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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (27): el desasosiego de Magdalena Ramos Barragués (El Bodón). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (27): el desasosiego de Magdalena Ramos Barragués (El Bodón). Por Ángel Iglesias Ovejero
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Magdalena Ramos Barragues - 2004 -rr
Magdalena Ramos Barragués

Magdalena Ramos Barragués fue una persona habitada por el desasosiego causado por “la desaparición” de su padre. No saltaba a primera vista cuando el día 18 de agosto de 2004 se presentó en el domicilio robledano del cronista en compañía de su hija Mª Jesús, ambas endomingadas en plan de visita protocolaria. La procesión iba por dentro. Ella se había enterado de las pesquisas efectuadas en El Bodón entre los familiares de víctimas de la represión franquista, y no quería que la memoria de su progenitor se perdiera como se perdió su rastro en el otoño de 1936. La entrevista duró unas dos horas y fue grabada, al igual que alguna otra después en su casa bodonesa (24/08/2005). Gracias a su testimonio se conocen los detalles de la detención de Plácido Ramos y del contexto local que la precedió, así como las secuelas que se siguieron para ella. Lo demás no estaba en su mano saberlo, y de su propia vida no tuvo tiempo o no quiso dar detalles. Aquí interesa la imbricada odisea de su padre y de ella misma por lo que tiene de representativa del calvario sufrido por otros “archivos vivientes”. Para ella la orfandad fue una pesada losa que marcó su destino.

Magdalena nació el día 11 de febrero de 1925. Era hija de Plácido Ramos Nicolás (26 años), labrador, y de Mª de los Remedios Barragués Vicente (26 años), ocupada en sus labores; nieta por línea paterna de Joaquín Ramos Duque (difunto) y de Magdalena Nicolás Galán, cuyo nombre heredó, y por la línea materna de Joaquín Barragués Ramos y de Wenceslada (sic) Vicente Corral, todos vecinos de El Bodón. La coincidencia del apellido Ramos en los abuelos probablemente denota el parentesco habitual entre los labradores, debido a una endogamia destinada a evitar la dispersión de las propiedades terrícolas. Con esta política matrimonial conservaban un estatuto de “ricos” pueblerinos que les permitía satisfacer las necesidades en la economía de subsistencia, sin ser propiamente terratenientes dignos de tal nombre, como lo eran en El Bodón los dueños del Collado de Malvarín, Melimbrazo y Pascualarina, que eran de las fincas expropiables en la aplicación de la Reforma Agraria, aunque había otras en el término.

A mediados del s. XVIII el catastro del marqués de la Ensenada también señalaba entre los bienes “propios” de la Nobleza o de la Iglesia las dehesas de Aldea de Alba de Hortaces, El Tejadillo y Valquemada. Los 147 vecinos bodoneses se repartían unas 800 ha de tierra inculta y desigual. Desde entonces la población se había multiplicado casi por cuatro y el reparto de la tierra seguía igual o peor. Y en esta precaria situación los menos necesitados se consideraban ricos y tenían una mentalidad conservadora, lo cual encaja con el testimonio de Magdalena, según la cual, su padre era “hombre de derechas”, y por ello defendió contra los jornaleros sindicalistas a un “señor pudiente al que había visitado Gil Robles”.

Ella fue la primogénita de una amplia fratría que completaban Joaquín, Rafael, Maximina, Enrique y Plácido. A este último le quedaban muchos meses para venir al mundo (¡e incluso es posible que no hubiera sido concebido!) cuando todos ellos se quedaron huérfanos al fallecer oficialmente el padre, registro civil de El Bodón: “en despoblado en Ciudad Rodrigo el día 16 de septiembre de 1936” (act. def. 11/01/1950). Como en otros documentos análogos elaborados fuera de plazo para cubrir expedientes incoados por viudas o huérfanos, son datos falsos o erróneos la fecha y el lugar del fallecimiento, hasta hoy desconocidos. Es cierta la fecha de la detención, 11 de septiembre, con entrada y salida de prisión el mismo día, comprobada en la relación de la cárcel del partido (AMCR, Desaparecidos 1936). Los testimonios concordantes de Magdalena y de otras personas coetáneas prueban que hubo una segunda detención, lógicamente precedida de una liberación y seguida de la desaparición definitiva.

En edad escolar, pero a sus once años ya crecidita, se daba cuenta del ambiente enrarecido que precedió al Movimiento en 1936, y como a otros labradores medianos pilló a Plácido a contrapié. La desgracia empezó por el asunto de las procesiones, dado que el párroco del lugar, José María Corral (“El Tempranillo” para los familiares de víctimas) era de los que no entendían que para pasear las imágenes por la calle fuera necesaria la venia de las autoridades civiles. Remedios Barragués fue madrina de una cofradía, y su marido se opuso a que se procesionara sin el permiso del Gobernador civil, con lo cual se acarreó la ojeriza del párroco recalcitrante y la consiguiente denuncia posterior. La huérfana de entonces se lo recordaría al denunciante cuando ya estaba en la residencia de ancianos, porque la brava Magdalena no era partidaria de perdones no solicitados, o incluso cuando la solicitud no venía a cuento o llegaba acompañada de una ambigua motivación, como la de un cuitado o aprovechado, quizá medio borracho, que le dio por perseguirla un Jueves Santo con la monserga del “día del amor fraterno”, y tuvo que despacharlo sin contemplaciones (“déjame en paz, pesado”).

La niña Magdalena oiría contar que en la saca de vecinos bodoneses el 11 de septiembre de 1936 (otros ya habían sido sacados con anterioridad) su padre “se salvó”, porque alguno de los victimarios, al parecer de El Saúgo, se sorprendió de verlo en el camión macabro (“siendo de derechas”) y lo desató, para que escurriera el bulto. Es verdad que no hay constancia de que Plácido hubiera participado en la “ocupación” del Collado de Malvarín, como sus compañeros de viaje, concejales republicanos, responsables sindicales y socios de la Casa del Pueblo, pero como la mayoría de ellos estaba en la nómina de los cuarenta campesinos que figuran en el “Acta de constitución de la Comunidad de Campesinos formada para la explotación de la finca[s] [de] Melimbrazo y Pascualarina”, que lleva la fecha de 25 de junio de 1936, y esta es la razón de su ingreso en la cárcel del partido judicial. Tras la huida estuvo emboscado en la Sierra de Francia, por la parte de Monsagro, y al cabo de un tiempo indeterminado, sucumbió a la querencia del hogar, donde estuvo escondido a la manera de un topo, utilizando durante el día como madriguera un cuchitril del corral en caso de visitas no deseadas.

Es una experiencia marcada a fuego en la memoria de la informante y probablemente de sus hermanos, aunque estos nunca han vertido información alguna al respecto. Por ir a la escuela los niños mayorcitos ignoraban la presencia del padre y los pequeños no serían conscientes de la realidad, pero él los veía e iba a darles un beso cuando estaban dormidos. Sin embargo, la situación era insostenible. Algunos vecinos lo descubrieron y denunciaron. Estuvo detenido en el Ayuntamiento. Enterada su hija Magdalena, fue a verlo, sin éxito. Un miliciano fascista o algún empleado municipal armado la amenazó con la culata del fusil para impedírselo. Su esposa quedó embarazada del sexto hijo (Plácido). De todo ello se deduce que no debió de morir cinco días después de su huida (l1/09/1936), como implícitamente se afirma en el acta de defunción fuera de plazo (11/01/1950), sino probablemente semanas después, como afirma su hija mayor. La madre, que debía de tener quizá de pupilo a algún guardia o carabinero en la calle de La Calvera, recibía halagüeñas esperanzas de que Plácido pronto volvería. Emanaban de un capitán, decían, pero de cierto nada más se supo, ni dónde estaba ni qué había sido de él.

Este desconocimiento fue una tortura añadida y duradera para aquella familia numerosa y desvalida, porque en El Bodón y en otras partes circulaban bulos sobre huidas a Portugal, y a Magdalena le resultaba insoportable la idea de que su padre, tan querido, la hubiera abandonado a ella y a sus hermanos. Obviamente, de momento lo más urgente de aquella orfandad era seguir viviendo. La mayor de los hermanos pronto acompañaría a su madre en el servicio doméstico por las grandes fincas del contorno. Desde entonces su vida no fue un camino de rosas. Conoció el contrabando fronterizo, incluido el de oro y moneda, que era el más lucrativo y arriesgado, castigado como traición por la falta de fe que implicaba en el triunfo del “Glorioso Movimiento” durante la guerra y mientras los “años del hambre” por la sospecha de connivencia entre los contrabandistas y los maquis. Salió adelante gracias a su voluntad. Y crió tres hijos (Mª Jesús, Remedios, Manuel).

Los familiares de Plácido Ramos serían de los que recibieran con esperanza la Ley de Memoria Histórica (52/2007) bajo la presidencia de J. L. Rodríguez Zapatero. Con ella se incentivó la emergencia del movimiento memorialista, concretamente en Salamanca y su provincia. El mismo Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo aceptó la idea de erigir un monolito a las víctimas mortales del franquismo en la rotonda del Paseo de las Carmelitas con la Avenida de Arcachon, que, a pesar de su obscena discreción (sin nombres de pacientes ni alusión a los agentes de la barbarie), fue como poner una pica en Flandes, habida cuenta de la desmemoria antes reinante sobre los republicanos asesinados o presos y de las vergonzosas actitudes contrarias a dicha LMH que siguen en vigor después. Magdalena Ramos fue invitada a dar su testimonio en el acto del 31 de julio de 2009, en el cual con voz poderosa resumió sus avatares personales con esta lacónica introducción: “Soy Magdalena Ramos. En la vida, menos pu…, he hecho de todo”.

Aquel acto era de buen augurio. Por entonces albergaba la esperanza de que se diera con el paradero de su padre. Ella se agarraba al testimonio indirecto de un vecino de La Encina que había comprado las vacas de Plácido Ramos, según el cual estaría enterrado en la cercana finca de Campanilla (término de Ciudad Rodrigo), donde habría más de una fosa (Iglesias 2010b). Pero esto es muy improbable, a causa del protocolo macabro previsto por los jefes militares y fascistas para asegurar la eficacia del terror empleado que reposaba en dos principios: la insensibilidad y la impunidad de los victimarios. Los agentes debían permanecer insensibles ante el dolor de sus presas y de sus familiares, para lo cual encargaban la ejecución a matones forasteros que la llevaban a efecto a cierta distancia de la vecindad de las víctimas (hasta 50 km.). Así también se garantizaba la impunidad de los ejecutores cuya disposición homicida se estimulaba con el anonimato. Precisamente Plácido había visto la cara de los victimarios, y esto suponía un riesgo para estos (si se cambiaban las tornas en el curso de la guerra), razón por la cual pocos de los que pasaron por esa experiencia vivieron para contarlo o solamente lo hicieron ante el juez militar y acabaron ante el pelotón de ejecución, como el concejal mirobrigense Ángel López Delgado (“Secuelas” 31/08/2017).

A sus ochenta años corridos Magdalena Ramos conservaba en parte la prestancia y señorío de su pasada grandeza. Recibía a las visitas en su casa de El Bodón, bordeada por dos enanitos casi junto al temido recodo entre las calles de la Carretera de Cáceres y la de San José donde, antes del desvío de dicha carretera (CL 526), se bloqueaban los camiones y casi se rozaban los coches, lo cual servía de entretenimiento a los viejos del lugar que, sentados en un banco con vistas a tres calles, ejercían de guardianes de la circulación. En la penumbra interior la Señora desgranaba sus recuerdos, y se impacientaba con una voz casi infantil que la primera vez sorprendió al cronista, pues no había percibido la presencia de una diminuta persona tendida en el canapé. Era una jovencita a quien molestaba la perorata. Quizá rondaría los 25 años o más, pero apenas abultaba la mitad, y estaba así a consecuencia de un accidente. Una espina más en el rosario de su abuela, que la cuidaba con cariño, pero la mandaba callar con cierta aspereza.

De hecho su actuación en la ceremonia testimonial de Ciudad Rodrigo fue el canto del cisne, que vino precedido de la efímera y anómala presidencia del ayuntamiento bodonés de su hija Mª Jesús (2007), en cuya valoración no se entra aquí. Quizá con mejor voluntad que acierto se modificó en el cementerio la nómina de víctimas. Desde 1979 existía una lápida sobre la tumba donde se colocaron “los restos de 15 hijos del pueblo asesinados en la finca Medinilla el once de septiembre de 1936”. Era de justicia. Comparativamente tenía el inconveniente de que allí no se podía incluir a los vecinos asesinados con anterioridad a esa fecha y en otra parte, ni al mencionado Plácido Ramos, que aquella fatídica noche se libró del asesinato. Ahora el listado incluye a todos “los desaparecidos”, pero no todos ellos tienen allí depositados sus despojos mortales.

Placa cementerio El Bodon 2007 -FG -rr
Listado de desparecidos. Cementerio de El Bodón, 2007. Foto FG.

No cabe duda de que este reconocimiento supuso un alivio para Magdalena, pues así consiguió que el nombre de su padre no cayera en el olvido. Pero no colmó su deseo de identificar su paradero, un combate en que, a nuestro entender, no tuvo la fortuna de contar con una ayuda suficientemente solidaria y eficaz en su familia, ni el vecindario ni, por supuesto, en las autoridades comunitarias de Castilla y León. En la segunda década de este siglo dejó de verse por su lugar de origen. Residía con su citada hija en Villamayor. Un día se supo de su fallecimiento en Salamanca en enero de 2016. Ojalá así haya conseguido un merecido descanso. Nuestro agradecimiento por su valentía acompaña su recuerdo.

Maria Jesus Ramos Barragues - Magdalena Ramos Barrague y Angel Iglesias Ovejeros - 2004 - FG -rr
María Jesús Ramos Barragués, Magdalena Ramos Barragués, Á. Iglesias Ovejero
(Robleda, 18/08/2004). Foto FG.

Referencias:
Iglesias Ovejero, Ángel (2016): La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948). Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses.
- (2010b): “Ensayo de cronología del alzamiento militar, terror y represión de 1936 a 1946 en el Alto Águeda y otras localidades de la tierra de Ciudad Rodrigo”. En: Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., 11, DVD, 177-320.
- (2017d): “Secuelas vigentes del franquismo en el entorno mirobrigense_1” (31/08/17),

https://www.ciudadrodrigo.net/2017/08/31/secuelas-vigentes-del-franquismo-exilios-y-emigracion-16-la-memoria-de-los-desterrados-republicanos-en-el-so-de-salamanca-ciudad-rodrigo-1o-por-angel-iglesias-ovejero/

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