Loly Rodríguez Bullón
EN DESACATO CON LA TIERRA
   
EL VIEJO
  
Campanas, ruidos lejanos,

olor húmedo de tierra,

verano cálido, suave,

gente sentada en las puertas.

Hablan de mil fruslerías,

lloran, ríen, viven, sueñan.

Hay un viejo que relata

sus hazañas en la guerra,

cuenta que tiene medallas

que guarda en un arca vieja.

A veces sus ojos lloran

recordando mil tragedias;

otras sus labios sonríen

olvidando la miseria.

Tiene la vista cansada

y las manos ya le tiemblan.

Siente nostalgia del hijo

que se alejó de la hacienda.

Dice que no debió irse,

¡se está perdiendo la tierra!

Ya nadie ara sus surcos,

nadie cuida la cosecha.

Las viñas ya no dan uvas

porque no miman sus cepas.

Los jóvenes se han marchado,

ya no hay bailes en las eras.

Ya no vive el cura aquel

que cantó tantas novenas,

ni tampoco aquel gaitero

que amenizaba las fiestas.

Aquella mujer lozana

que conociera en la aldea

y que parió cinco hijos

con entereza y con fuerza,

hace tiempo que murió,

la casa llora su ausencia.

El pueblo está agonizando,

las calles están desiertas,

el viejo ya se ha dormido

recostando la cabeza.

Su pelo blanco de armiño

ochenta años proclama.

Tiene la frente surcada

de cien arrugas inquietas

que reflejan en silencio

un pasado y una pena.

Tiene la espalda curvada

de trabajar en la tierra,

cada golpe de su azada

fue una esperanza hoy ya muerta.

Suenan doce campanadas

en el reloj de la iglesia

y el viejo sigue sentado

en el umbral de su puerta.