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EL ALMA DE LA TIERRA. De la ebriedad de las candelas. Por José Luis Puerto

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EL ALMA DE LA TIERRA. De la ebriedad de las candelas. Por José Luis Puerto
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EL ALMA DE LA TIERRA

De la ebriedad de las candelas

JOSÉ LUIS PUERTO

El de candelas es el nombre que se da a las flores de los castaños. Ahora, entre finales junio y los primeros días de julio, si recorremos la salmantina Sierra de Francia o determinadas áreas leonesas, como el Bierzo y otras, veremos hermosos paisajes de castaños en flor.

Son las candelas filamentos amarillos, nunca muy intensos, que irradian en grupos, a modo de rayos solares, de entre las hojas que se hallan en los extremos de cada rama, de tal forma que recubren toda la parte externa de la copa de cada castaño de una sábana amarillenta que ilumina los bosques de castaños, cuando el sol los acaricia.

Es el efecto visual. Pero hay otro sentido que, cuando la flor se encuentra en su apogeo, comienza a intervenir. Es el olfato. Las candelas desprenden aromas seminales, un tanto dulzones, que embriagan a quienes los respiran.

Cuando recorremos los caminos por entre huertos plantados de centenarios castañares, entre las visiones irradiantes de los filamentos de las candelas y esos aromas intensos que casi nos llevan al desmayo, tenemos siempre la sensación de que, en los inicios de cada verano, la naturaleza en la que hay castaños se convierte en trasunto del paraíso o de un jardín edénico del que, acaso, nunca debimos haber sido expulsados.

Pero acompañan la floración de los castaños, por las laderas de los montes y orillas de los caminos, así como por los valles y senderos, otras floraciones que nos acentúan y subrayan las sensaciones edénicas o paradisiacas.

Castaño con candela -rr - 2 Castaño con candela -rr - 1

Las cañahejas o ‘cañibetas’ (hay variedad de nombres locales) configuran hermosas esferas florales, que, a contraluz, provocan efectos visuales maravillosos. Las dedaleras ofrecen, a quienes quieran introducir sus dedos en sus flores tubulares, unos dedales de muy variadas tonalidades de rojizos. Y también aparece el gordolobo, con ese amarillo áspero de sus floraciones que parecieran configurar llamas, como si llevara adherido un polvillo antiguo, difícil de limpiar.

Las laderas de los montes se alfombran de plantas agazapadas, piornos o ‘piurnios’, con tallos espinosos y flores de un amarillo resistente a todas las intemperies. Tales laderas, en los inicios del verano, configuran un tapiz, que parecería una instalación realizada por algún artista cósmico.

¿Alguien da más? Son los jardines más hermosos. Y los más espontáneos. Esos plantados por algún jardinero universal e invisible, que trabaja con dimensiones espaciales que nos sobrepasan.

Es un momento hermoso, este de los inicios del verano. Volvemos a tener vivencias y experiencias de la existencia del paraíso. Porque ese paraíso, ese edén, es y sigue siendo la naturaleza, si no la encementamos, si no la destruimos, si no aplicamos el ladrillo pragmático y egoísta, en aras de beneficios destructores, a esos espacios tan hermosos que nos siguen quedando y de los que aún podemos disfrutar.

Los castaños en flor de estos días, con sus candelas aromáticas y embriagadoras, son imágenes del bien. Configuran una belleza nunca desligada de otros valores, como la bondad, la inocencia, el equilibrio… y esa luz paradisiaca que nos encandila y nos da sentido, que nos ilumina y nos hace mejores.

 

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