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Fiesta de la Hispanidad: el maniqueísmo “nacional” de la raza y la horda. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Fiesta de la Hispanidad: el maniqueísmo “nacional” de la raza y la horda. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Una fiesta señera en el calendario de la “formación del espíritu nacional”, o catecismo de la propaganda franquista, era el “día de la Hispanidad”, que venía a ser un eco del “día del Caudillo” (1º de octubre), porque éste era en definitiva el centro de toda aquella parafernalia verbal e iconológica, que se denominaba por antonomasia “la Política”. Era una superchería que pronto descubrían los mismos escolares, cuya estrategia para aprobar esa asignatura en los exámenes consistía en “soltar mucha paja”. Quizá en ese descubrimiento esté la base del desprestigio que hoy, al cabo ya de casi cuarenta años de democracia, arrastran la política y los políticos, en una gran parte de la opinión colectiva asociados, respectivamente, con “la picaresca” y “la corrupción” (un sambenito, dicho sea de paso, llevado con todo merecimiento por algunos representantes del Pueblo).

El día 12 de octubre concentraba una multiplicidad de referencias épico-religiosas “nacionales”, que se traducían en la polionomasia correspondiente. De hecho las designaciones festivas tenían una antigüedad relativa y siguieron más o menos vigentes en el tardofranquismo: “Día de la Hispanidad” (1926, 1931, 1935, 1958), “Día de la Raza” (1913, 1918), “Día del Pilar”, “Día de la Fiesta Nacional” (1892, en el 4º centenario del “descubrimiento de América”, 1987). Franco no inventó nada, pero supo hallar el sincretismo de todas estas corrientes para llevarse el agua a su molino, donde se moldeaba su ansia de poder, durable y sin límites. “El Caudillo” era el último y definitivo eslabón de las “Glorias Imperiales” (libro de lecturas).

De un modo más o menos visible (como era la denominación del “Día de la Fiesta Nacional”) el motivo aglutinante era “el Descubrimiento”, alusivo a la llegada a las Bahamas de la expedición de Colón, a quien en los manuales escolares de Historia y sobre todo en “la Política” se procuraba nacionalizar, buscándole orígenes gallegos, como los del “Caudillo”. Para los jóvenes estudiantes de antaño, la hazaña deportiva (convenientemente encarnada por los mitos vivientes del cine), con el grito del marinero al avistar la meta del mar proceloso, no debía tener más parangón que la Redención en la historia de la Humanidad. Hasta la misma letra de Pemán para la “Marcha real” (1928) lo recordaba (2ª estrofa: “Gloria a la Patria / que supo seguir / sobre el azul del mar / el caminar del sol”), cuando al modo militar, los niños en fila “cubriéndose” con la mano derecha sobre el hombro del compañero, la cantaban antes de entrar en la escuela. Franco había convertido esta marcha en “himno nacional” por decreto (27/02/1937).

Los efectos directos o indirectos del Descubrimiento y la Conquista sobre la población indígena y su cultura no entraban en el programa de “la Política” o se ponían en la cuenta de la “Leyenda negra”, fraguada por los enemigos históricos de España; y, de paso, se recordaba que esos países no habían sido modelos de conducta colonial. En este sentido la referencia religiosa del “Día del Pilar”, en cuya leyenda dorada se insertaba la aparición “en carne mortal” de la Virgen al apóstol Santiago, para animarle en su laboriosa predicación del cristianismo, justificaban implícitamente los excesos de los conquistadores, como un mal necesario para la Evangelización, como el orden público servía de excusa a los desmanes de la Guardia Civil, que también celebra su fiesta en la misma fecha. No de otro modo se justificaba (y se justifica) la guerra civil y los desastres que le son inherentes, pretendiendo curar males sociales con otros males peores, con el falaz espejismo de que los fines justifican los medios. Así funcionaban siempre estos patronazgos, cuya retórica (escandalosa) se reduce a utilizar la motivación religiosa como escudo de la violencia armada. Para muestra basta el simbolismo de la cruz de Santiago (patrón del Arma de Caballería y del Ejército de Tierra). Decían los “formadores del espíritu nacional” que era a la vez “cruz y espada”, y no había más que hablar.

El gran defensor de la Hispanidad, Ramiro de Maeztu (1931), tuvo un precursor que era obispo (Zacarías de Vizcarra Arana) en 1926, pero fue él quien ofreció el argumentario más aprovechable para la propaganda fascista, en la que se convirtió en referencia obligada. En La defensa de la Hispanidad se trata de justificar la desconfianza ante el progreso y el racionalismo, la galofobia y anglofobia, el republicanismo, todo ello contrapuesto al ideal católico y el modelo monárquico de los Reyes Católicos; y, claro está, se defiende la colonización de América, impregnada de unos principios morales, que deben pervivir en el Nuevo Mundo y no se respetan en los dos grandes imperios del momento, el de los Estados Unidos y el de Rusia, respectivamente saturados de una “fascinación por la riqueza” y por la tentación de “la revolución”. Durante el período republicano ya se celebró esta fiesta “de la Hispanidad” (1935). Pero fue “el Caudillo” quien, después de hacer suyo el ideario del ensayista (cuya obra se reeditó en 1938), reguló la fiesta en 1958.

Antes la guerra ya se había se había celebrado el “Día de la Raza”, cronónimo propuesto y empleado bajo la Monarquía (1913, 1918). La referencia cultural también servía de coartada para esta designación, aunque con el paso del tiempo resultaría molesta la posible alusión clasista y biológica de raza aplicada al género humano, precisamente por emplearla quienes la emplearon para referirse a la para ellos superior raza aria. Hoy el término tiene unas connotaciones que quizá no tuviera en el primer tercio del siglo XX, y por ello se recomienda el término etnia para referirse a comunidades humanas que tienen características físicas o lingüísticas y culturales propias. Pero está claro que el cambio de etiqueta, por sí solo, no borra los prejuicios sociales de la comunidad mayoritaria contra las minorías. Que se lo pregunten, sin ir más lejos, a los gitanos, moros, rumanos, etc., a quienes seguramente no les convence el tópico de que “los españoles no somos racistas”.

Ya terminada la guerra civil y bien entrada la segunda guerra mundial, Franco no debía de sentir escrúpulo alguno en el manejo de dicho término. Tanto es así que entre 1939 y 1941, con el seudónimo de Jaime de Andrade, escribió Raza. Anecdotario para el guión de una película, que en su primera versión llevó al cine José Luis Sáenz de Heredia en 1941 y se estrenó en 1942. Entonces se editó como novela y después se hizo otra edición en 1945 (para detalles, cf. Rafael Utrera Macías, “Raza, novela de Jaime de Andrade, pseudónimo de Francisco Franco”, Anales, 21, 2009, pp. 213-230). Quizá resulte superfluo añadir que el Caudillo (autor “observador, militante e intérprete” [R. Utrera 2009: 215]), a través del personaje principal, se proponía a sí mismo por paradigma del buen español, esforzado, valeroso y fiel al ideario nacional-católico de la esencia patria, aunque no tenía empacho en referirse a los almogávares como guerreros ejemplares, que, además de ser catalano-aragoneses (por quienes el general Franco y los suyos no sentían una particular simpatía), no debían de caracterizarse por un marcado refinamiento cultural. El final de la contienda mundial no sería el que Franco esperaba, y el tufillo fascista, clasista, xenófobo y antiamericano en concreto, que desprendía Raza, ya no encajaba en el contexto europeo. Su propio olfato le llevaría a practicar una autocensura, que empezó por retirar las copias de la primera versión fílmica (sin conseguirlo del todo) y a proponer un título menos llamativo, no Raza, sino El espíritu de una raza, dirigida por el mismo J. L. Sáenz de Heredia (1950). Y en consecuencia, en 1958 decretó que la fiesta nacional se llamara “Día de la Hispanidad” y no “de la Raza”.

Durante la guerra civil las autoridades militaristas, que hacían eco a la voz de su amo, insistían en la solemnidad con que era celebrada la “fiesta de la Raza” en su vecindario. Así lo hacía el alcalde de Retortillo (donde serían eliminados cinco sindicalistas y cargos republicanos), Nemesio Matías, notificando al gobernador civil el empeño que había puesto en que dicha fiesta se celebrara “con todo esplendor (…) y manifestaciones de amor a España y gran religiosidad”. Ello había dado también ocasión de rendir homenaje a “la heroicidad de los bravos combatientes [que estaban liberando a España] de las hordas salvajes” (AHPS: 191/36). El Alcalde olvidaba que muchos de aquéllos “bravos combatientes” eran antiguos socios de la Casa del Pueblo, pero este olvido era necesario para la grosera oposición maniquea de la propaganda franquista. En efecto, la contraposición entre los mesiánicos soldados del “Glorioso Movimiento Salvador de España” y las “hordas salvajes” de los soldados del Gobierno legítimo de la República era una cantinela habitual en las declaraciones derechistas para la jurisdicción militar, no sin que metiera la mano la Guardia Civil en los atestados. En ellas presentaban las ocupaciones de latifundios expropiablescomo asaltos bélicos de un ejército aguerrido y salvaje (como los almogávares que “el Caudillo” admiraba). Así lo hacía el comandante del puesto de Peñaparda, al describir la entrada de los vecinos en el previsto asentamiento de la dehesa de Perosín, liderados por un “organizador e instigador de las masas”, secundado por otro que “pasaba lista”, un tercero que “daba instrucciones a las hordas para la ejecución de los trabajos de roturación”, etc. (Iglesias 2016: 224). Al final los jornaleros aspirantes a colonos quedaban asociados a profanadores de la sacrosanta propiedad privada.

Algo de todo esto se rastrea detrás de los discursos en “la Fiesta de la Raza” más sonada de todas en la provincia de Salamanca, celebrada en el paraninfo de la Universidad. En aquella asamblea casi multitudinaria, aparte de Franco y otros mandos militares, estaba lo más granado de los enemigos de la República, los fascistas y militaristas convencidos, intelectuales y hombres de letras (Pemán), jerarcas de la Iglesia (Pla y Deniel), el general Millán-Astray, la esposa de Franco, Carmen Polo. En ella participó Miguel de Unamuno, anti-azañista y repuesto rector, que presidió el acto (y era portador de una carta de súplica de la esposa de Atilano Coco, pastor protestante, que sería asesinado), con un protagonismo sorprendente, dada su adhesión a los promotores de la rebelión. La celebración, que se había iniciado con las previsibles glosas sobre “el Imperio español y las esencias históricas de la raza”, tomó un derrotero más escabroso con la intervención de F. Maldonado de Guevara, quien se pronunció contra el separatismo catalán y vasco, para él “anti-España” y “cánceres de la nación” que el fascismo debía curar cortando por lo sano. Estos propósitos recibieron la censura de Unamuno, que se enzarzó en una áspera diatriba con los más cerriles contrincantes.

Son de sobra conocidas aquellas frases lapidarias (“venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis…”) con que el Rector, que pronto dejaría de serlo, se erigió en paladín de la razón, de la inteligencia, de la cultura y de la convivencia nacional frente a los fantoches sectarios y siniestros que, como Millán- Astray, con sus necrófilos y bárbaros gritos (“Viva la muerte”, “Muera la inteligencia”) negaban aquellos valores. Cuesta trabajo creer que el sabio rector, poeta y filósofo, pudiera haberlos tomado hacía tres meses por los representantes y salvadores de “la civilización occidental” (que tiene mucho que hacerse perdonar, en España y en América, para empezar). Cuando se celebraba “el Día de la Raza” en universidad de Salamanca, ya habían sido eliminados por sentencia de consejo de guerra las autoridades y líderes políticos de Ciudad Rodrigo (que estaban lejos de ser todos personas incultas y no tenían antecedentes penales), entre otros, cuya ejecución no podía pasar desapercibida, porque se efectuaba cerca del cementerio, con estruendosas descargas en la madrugada. En cuanto a las ejecuciones extrajudiciales y los hallazgos de centenas de cadáveres, eran del dominio público. Don Miguel, al parecer, no se había dado por enterado hasta entonces, ni tampoco después (y esto ya era cantar mal y porfiar) parece que renunciara a la idea de que la salvación de España estaba en manos de los militares (“el movimiento salvador que acaudilla el general Franco”, “hay que salvar la civilización occidental cristiana [contra] las inauditas salvajadas de las hordas marxistas”, etc.). Probablemente murió sin percatarse de que Franco y Millán-Astray eran lobos de la misma manada. No es cosa de mostrarse cruel con el recuerdo del admirado Miguel de Unamuno, deseándole una larga vida sólo para que le hubiera permitido comprobar la violencia de la dictadura franquista como estado permanente desde su principio hasta su fin. Así lo prueban, por ejemplo, la presencia de la Policía a las puertas de la universidad Complutense de Madrid, entre otras, para vigilar, asustar y golpear a los estudiantes en el recinto universitario al final de los años sesenta o, ya con Franco decrépito, el famoso proceso de Burgos contras activistas vascos (1970) e incluso, poco antes de su fallecimiento, otro proceso que también se terminó con la ejecución de otros activistas (1975), acusados de prácticas terroristas como aquéllos..

En todo caso, aquel discurso entrecortado redimió a D. Miguel, si es que realmente lo necesitaba, pero también prueba que los intelectuales no siempre tienen una perspicacia a la altura de su inteligencia y cultura. Aquel descubrimiento personal del 12 de octubre de 1936 sobre la calaña de algunos “redentores” no devolvió la vida a los pobres, analfabetos e ignorantes, que no lo eran por elección propia ni por ello eran forzosamente unos bárbaros asesinos (como sí lo eran sus propios ejecutores), al menos en la provincia de Salamanca. Miguel de Unamuno podía haberse dado cuenta de que la instrucción de las capas sociales menos favorecidas (y no solo de las más pudientes) formaba parte de las preocupaciones de la República y ésta trataba de curar males que arrastraban de antes y de los que no era responsable, para lo cual necesitaba tiempo y colaboración, nunca prestada por los reaccionarios. El sabio D. Miguel, en cierto modo, viene a ser un precursor de la teoría de la “equiviolencia” (término que Robledo emplea para referirse a quienes reparten la responsabilidad de los hechos en 1936 entre “los dos bandos” por igual), a lo que parece referirse con una de sus habituales piruetas verbales (“los hunos y los hotros”), como si con esto ya estuviera todo dicho. Es una cómoda posición, bastante extendida, por cierto, en el mundillo de los escritores que ven en la memoria histórica materia para ejercicios literarios y no una necesidad de reconocimiento y reparación moral de las víctimas, a pesar del tiempo transcurrido. De hecho responde a una deriva derechista, pues con esa teoría se deja en el olvido que los sublevados militares fueron quienes abrieron la caja de los truenos con unos objetivos nada altruistas. En el trasfondo también se percibe un sustrato clasista, como si por ser ignorantes, pobres y desconocidas, aquellas personas fueran menos dignas de respeto que las célebres y poderosas.

Quizá no estaría demás aprovechar el “día de la Fiesta Nacional” (antaño “de la Hispanidad”) para reflexionar sobre temas análogos de la historia española.

 

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