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Pregón de las fiestas de Fuenteguinaldo 2019, por Alberto Galán Gutiérrez

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Pregón de las fiestas de Fuenteguinaldo 2019, por Alberto Galán Gutiérrez
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Pregón de las fiestas de San Bartolomé 2019
Alberto Galán Gutiérrez
Fuenteguinaldo

Excelentísima señora alcaldesa, señores concejales, guinaldeses y guinaldesas, familiares, amigos, Peña El Toro,
Buenas noches a todos:

El poder compartir esta noche con todos ustedes es un enorme privilegio. Difícil describir las sensaciones y emociones que hoy me recorren. Honestamente, no me merezco esta distinción, seguro que hubieran encontrado personalidades más preparadas y con mucho más que decir, pero ya que soy yo el que está aquí, intentaré no defraudarles, y mucho menos, convertirme en hastío. (Brevedad, modo de vida, hoy)

Antes de empezar el discurso, quiero agradecer, de corazón, al Ayuntamiento su proposición. Esta fecha, jamás, la voy a olvidar. El día que me lo ofrecieron dudé de si aceptar el encargo, nunca he sido muy valiente y me tomé unas horas. Me parece una enorme responsabilidad y deseaba estar a la altura. Quizá no esté ni preparado para ofrecer este pregón, pero el regusto que deja en mí, tener que trabajar en algo para mis paisanos pudo al miedo.

Mi satisfacción por estar aquí es inmensa: Primero, porque es la primera vez que no me siento solo en un escenario ya que estoy rodeado de MI GENTE; segundo, porque hoy mi voz se funde en el eco de un pueblo, MI PUEBLO, y finalmente, porque el estar aquí para mí es un sueño.

No quiero llenar el tiempo contando anécdotas que han sucedido en estas calles. Cualquiera de ustedes las tendría mucho mejores y sabría contarlas con más gracia. Además, todos los que me han precedido lo han hecho de manera inmejorable y no me gustaría borrar su memoria. Si quisiera recordar a todos esos vecinos, Cristina y Manuel, Marino y Pepa, Luisa y Monroy, Jacinta, Marcelino, Tía Adelia… que cedieron sus puertas y ventanas a modo de porterías para que mi hermano y yo jugáramos los mejores partidos. Hemos jugado en muchos campos, él incluso en estadios, pero en ninguno hemos sentido la misma emoción que marcando en la calle Norte o en la calle Palacio.

Hoy, quisiera navegar unas cuantas leguas junto a ustedes con el poema de Machado “Poema de un día. Meditaciones rurales” perteneciente a su obra Campos de Castilla que es una oda a la descripción de ambientes y sensaciones rurales. Me gustaría rescatar algunos de sus versos para ir haciendo una apología de lo rural, algo tan denostado, pero a la vez actual. Me fascina la poesía de Antonio y quién mejor que él para cantar la vida en el pueblo.

Invierno. Cerca del fuego.
Fuera llueve un agua fina,
que ora se trueca en neblina,
ora se torna aguanieve.
Fantástico labrador,
pienso en los campos. ¡Señor,
qué bien haces! Llueve, llueve
tu agua constante y menuda
sobre alcaceles y habares,
tu agua muda,
en viñedos y olivares.
Te bendecirán conmigo
los sembradores del trigo;
los que viven de coger
la aceituna;
los que esperan la fortuna
de comer;
los que hogaño,
como antaño,
tienen toda su moneda
en la rueda,
traidora rueda del año.

El mundo rural está agonizando, lo leemos en todos los sitios. Estamos asistiendo al final de un modo de vida; de una cultura milenaria y al final de nuestras villas. Para muchos, todo lo que conlleva la palabra rural es carca y antiguo, incluso si me apuran, negativo. Continúa Machado:

En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal,
—la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal—,
sueño y medito.
              Clarea
el reloj arrinconado,
y su tic-tic, olvidado
por repetido, golpea.
Tic-tic, tic-tic… Ya te he oído.
Tic-tic, tic-tic… Siempre igual,
monótono y aburrido.
Tic-tic, tic-tic, el latido
de un corazón de metal.
En estos pueblos, ¿se escucha
el latir del tiempo? No.
En estos pueblos se lucha
sin tregua con el reló,
con esa monotonía,
que mide un tiempo vacío.

The breaking of fellowship, Howard Shore

Yo no quiero un pueblo vacío; no quiero un pueblo monótono; no quiero un pueblo que espere sentado el paso del tiempo. Al pueblo como al barco hay que echarlo a andar, los vecinos tenemos que ser pequeños motores y poner todo en marcha. Quiero un pueblo que recuerde la siembra, la trilla, la vendimia; que recuerde la dureza del campo (ejemplo real de la vida misma); que recuerde cuáles son sus raíces y que también recuerde a sus abuelos (mi homenaje a los míos, Paco, Ángel y Cari. Con mi abuela Elo aún comparto conversaciones y momentos). Pero también deseo un pueblo moderno; con iniciativas; con visibilidad; ofreciendo posibilidades; unido al cambio tecnológico; con ideas; un pueblo que no se quede solo en las fiestas; un pueblo que se reinvente cada cierto tiempo… En definitiva, un pueblo que esté dispuesto a crecer y a moverse en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Hace un mes y poco estaba realizando el Camino de Santiago, de sobra conocido por muchos de ustedes. Este año, decidimos hacer un tramo hacia la costa. Pasa por muchas aldeas de menos de 100 habitantes, este trayecto se lo inventaron para que no acabara en Santiago y que recorriera y diera luz a estos pequeños pueblos. Objetivo conseguido. En esos pueblos, convive la ganadería y la agricultura con unos pocos negocios regentados por gente joven que han sacado a su aldea del absoluto desconocimiento. Que no tengamos que ir a ver nuestros tesoros a un museo; que el museo sea nuestra tierra, nuestra ruta ciclista Juanma Gárate, nuestra iglesia, nuestro retablo, nuestro cuartel de Welington, nuestros parajes, nuestra Irueña, nuestros concursos de equitación y de acoso, nuestra Cruz de Villa… Que el tesoro y el museo sea GUINALDO.

Agosto y Guinaldo, qué combinación, ¿verdad? Así es imposible que un servidor falle dando este pregón. Las casas ya no huelen a humedad, los coches inundan todas las esquinas (las palabras de tus padres: “tened cuidado que ahora hay muchos coches por el pueblo”, ¿quién no las recuerda?), los sueños de verano en el pueblo se retoman; los progresos de los amigos en sus ciudades son conversación en el bar; el sol iluminando el mes octavo y nuestras fiestas a punto de comenzar. Ya está la Cruz de Villa recibiendo a sus hijos, ni un reproche. La señorial iglesia permanece impertérrita ante los días que se le vienen. Las calles adquieren un color especial tras agujas y puertas. Esta Plaza Mayor se convierte en el coso más importante de la zona preñada de sueños de recortadores y maletillas.

Nuestros corazones guinaldeses se preparan para latir al ritmo de nuestro leitmotiv, nuestra campana. Los caballos y yeguas esperan su momento, el hierro de sus herraduras brilla como nunca. Las camisetas de las peñas empiezan a ascender en el montón de ropa con las arrugas típicas de haber pasado un año en el olvido, estas que nos distinguirán a lo largo de los cinco días que duran las olimpiadas del beber, comer y trasnochar.

Que tenemos las mejores fiestas de la Comarca, todo el mundo lo sabe, pero, ¿qué me dicen de nuestros encierros? Qué placer da presumir allá donde vayas de cómo se encierra en Guinaldo; de esa calle Cristo plagada de gente; de esas Escuelas perennes que han visto y ven pasar a los mejores encerradores con los novillos a la cola; de esa Ermita que tiene las mejores vistas; de esas escaleras que, cada viernes, sábado, domingo y lunes de agosto, se hacen más grandes para recibir a todos los encerradores y de esa Cruz de Villa que da el último empujón a toros, caballos y corredores.

Siéntanse orgullosos de haber mantenido esta tradición, no es fácil, cuando en estos tiempos todos son trabas. Los que estuvieron y los que están han colocado a Guinaldo en un lugar privilegiado en esta faena de campo. No dudo de que los que vengan lo llevarán más lejos, pero nunca renieguen de cómo se hizo antaño. La base del progreso es una confianza plena en nuestro pasado.

Creo que hablé de todos mis propósitos, hablar de lo rural; de nuestras fiestas y de nuestros encierros, pero me falta la razón por la que vine aquí, esta no es otra que la de dar las gracias y mostrar mi amor a este PUEBLO.

Gracias, Guinaldo. Gracias por todo, por no pedir nada a cambio y por estar siempre ahí. Nadie, ni los que más te odian han conseguido cambiarte. Perdonas, incluso, a los que no vienen a visitarte cuando estás en cuidados intensivos y vuelven para verte eufórico en verano.

Solo déjame decirte al oído estos versos y deja que esta gente se vaya a celebrar tu alegría.

Nos invocará tu ciprés del alto para acogernos en tu seno.
Acudiré presto a tu llamada, pero regálame un día para recorrerte.
Temprano, quiero cabalgar en mis sueños,
por la Dehesa; por el Potril; por el Guardado.
Deja que mis miedos acaricien
las encinas y robles que nos han resguardado.
Permíteme izar las velas por los molinos de Paco y de Valeriano.
Volveré a nadar por ti. Soñaré con las estrellas que tu piedra vuelve a moler.
Descansaré con tu agua del Redondo, del Largo, de “Los Regaos”.
Levantaría cada piedra de Irueña para verte nacer, Guinaldo.
Al mediodía, préstame tu mejor caballo que Las Pobletas están aguardando.
El afinado cencerro se oirá desde tu campanario.
A la tarde, ya cansado, reposaré en tu paseo.
Soñaré en tu piedra que un día quise ser torero.
A la luna menguante le pediré tus mejores melodías.
Esas que sonaron cortadas por tu frío verano.
Y ahora, que mis versos se agotan,
nunca me dejes sin ti, MI GUINALDO.

Bridge of Khazad Dum, Howard Shore

Si alguna vez me fue bien, fue gracias a tu apoyo; si alguna vez me fue mal, siempre me estuviste esperando, como a ese amor al que se le perdona la distancia. Sé que te terminarás olvidando de mí; todo volverá a ser igual cuando me vaya: tus calles silenciosas, tus pájaros cantando y gente yendo y viniendo a verte en verano. Solo te pido que me vistas de azul TORO y me guardes un lugar eterno en tu calle San Sebastián, la de mayor alboroto.

Y ahora, me voy con la promesa de que en estos días, todos nos comprometemos a verte anochecer y amanecer; a no dejarte dormir, si somos los de azul, perdónanos; nos comprometemos a rasgarte las entrañas con los cascos de nuestros caballos; a cantarte, Guinaldo mío; ahora vamos a disfrutar de ti. No te quejes, solo aguanta, que ya tendremos tiempo de vernos en soledad.

Sed eternamente felices, amigos. Disfrutad de estos cinco días que todos los llevamos grabados a fuego en el corazón. Soñad muy alto.

¡Viva Guinaldo y viva su gente!

 

 

 

 

 

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