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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (18): la prematura orfandad de Félix Mateos Ovejero (in memoriam), por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (18): la prematura orfandad de Félix Mateos Ovejero (in memoriam), por  Ángel Iglesias Ovejero
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Félix Mateos Ovejero (1934-2000)

Félix Mateos Ovejero falleció antes de que sistemáticamente se recogieran testimonios para el estudio de la represión franquista en el SO de la provincia de Salamanca. Sin embargo, el cronista le debe gran parte de lo que sabe de aquel terror, sin contar el obligado aprendizaje de la vida en numerosas vivencias compartidas hasta sus doce años, antes incluso de aquellos episodios que recuerda como si dataran de ayer. Las mojaduras en el campo y los fríos en el camastro del “ranchu” (choza), con las ovejas estercando en los barbechos, las cabalgaduras a lomos de burro en la recogida de leña, la sementera, la siega, la acarrea y otras faenas agrícolas, efectuadas con medios rudimentarios hasta los años cincuenta del siglo XX. Para entonces Félix ya tenía una larga experiencia, adquirida diez o quince años antes. Él sabía lo que era la orfandad, el desamparo, el hambre, la miseria, la ignorancia. Después las carreras tomaron rumbos diferentes, y para el conocimiento de sus avatares ha sido necesaria la colaboración de otros miembros de la familia, en particular de su viuda, Felisa Aldehuelo Cobaleda.
Nació en Robleda el 30 de enero de 1934, en la calle del Rincón (“El Portugalillo”) y falleció en su domicilio el 30 de julio de 2000. Fueron sus padres José Mateos García y Mª Antonia Ovejero García, ambos de 33 años, y tan pobres que no tenían cédula personal, “por no poderla costear”. No debían ser muy ricos los abuelos paternos, Faustino y Serafina, ni los maternos, Serafín y Claudia, oficialmente adscritos ellos a la categoría de los jornaleros y ellas a las consideradas “sus labores”. De hecho, los varones eran pastores o vaqueros, con amos dentro o fuera del pueblo, y, sin ser buenos gañanes, también cultivaban algunas tierras propias o en renta, tarea en la que participaban sus respectivas esposas. Gente pobre, que “en tiempos del Rey” al menos no pasaban hambre, el plato más “típico” de este y otros nietos cuando se impuso por las armas “el Glorioso Movimiento Nacional Salvador de España”.
El abuelo Faustino contaba en su haber personal los servicios prestados a la causa perdida en la guerra de Cuba, donde había sobrevivido a enfermedades y calamidades, siendo adicionalmente testigo de sevicias impuestas a “los insurrectos”. La peripecia ultramarina le daba materia para sus interminables narraciones cuando “andaba a meses”, al cuidado de sus descendientes (años cincuenta). De ellas eran beneficiarios algunos nietos auténticos o allegados, que, después de aquel rimero de desgracias asociadas con dicho conflicto catastrófico, no sin cierta perplejidad le oían concluir con una teoría fatalista sobre la utilidad de las guerras (“eran necesarias, porque si no, los hombres llegarían a comerse unos a otros”). Quizá el abuelo Faustino fuera un seguidor espontáneo e ignorado de Thomas Malthus, o simplemente alguien que no tenía razones para ser muy optimista con respecto al progreso y los comportamientos humanos, pero, a primera vista, la teoría casaba mal con el personaje narrador, más bien manso y pacífico, que había estado a punto de morir abrasado a causa de un incendio por él mismo provocado accidentalmente en la cuadra de su corral, sin que esto le hiciera perder la compostura con inútiles lamentaciones.
Félix era el quinto miembro de una numerosa fratría en la que le habían precedido dos niños, Benito (1927) y Anastasio o Tasio (1928), el primero de ellos fallecido de un año a consecuencia de una quemadura (oficialmente de “pulmonía”), y dos niñas, Josefa o Pepa (1931) y María Teresa (1932), que murió a los 13 meses de “atrepsia”, o sea desnutrición o hambre, una enfermedad recurrente entre los niños robledanos nacidos en la primera mitad del siglo XX, a juzgar por los partes médicos del registro civil. De esto mismo fallecería otra hermana, Ángela, que nació el 30 de marzo de 1937 y murió a los pocos meses en la Casa Cuna de Ciudad Rodrigo (sin que su madre y hermanos tuvieran noticia de tal suceso). Para entonces él era huérfano de padre desde hacía más de medio año. El segundo matrimonio de su madre le aportaría un medio hermano, Ángel (1943). En el hogar familiar se crió también una prima hermana, Teodora Samaniego Ovejero, que tras la muerte del abuelo Serafín (1945), después de las de sus padres (ambos en 1938), de su hermano Pablo (1939) y la abuela Claudia (1942), no tenía más arrimo disponible en el mundo que su tía materna Mª Antonia.
Cuando no tenía capacidad de razonar, pero sí de sentir, estuvo presente en la detención de su padre en el paraje del Batán, residencia casi principal del grupo familiar, a unos cuatro kilómetros del pueblo (detalles en La represión franquista, cap. 1). Fue el 24 de agosto de 1936. A la puesta de sol, una patrulla de milicianos fascistas y un carabinero, que se habían destacado de un grupo numeroso, se presentó de sopetón delante de la majada de las cabras y el chozo que servía de hogar. Allí estaban cenando o se aprestaban a hacerlo José y Mª Antonia con Julián, el hermano de ésta, fugitivo de una caza al hombre diez días antes en las eras del pueblo, mientras Anastasio (de 8 años entonces) montaba una inoperante guardia. En escasos instantes sucedió todo. Con la ayuda de su hermana, que lo tapó con una manta, Julián escapó de nuevo por entre chaguarzos y matas, gracias también a que su cuñado, sin sospechar que la habitual estrategia facciosa consistía en detener a los familiares cuando no podían eliminar a los emboscados, trató de distraer a los victimarios, entre los cuales iban “el Matón” y “el Correo”, quienes pocas horas más tarde serían sus ejecutores en el puerto de Perales (término de Gata, Cáceres). La madre y los dos niños, después de recibir amenazas, pasaron aquella noche llorando. Al día siguiente, Mª Antonia se enteró del asesinato y de la identidad de los asesinos, que tampoco tardaría mucho en conocer el niño mayor. El más pequeño, de dos años y medio, empezó allí mismo a sufrir las consecuencias de su orfandad, que le alcanzarían de por vida.
La viuda y los tres huérfanos de José Mateos tuvieron cobijo en casa de Serafín y Claudia, quienes, habiendo perdido en aquella injustificable matanza a tres hijos, estaban más necesitados de ayuda que en condiciones de ofrecerla. Mª Antonia contaba que a la pobre abuela se le abrían las carnes solo de ver a aquel desgraciado nieto (al que tan mal le caía el nombre que llevaba, alusivo a la felicidad), mal vestido y desnutrido, tanto que ella misma vino a derrumbarse moral y físicamente en 1942. En previsión de esta nueva desgracia, la madre viuda, al cabo de cinco años, había decidido contraer segundas nupcias, y, gracias a personas conocidas halló en El Sahugo al hombre solidario, Juan Iglesias Muñoz, también viudo, con quien se casó en agosto de 1941. Así Félix tuvo la sombra protectora que necesitaba. Conforme a la usanza local, lo llamaba “Tío”, pero lo respetó como a un verdadero padre, quien recíprocamente miró por él como si realmente lo fuera. En cambio, la llegada de un inesperado hermanito cuando él mismo contaba nueve años no le entusiasmó demasiado. Solía recordar jocosamente cómo un día de setiembre fue con el abuelo Faustino a recoger un mísero cesto de patatas en un secadal del Batán, y de vuelta a casa, ya puesto el sol, se encontró con la novedad de que había una boca más que alimentar (“había nacíu el dagal”). Pasados pocos años, nadie en la familia estaba más orgulloso que él de tener un hermano que estudiaba con los frailes, él, que nunca había puesto los pies en la escuela ni había recibido más instrucción que la de los buenos principios inculcados en el hogar.

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Félix y Anastasio Mateos Ovejero en las ruinas de El Batán (Robleda, 1974)

El desamparo de la familia, la urgencia de sobrevivir y la hostilidad ambiental llevaron a prolongar en el niño Félix el mal endémico del analfabetismo en la zona del Rebollar. Apenas asistió de modo intermitente al parvulario de “la Maestrina” (Salustiana Cabezas Mateos), que era viuda de otra víctima franquista (Eduardo Gutiérrez Roncero), como Mª Antonia Ovejero. Pero ésta no quería tener cuenta con las autoridades militaristas ni con los maestros, emparentados con ellas y con victimarios notorios. En su desgracia, este huérfano tuvo la suerte de poder evitar en la escuela la convivencia inmediata con los hijos de los asesinos de su padre, con quienes tendría encontronazos más tarde, sin mayores consecuencias. Pero podrían haberlas tenido, como sucedió con ocasión de los brincos en torno a una hoguera invernal (el “capazo” de san Sebastián), en la cual el hijo de uno de aquéllos matones, probablemente por inadvertencia, le dio con una chapúa, y él reaccionó con insultos e improperios contra su padre, y quizá estaría a punto de darle con una piedra (“sin soltar”) en la cabeza. En el entorno local, la represión y sus secuelas formaban parte de la atmósfera que se respiraba de continuo, sin escapatoria posible durante el primer franquismo.
Una visita pastoral del obispo de Ciudad Rodrigo hacia 1950, con vistas a la confirmación de mozos y niños que no hubieran recibido dicho sacramento, puso al descubierto que, cuando ya tenía más de 15 años, Félix Ovejero Mateos no había sido bautizado, algo impensable en los días gloriosos del nacionalcatolicismo. En el ambiente pueblerino aquel descubrimiento fue como el del “buen salvaje”, hecha abstracción de cualquier asomo de sentimiento altruista. Para el catecúmeno fue un claro vejamen añadido a los habituales desplantes verbales e insultos que recibían “los huérfanos de la Revolución” (Rojillus). Sus padres no lo habían bautizado, por descuido o desapego a las prédicas del cura José María Martín durante la II República, acérrimo opositor de las reformas republicanas (laboral, agraria, educativa, militar, etc.). En el verano sangriento alentó las faenas macabras de sus correligionarios, según testimonios.
Hacia 1950 era párroco Andrés Galache, que cuidó las formas de aquella celebración sacramental, decorada con florituras innecesarias y rumores infundados. La instrucción en los rudimentos de la doctrina cristiana corrió a cargo de las catequistas titulares (Hijas de María) y ejercieron de padrinos el maestro de niños Justo Sánchez y la maestra de niñas Felisa Páez, quienes casualmente eran portadores de nombres simbólicos que transmitieron o confirmaron para el ahijado, añadiendo, por su cuenta y con presumible buena intención, el de Cándido (nombre transparente y título homónimo de un conocido cuento sarcástico del siglo XVIII, Cándido o el Optimismo, atribuido a Voltaire). “Félix Cándido Justo” era todo un compendio de lo que Félix no se había beneficiado hasta entonces, la felicidad, la candidez y la justicia, pero el nombre de pila tampoco fue un programa cumplido en la carrera posterior del bautizado, así que en modo alguno convenía a su pasado y vino a resultar también inadecuado para su futuro. Es infundado el bulo de que le habían dado dinero y regalado un traje, que Félix no necesitaba para el oficio de pastor que desde un año antes ejercía. Analfabeto era antes y siguió siéndolo después.
En su familia a Félix lo llamaban Felis o Feles (en los vocativos), y así fue reconocido después y es ahora recordado. A sus 15 años, por su físico y los traumas morales que arrastraba, era un adolescente frágil, poco desarrollado, delgado, aunque correoso y sobre todo de temperamento vivo, dispuesto a enfrentarse con una vida que no le ofrecía muchas alternativas placenteras. Cuando fue protagonista en aquel auto sacramental de 1950, Félix ya ejercía de hombre cabal. Guardaba una piara de ovejas, que pernoctaba en el campo, en majadas de octubre a marzo y en cercados de engarillas (o cañizos) para estercar los barbechos de abril a septiembre. Antes había colaborado en la guarda de la porcada del pueblo que la familia asumió un tiempo. Ésta había tomado “a medias” un rebaño (comido de sarna) con un labrador rico y no mala persona (tio Faciu), además de unas tierras alejadas de la localidad, en 1949. Los medieros se repartían el usufructo, pero en el primer año la piara no dio gran cosa que repartir. Al anochecer de una tarde de niebla y lluvia de hostigo el joven pastor y un criado que fue a ayudarle no fueron capaces de encerrar en la majada a todo el ganado, que fue atacado por una manada de lobos. Aquel combate perdido en la lobada se saldó con una quincena de reses muertas o heridas (mejor no hablar por estos pagos de las bondades del “hermano lobo”, antaño conocido por el Bichu, figura mítica, terror de chicos y grandes).
No tardó mucho en seguir el camino de la emigración a Asturias, donde se le habían adelantado sus hermanos Tasio y Pepa. Trabajó con el primero en la cuenca minera de Mieres, mientras la segunda servía de criada en casa de un comandante militar en Oviedo, donde era bien tratada. A él solamente le encomendaron labores exteriores en la minería, sin los riesgos del interior, que su propio hermano asumía y más tarde pagó con la pérdida de una mano en la explosión de un barreno. Seguramente su salud no le habría permitido permanecer en aquella ocupación largo tiempo, porque las carencias de su niñez pronto le provocaron efectos inesperados. Cuando volvió al pueblo, a sus veinte años, empezó a quejarse de que se le partían las muelas, que iba perdiendo sin remedio. Después tenía alteraciones respiratorias, probables alergias (como la “fiebre del heno”), de las que entonces no se conocía ni el nombre, y él achacaba a que “respiraba muy fuerte”.
El regreso al hogar también se debía a que su contribución era necesaria para la construcción de una nueva casa familiar (en el altozanu del Aciprés), porque la estancia en la cercana Calleja se hacía imposible con el casamiento de la prima Teodora (a quien le había correspondido en la herencia del abuelo Serafín). Así que, alternativamente, hasta la ida al servicio militar a finales de 1955, se ocupaba del rebaño de las ovejas con otros medieros o del acarreo de materiales para la obra, incluso de noche, porque las vigas de pino tradicionalmente había que robarlas en el Pinar (“si no se tenían posibles para untar al montero”). El efecto en cadena alcanzó de rechazo al hermano más pequeño, que el año que cumplía doce le tocó hacer de hombre, cuidar de las ovejas por el día y pasar miedo por las noches a la vera de los cañizos del redil. Y Félix (alternando alguna vez con el padre), que lo sabía por haber pasado por aquellos tragos, cuando no había que ir a por madera de noche o no estaba rendido por el cansancio de los trabajos del día, andaba los cuatro kilómetros hasta El Batán para llevarle la cena de caliente, hacerle compañía en el exiguo camastro del rancho y, cada dos o tres mañanas, desplazar las angarillas de madera, operación que requería un esfuerzo titánico para cualquier pastorcillo. Una tarde (26 de septiembre de 1955) llegó más temprano, antes de ponerse el sol y sin cena, pero con un lacónico mensaje ya hacía algún tiempo esperado (“váiti pa casa, que mañana te llevan pa Madriz”), seguido de un apretado abrazo. Él se quedó con las ovejas y los perros guardianes (“la Navarra” y un perro sin nombre, de color “bardinu” o atigrado, a los que generalmente cuidaba como si fueran miembros de la familia y les ponía nombres ingeniosos, el último de ellos “el Polacu” o “Polu”, motivado por la nacionalidad del papa Juan Pablo II).
Cumplió el servicio militar en el arma de Sanidad, cerca de Madrid, lo que le dio de la posibilidad de visitar al hermano menor. Allí entabló amistad duradera con otro quinto robledano (Antonio Mateos “Cabalu”). La otra novedad reseñable es que entonces aprendió a firmar y leer con dificultad. Después de aquella obligada prestación reanudaría el peregrinaje migratorio, asentándose al final de los años cincuenta y principio de los sesenta en el País Vasco, y concretamente en San Sebastián. Trabajaba en la construcción, sin calificación específica, pero centrada en la colocación de la ferralla. Allí coincidió con varios vecinos del pueblo, entre ellos algunos primos por el lado de su padre. De hecho, sin haber recibido en su niñez el apoyo deseable por parte de sus tíos y tías paternos, nunca sintió hacia ellos el desapego del hermano mayor, sino que los respetó y hasta su fallecimiento tuvo buenas relaciones con los primos y primas de su edad (Sebastián y Tomasa Mateos) e incluso más jóvenes (José Mateos, Luis y Félix Aldehuelo).

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Félix Mateos Ovejero y su esposa Felisa Aldehuelo Cobaleda (1991)

En ese contexto fronterizo dio el salto a Francia, donde no aguantó mucho tiempo de soltero. Ya rondaba la treintena, y de repente le entraron urgencias por casarse. “No pensaba volver a Francia sin mujer”. Eso le explicó a su madre en diciembre 1964, cuando decidiera unir su destino con una antigua vecina y compañera de juegos infantiles en El Portugalillo, Felisa Aldehuelo Cobaleda (n. 1935), porque se daba la circunstancia de que María Antonia no siempre había tenido muy buenas relaciones con tia Brígida, la futura consuegra. Se abreviaron trámites, y el matrimonio se celebró a la entrada del año siguiente. Entre 1966 y 1969 llegaron sus niñas: Angelines, Felisa y Mercedes. Nacieron en los aledaños de Pont-à-Mousson (departamento de Meurthe et Moselle, antiguo territorio perteneciente a la casa de Lorena). Después de algunos vaivenes, quizá aconsejado por su cuñado José Cabezas Aldehuelo, Félix se había colocado en una empresa de construcción (Les Chantiers Modernes). En 1968 la familia residía en la localidad de Norroy-les-Pont-à-Mousson, en un entorno casi cosmopolita, con algún vecino robledano (el matrimonio de Isidro y Mercedes) y varios emigrantes de origen italiano o portugués. A pesar del clima, en general húmedo y frío sobre todo en invierno (casi siberiano y con un metro de nieve en las Navidades de 1968), chicos y grandes se habían adaptado a la situación. Pero Félix, que se desplazaba al trabajo en “mobileta”, el 19 de noviembre de 1966 había sufrido un accidente de tráfico que le dejó una pequeña pensión y secuelas considerables en su físico, posteriormente señaladas en un certificado médico de 1980 (pérdida considerable de la vista y de la memoria), pero los reconocimientos de sus averías internas nunca se los habían practicado como era debido. De hecho, aunque había seguido trabajando casi otros diez años en el país vecino, por dicha razón y quizá por la falta de confianza en la atención médica (en lo cual jugaría un papel la falta de buena comunicación en francés), los dos emigrantes de Robleda y sus tres hijas nacidas en Francia habían regresado al lugar de los antepasados, coincidiendo con “la crisis del petróleo” de 1974 (la Administración francesa incentivó el retorno a su país de los trabajadores extranjeros).

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Angelines, Mercedes y Felisa Mateos Aldehuelo (Robleda, 1974)

Con los ahorrillos de Francia, la familia compró una casa, un carro tirado por un burro (con el que Félix trajinaba airoso, tanto que por un tiempo le colgaron el mote de Carreti) y, sucesiva o alternativamente, ovejas y vacas lecheras, sin renunciar a los jornales eventuales en las obras del ayuntamiento o para otros vecinos, principalmente en la limpia del monte y las cortas de madera, cuyo importe invirtió en la adquisición de algunos huertos y tierras. También tenía cierta propensión al chalaneo y al tejemaneje de las máquinas tragaperras. Con estas ocupaciones Félix y Felisa criaron a sus hijas y las casaron en los años noventa, la primera en la provincia de Cáceres, la segunda en el pueblo y la tercera en un pueblo de Ávila, quienes en sus respectivos hogares les han dado hasta ahora un total de media docena de nietos (Alejandro, Guillermo y Miguel Ángel) y nietas (Amanda, Sonia y Cristina).
Dos asuntos le amargaron y abreviaron la jubilación, que tomó relativamente pronto, a sus sesenta años (1994), sin duda escarmentado por los achaques señalados e intuyendo el agotamiento de su organismo por las carencias y duras condiciones de su primera infancia y la prolongada actividad laboral, con esfuerzos al límite de su capacidad física desde que era niño. Sin embargo no supo cuidar su salud, pues de hecho siguió trabajando; y, por otro lado, comía poco, fumaba, frecuentaba la taberna y tardó quizás en seguir el tratamiento que le dieron los médicos. Los síntomas de la enfermedad coincidieron con el disgusto que le dieron al efectuar la concentración parcelaria, no porque se opusiera a ésta, sino porque los “hombres buenos”, siguiendo el método de barrer para casa (familiares, allegados, amigos), le privaron de una parcela lindera con “la Jesa Abaju”, para dársela a otro al que “le venía bien”. Le asistía el derecho a conservarla, pero solamente supo defenderlo con insultos (“tragones”), que de nada le sirvieron.
(Dicho sea de paso, por entonces hubo cierta polémica a propósito de la leucemia, que causó varias muertes en Robleda y en otros pueblos del entorno de Ciudad Rodrigo, con unos porcentajes de fallecimientos solo comparables con los de Andújar (Jaén), donde se daba la circunstancia de que se habían explotado yacimientos de uranio, como en el cercano pueblo mirobrigense de Saelices el Chico. Se avanzó la hipótesis de que esta fuera la causa de dicha enfermedad. Como era de temer, los veteranos responsables se salieron por la tangente. Pero la pregunta ahí sigue, ahora que existe el riesgo de que suceda algo parecido con una explotación análoga en Boada y otros lugares que, según los ecologistas, constituye una amenaza para la salud de los comarcanos).
Física y moralmente Félix se parecía a su madre, de quien vino a ser un puro retrato cuando la enfermedad lo fue consumiendo. Pequeño de estatura, garboso en los andares y bien parecido, rubio y de ojos azules, podía pasar por “sueco”, subido en una silla en la última hilera de las fotografías. Temperamental e impaciente, montaba en cólera con facilidad y reaccionaba con rapidez, llegado el caso de sentirse atacado, sin dejarse impresionar por la aparente desigualdad de fuerzas en su detrimento; pero no guardaba rencor, y mostraba con espontaneidad sus afectos a parientes y amigos, fiel, cariñoso y generoso con ellos. A pesar de una vida tan ajetreada y sembrada de dificultades, era una persona sociable y alegre, que disfrutaba con las fiestas en las que no se hacía de rogar para cantar y bailar, sin arredrarse por no hacerlo a la perfección.
Ni muy religioso ni incrédulo, tampoco tenía un credo político o sindical elaborado, debido a su falta de instrucción. Sin embargo, entendía bien dónde estaba el fiel de la justicia en general y cómo se había torcido trágicamente contra sus padres, tíos, hermanos, él mismo. Y nunca desmereció de la tradición familiar en lo tocante al legado republicano.
Félix Mateos Ovejero fue un “archivo viviente” por anticipación, a quien la muerte le impidió aportar su testimonio cuando la memoria histórica se convirtió en una urgencia ineludible.

 

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