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¡Ya está bien! (a quien corresponda), por Tomás Domínguez Cid

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¡Ya está bien! (a quien corresponda),  por Tomás Domínguez Cid
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¡Ya está bien! (a quien corresponda)

por Tomás Domínguez Cid
(cristiano)

En estos tiempos de incertidumbres para todos, los civitatenses sumamos una más de carácter espiritual (que tan poco se lleva eso hoy), histórica (ciencia que no interesa a ciertas élites), cultural (¿qué es eso?), social (bastante tengo con lo mío) y económica (ande yo caliente….)

Se trata de la desaparición de la Diócesis Civitatense cuya capital es Ciudad Rodrigo aunque también se habla de unión a la de Salamanca, que no de eliminación, pero que muchos pensamos es una forma de “maquillar” el resultado final, es decir, la desaparición de un obispo propio, exclusivo y residente en esta ciudad.

Quien haya leído un poco de la historia de Ciudad Rodrigo habrá visto como, más deprisa o más despacio, el Estado, la Administración Pública ha ido recortando, eliminando y trasladando organismos públicos fuera de nuestra ciudad.

Desde la caída del Antiguo Régimen, cuyos beneficios por su desaparición nadie discute, nuestra ciudad ha ido en declive. Desapareció la “provincialidad” de la Tierra de Ciudad Rodrigo, desmembraron su territorio, quizá porque no habían oído hablar de la “Extremadura Leonesa”, llegaron las desamortizaciones religiosas y las civiles, que también las hubo que lo único que trajeron a esta zona fueron importantes crisis económicas, destrucción de patrimonio monumental y mueble (ahí anda la Caridad dando las que pueden ser sus últimas boqueadas, como claro y actual ejemplo de ello). El ejército dejó de considerar “estratégica” o lo que fuera esta tierra nuestra y eliminó cuarteles y soldados que animaban la vida económica local, la policía, aquella “secreta” que se decía cuando yo era pequeño igualmente desapareció juntamente con sus oficinas (o a lo mejor se ha vuelto tan secreta que ni la vemos ni la oímos) ahora, si te quieres hacer el DNI tienes que esperar a determinado y aleatorio día de la semana o ir a Fuentes de Oñoro, el cuartel de la Guardia Civil, siempre abierto y un referente de seguridad y protección en mi infantil ideario, muchas días hasta está cerrado, a falta de guardia “de puertas”, digo yo. Las opciones educativas se van reduciendo y nuestros hijos, nuestros pequeños niños (siempre lo son para los padres) tienen que irse a Salamanca en busca de las diferentes ramas del saber, igual que los servicios sanitarios cuyas especialidades van siendo absorbidas y se hace bueno la frase de nuestros mayores de “para cualquier cosa hay que ir a Salamanca” . Hasta los bancos van cerrando sucursales o complicándonos la vida para que no acudamos a las que quedan.

Como a los de Tudela no, más solos todavía nos van dejando, huérfanos totales institucionales, si vale la expresión. Por cierto, Tudela, Dioecesis Tudelensis en su momento, cuya pasada historia bien puede ser el futuro de la nuestra.

Y seguimos camino de nuestras soledades. Ahora la Iglesia, la iglesia institucional, claro, la de las jerarquías, parece ser están dispuestas a cerrar el palacio episcopal para dejarlo como mucho, como una oficina para hacer algunos papeles y gestiones, perdiendo la función para la que fue creado y mantenido durante siglos: la de ser, además, casa del obispo.

Mateo Hernández Vegas, presbítero, canónigo, historiador, en su monumental obra editada en 1935, al final del tomo II, habla de lo desaparición de la diócesis y no solo porque lo dispusieran mano a mano Estado Español y Vaticano en el Concordato de 1851, ya que, indica, desde algunos años atrás circulaban voces de la supresión del Obispado, lo que fue respondido, según el insigne historiador, poniendo en movimiento al Clero y pueblo, presididos por el Corregidor y Ayuntamiento, para recurrir a la reina, pidiendo su conservación.

Alude Hernández Vegas a la lucha que se desarrolló después y que logró al final, después de muchas fatigas y esfuerzos, primero un aplazamiento y tras unos años anexionada a la de Salamanca, se consiguió de nuevo la independencia.

El canónigo historiador se hace varias preguntas (retóricas, claro está) en su obra de 1935, unas preguntas de lo más actuales.

Portada 1910 -rr

¿Por qué fue entonces y ha sido después la diócesis de Ciudad Rodrigo el “ánima vilis” de todas las reformas, de todas las reducciones, de todas las economías del Gobierno español? ¿Carecía, por ventura, Ciudad Rodrigo de las condiciones que los cánones exigen para ostentar con honor la dignidad episcopal? ¿Era la diócesis de Ciudad Rodrigo la más pequeña en extensión territorial, la menos poblada, la de vida religiosa más pobre y mezquina? ¿Quizá, cuando era rica, se negó alguna vez a contribuir espléndidamente con sus riquezas a aliviar las cargas de la Iglesia y del Estado?

Continúa con el autointerrogatorio con más preguntas sin respuestas, oficiales al menos: ¿Por qué, pues, fue suprimida? ¿Qué crimen de lesa patria habían cometido el Clero y el pueblo de Ciudad Rodrigo para recibir ese castigo?

Entre las razones que da el sacerdote indica que lo que interesaba en aquel momento era la supresión del obispo, la disminución del personal de la Catedral y la rebaja de sueldos. Razones que a día de hoy no parecen ser las que muevan esta intención de eliminar el obispo civitatense.

Tras más de treinta años de lucha entre la desazón y la esperanza, se demostró (siguiendo al eclesiástico) la necesidad de la diócesis civitatense: La enorme extensión de los dos Obispados reunidos, la situación topográfica del de Ciudad Rodrigo, la dificultad de comunicaciones, las mismas vicisitudes, que había atravesado el nuestro hacía medio siglo (desde la muerte del señor Ramírez de la Piscina, en 1835) hacían insuficiente todo el notorio celo de los prelados salmantinos, para atender a la vigilancia y visita de este apartado territorio, entonces más que nunca necesitado.

En aquel entonces (año de gracia de Nuestro Señor de 1885) nos tocó la lotería espiritual (que se me perdone la expresión) al designársenos un Administrador Apostólico con carácter episcopal en la persona de D. José Tomás de Mazarrasa y Riva, persona admirable y admirada que, por cubrir las apariencias, fue nombrado obispo titular de Filipópolis y, así, como por casualidad, Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo. Décadas después de lucha soterrada aunque bastante conocida, en 1950 llegaría la designación de obispo propio en la persona de D. Jesús Enciso Viana.

Tras la jubilación del recordado D. Demetrio Mansilla Reoyo en 1988, el runrún de la desaparición del obispado independiente empezó de forma suave pero persistente.

Cada vez que el obispo de Ciudad Rodrigo era trasladado o se iba por razones que no vienen al caso, se cernía la amenaza de la desaparición de la diócesis, amenaza que en diciembre de 2002 tomó proporciones alarmantes y provocaría un movimiento social y ciudadano como nunca había visto yo en mi, casi siempre, apática ciudad.

El Ayuntamiento, en sesión extraordinaria y urgente de pleno, celebrada el 11 de enero de 2003, aprobó de forma unánime, sin ninguna fisura, pedir la continuidad de la diócesis, lo que se logró en gran medida, gracias al frente común formado por todos los mirobrigenses, civiles y eclesiásticos, hay que señalar.

En el año 1848 a decir de D. Mateo Hernández Vegas, comenzaron los rumores en torno a la desaparición del obispado. Desde entonces (y salvo algún pequeño paréntesis temporal) da la impresión de que nuestra diócesis ha vivido al borde del precipicio, cada vez que se producía la “elevación” del prelado civitatense de turno a otros lares, los rumores y certezas de desaparición resurgían, cada vez con más fuerza.

Pues eso, que creo que ya está bien. Que ya está bien de sentir esa amenaza constante y tenaz, ya está bien negros nubarrones sobre nuestra pequeña comunidad cristiana ¿qué hemos hecho los cristianos civitatenses para andar en estas vicisitudes cada dos por tres? ¿Qué somos pocos y predominantemente mayores? ¿Qué somos pobres? ¿Qué somos fatalistas ante nuestro destino? Pues no tendría que ser así.

No digo yo que nos convirtamos en antisistemas y nos dediquemos a quemar contenedores en la vía pública, nunca la violencia es buena, pero a lo mejor, zarandear el árbol de alguna manera sería positivo a pesar de los llamamientos a guardar silencio o el hipócrita posicionamiento de algunos que vienen a decir “son cosas de iglesia, no podemos inmiscuirnos”. Ese razonamiento se podría seguir cuando cierran una industria o una fábrica aquí o allá. Habría que decir lo mismo: “es cosa de la libertad de comercio, los empresarios son libres para tener sus fábricas aquí o en la India”. No valen esas razones, me parece a mí. ¿No nos dicen desde la Iglesia a los cristianos laicos que tenemos que comprometernos cada vez más? ¿Para todo o solo para algunas cosas? Que alguien me dé razones, que alguien me diga, no que me calle y me esté quietecito, sino que me convenza de que no podemos, debemos o merecemos tener o ser diócesis.

En Ciudad Rodrigo hay historia protagonizada por los mirobrigenses para dar y sobrar, gloriosa y asombrosa, grande y magnífica, pero esa historia se quedaría coja si nos falta un pilar fundamental en la misma, el obispado, una columna sobre la que se apoyó de forma decisiva nuestra supervivencia hasta ahora ¿alguien pude imaginarse el escudo de Ciudad Rodrigo con dos columnas solo? A mí me cuesta, ciertamente.

No tengo reparos ni aquí ni en ningún sitio en confesarme cristiano prácticamente y comprometido aunque en determinados ambientes esta confesión pueda producir extrañeza y sandias (sin tilde) sonrisas compasivas. Para vivir mi fe no necesito un obispo ¡pobre de mí, si así fuera! pero bien es cierto que esa presencia ayuda, esa cercanía arropa mi fe, siento que alguien en Madrid o en Roma sabe de nosotros, de lo difícil que lo tenemos en estas tierras del “Far West” y nos manda pone un pastor cercano que pueda reconfortarnos, que la llamada Santa Madre Iglesia quiere que todos sus hijos sientan su presencia, esa cercanía de obligado cumplimiento que pide ese Jesús, llamado el Cristo al que intentamos seguir, que nos dice: estar al lado de los más pobres, de los más débiles, de los más necesitados y los civitatenses somos todo eso.

Quiero ir a la catedral (ni concatedral, ni colegiata, ni nada por el estilo) el día de la Asunción, patrona de la S. I. Catedral de Santa María, la de Ciudad Rodrigo, o el día de San Sebastián y que un prelado nos anime a seguir perseverando en nuestra fe y a que seamos buenos (o al menos lo intentemos), como decía San Felipe Neri en cierta película.

Que las jerarquías eclesiásticas (desde Madrid o desde Roma) tramen la desaparición de la diócesis civitatense sin más, sin explicaciones, hoy que en todas las instituciones, incluidas las eclesiales hablan tanto de transparencia, que tan solo nos transmitan el mensaje de “estaros quietos” no acaba de convencerme y me duele porque es mi Iglesia. Dennos razones, explíquenos por qué no podemos, ni debemos ni ¿merecemos? ser diócesis ni tener obispo, convénzanos, no nos traten como si fuéramos no somos lelos, ni débiles mentales y no somos tan tarugos como para no avenirnos a razones.

Termino, que yo me había propuesto hablar de los amarillentos papeles que se conservan en el Archivo Histórico Municipal sobre las gestiones que llevaron a cabo en su día nuestros antepasados para el mantenimiento y sostenimiento de la diócesis desde mediados del siglo XIX y me he ido a un plano de reivindicación espiritual.

Y termino con los versos de dos poetas hermanos, distantes ideológicamente pero que con igual de ferviente amor cantaron a las tierras de Castilla como pocos, Manuel y Antonio Machado.

El primero, Manuel, en su poema “Castilla”, habla de una pequeña niña, muy débil y muy blanca, que se dirige al Cid y su hueste “polvo, sudor y hierro” con una voz pura, de plata y de cristal, para decirle que ¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Por su parte Antonio Machado en el poemario “Campos de Castilla” ante la pérdida de la amada clama:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Nada más que en este caso me da que Dios poco tiene que ver en este negocio de arrancar, desarraigar o hacer desaparecer cierta amada, centenaria y, en lo terrenal, pequeña diócesis.

 

 

 

 

2 Comentarios

  1. José Luis Tomás 09:47, mar 03, 2021

    Excelente artículo, resume muy bien lo que sentimos la gran mayoría de los habitantes de la Diócesis de Ciudad Rodrigo durante estos días, más allá incluso de nuestras creencias y práctica religosa. Cada uno es libre de tener una postura al respecto, lo triste es que se haya intentado promover el silencio sobre una cuestión histórica que nos atañe a todos los civitatenses.

    Reply to this comment
  2. José Ignacio Martín Benito 19:02, mar 01, 2021

    Una certera y sentida reflexión. Gracias Tomás.

    Reply to this comment

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