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El hombre es animal racional. Nos distingue del resto de animales la capacidad para elaborar complicados razonamientos. Sin embargo, hay otra diferencia que me atrae más y es la que quizá le otorga una cualidad más “humana” en el sentido más valioso del término en cuanto a su capacidad de empatía, de ponerse en lugar del otro: es la peculiar facultad para elaborar historias, para fabular, que nos acompaña desde los albores de nuestra especie, que está con nosotros igualmente como individuos desde edades tempranas. Nos gusta contar e igualmente nos gusta escuchar a nuestros congéneres relatar esos cuentos, con más o menos base real, portadoras de nuestros sueños o miedos.
Apenas hace un día terminó la Feria de Teatro. Tras dos años de ausencia, he disfrutado con fruición de muchas representaciones. Después de alguna obra, me he preguntado dónde reside el secreto del éxito de un arte tan simple y complicado a la vez, en los tiempos de la pantallas de evasión continua, de la diversión fugaz y superficial.
El verdadero prodigio ocurre cuando eres testigo, pleno de mudo asombro, del milagroso e instantáneo proceso en el que dos, tres personas, valiéndose de las luces, de cuatro trapos o de algún trasto, que hasta hace apenas un instante era objeto sin vida, son capaces de transportarte a otro mundo, a otra época. No necesitas más. Caes fácilmente en el engaño, lo estás deseando, te prestas a ello. Grupo de actores aupado a la “orchestra”, lugar mágico por naturaleza, con licencia para engañar. Supongo que al igual que gusto de los clásicos del cine, a veces de imperfecta realidad, facturada con empeño pero sin medios, lo que no es óbice para comulgar con los mensajes que portan los diálogos de unas estrellas inmortales teñidas de gris, igualmente me bastan un par de versos de Shakespeare para dejar este mundo atrás. Somos hijos de dos padres, por una parte de la civilización clásica, de esa asombrosa cultura griega y latina, por otra parte, de la tradición cristiana. El teatro, básicamente como lo conocemos ahora, lo arrastramos de los griegos, de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Ya no existe el coro pero en esencia, los temas siguen siendo los mismos; en realidad las tramas de las historias siempre han sido y serán las mismas, las escuches dentro de una fría y húmeda cueva, la escuches en un teatro de Nueva York.
Sobre todo los clásicos son intemporales. No pierden vigencia. Como decía Ítalo Calvino, “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Con más o menos fortuna, estos días he escuchado declamar a muchos actores sobre los mismos temas que han preocupado al hombre desde que es hombre, los que son inherentes a su condición humana: la ambición, el amor, los celos, la muerte, la tortura, la belleza, el miedo.
Parece que el teatro siempre estará vivo pero me vuelvo a preguntar cómo un arte tan simple, tan puro, que a menudo requiere del esfuerzo del espectador para una adecuada comprensión, puede sobrevivir en los tiempos del ocio absoluto y del placer inmediato; cómo una forma de expresión anacrónica, milenaria, tan fuera de lugar en muchos aspectos y para muchas personas, en la época de “facebook”, del opio de las retransmisiones deportivas en masa, de complicados juegos en red capaces de estimular los cada vez más adocenados y exigentes a la vez, gustos de las nuevas generaciones, se mantiene en pie. Bendita extrañeza.
No puede existir mejor marco para el milagro anual que Ciudad Rodrigo, pétrea ciudad congelada en el pasado, que por principio debería gustar de arte antiguo. Dotándolas de vida, contaba Ortega que la piedras de Salamanca enrojecían al atardecer, escandalizadas por los pensamientos del ilustre paseante Unamuno. Cuento yo que sólo una ciudad con verdadera personalidad, con ancianos oídos aún atentos, con alma, puede ser el marco para versos, saltos, risas o lamentos de tantos titiriteros, así como para las emociones, reflexiones o aplausos del hambriento público asistente.
Lamentablemente sabemos que al igual que Salamanca, divisa de la cultura más por herencia que por inquietudes de su ciudadanía actual, Ciudad Rodrigo puede ser impermeable a muchas expresiones artísticas. Sin embargo, creo que la labor de la feria en estas trece ediciones, es lenta pero persistente; cala poco a poco en numerosos espíritus. Por no hablar del vivero de niños mañanero, uno de las partes esenciales de todo este tremendo disparate que algún maravilloso día a alguien se le ocurrió montar en nuestra ciudad.
Que sea por muchos años.
Para despedirme unos versos de una de mis autores favoritos y de una de mis obras predilectas, “Macbeth”. Es difícil ser capaz de decir tanto con tan poco, algo que atañe a tantos, que nos atañe a todos. “Esa engañosa palabra, mañana, mañana, mañana, nos va llevando por días al sepulcro y la falaz lumbre del ayer ilumina al necio hasta que cae en la fosa”.
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