribunal al menos una titulación acorde a los requisitos del personal a seleccionar. Todo obvio.

Sin embargo, para elegir al presidente del gobierno español – el cargo más relevante de nuestro país – no se requiere disponer de ningún conocimiento ni experiencia previa. La elección corresponde a tod@s aquell@s mayores de dieciocho años, independientemente de sus conocimientos académicos, o de su experiencia vital acumulada. Y esta es la esencia fundamental de la democracia y a la vez es la peor de sus perversiones. Porque como ya decía Churchill “la democracia es el menos malo de los sistemas políticos”. De manera específica la democracia española puede contar con muchos defectos -como otras – o incluso con menos defectos que “otras”, pero es la mejor democracia que hemos tenido en nuestra dilatada historia. Como todo en esta vida, la democracia española es mejorable, como mejorables son los hombres que la administran. A partir de ahí intenten no perderse, lo importante en estos momentos es doblegar esta crisis pandémica que mata, cierra negocios, satura hospitales, nos encierra, nos aísla y hace agonizar al mundo entero. Lo demás es estrategia política, demagogia, cuota de pantalla y marketing de postín. Algo a lo que ya nos vamos acostumbrando por desgracia y que, si no fuera por las consecuencias que suele conllevar, hasta nos podría llegar a hacer gracia.

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