| LOLY RODRÍGUEZ BULLÓN |
| por Ricardo Bravo López |
Conocí a Loly Rodríguez Bullón, quizá en el momento menos grato de su vida, cuando su expresiva personalidad empezaba a declinar. Sus problemas familiares (acababa de separarse de su marido, dos hijos de corta edad; precisamente en la edad en que la presencia de los dos padres es fundamental para su perfecto desarrollo, tanto físico como espiritual) revolvieron en la mente lúcida de Loly el espectro de la impotencia y por ende la desesperación.
Como era de suponer el tratamiento psiquiátrico le proporcionaba un estado de tranquilidad física y en cierto modo mental, pero ficticio. Había nacido poeta, y esa sensibilidad no la pueden destruir las drogas. Sus más bellos poemas proceden de esta etapa, en la que vuelca el pesimismo de una vida que ella había concebido plena y el devenir se la había truncado.
Fui su médico en esos años que, por desgracia, fueron los últimos, y me consta recibía con alegría mis visitas, pues aparte de analizar y comentar sus problemas psíquico-psiquiátricos, hablábamos de todo, y fundamentalmente de poesía.
Siempre consideré que para ella, el escribir poesía era un acicate para su tratamiento. Sólo en una ocasión me hizo caso y escribió un maravilloso poema que casi la obligué a que lo presentara al premio de poesía "Fray Diego Tadeo Delio", aquí en Ciudad Rodrigo, y como bien supuse se le otorgó el primer premio. Corría el año 1981 y el poema se titulaba "Soledad y ausencia": una gota decantada de angustia vital y esperanza sobrehumana.
Siguieron las desaveniencias familiares y al poco tiempo desapareció de estas tierras. Supe que se fue a Madrid con sus hijos y no tuve de ella más noticias.
Al poco me comunicaron que había muerto atropellada por un coche. Sentí su muerte como amiga, pero quizá más por la pérdida de su persona en cierto sentido encantadora, y sobre todo, por lo trascendente de sus ideas. Descansa en paz, amiga Loly.
Ricardo Bravo López