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ME CUIDO DE MOSTRÁRSELO, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez

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ME CUIDO DE MOSTRÁRSELO, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez
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Los árboles se mueven despacio mecidos por un aire suave que entra por la ventana como una bendición hermosa. Los tejados son rojos, el cielo está azul teñido de blanco, y mi frontal es verdoso. Es decir, todo un paisaje clásico de seguridad y bienestar, que se reafirma en como se escucha el silencio, en esta tarde de domingo en la aldea en la que ya se ha producido la salida a las ciudades. Casi podría decir que estamos solos, ella y yo, frente a frente tanteándonos, creo que ella ya sabe que yo también me voy y que la dejaré sola sin observador de su estar en su estado natural, sin que ya nada perturbe su querencia a la quietud.

Estar así, en la ventana de mi casa aldeana, sería de lo más relajante, sino fuera lo que ya todos sabemos, que esa quietud que tanta paz encierra, está, aun siendo así, llena de inquietud, que aunque no se ve, puede llegar de un momento a otro, con todas sus manifestaciones, o por medio de cualquiera de estas, guerras, roturas del sistema de vida actual, o empujadas por el cambio climático y entonces no existirá lugar que no se vea afectado. Incluso esta escena descrita que vivo y que valdría para un escenario preludio de una novela del siglo XIX, en la que todo acabaría mejor de manos de la ciencia, y la intervención del hombre en ella.

Pero no, ahí esta el quid, a pesar de que el escenario no transmite otra cosa, por debajo de él subyace que estamos en el XXI, y que todo puede irse al traste, como se ha ido que el mundo libre de occidente puede construir democracias en sitios donde no las conocen, me refiero a Afganistán como ejemplo último, igual o más nos puede llegar de manos de la naturaleza, pues con el cambio climático no está claro ya si podemos hacer algo para evitarlo, o tan solo como el avestruz, esconder la cabeza.

Asumiendo esto, la estampa que tengo presente ante mí, aunque real, ya no deja de parecerme como si estuviera ante una imagen que ya no perteneciera al momento que la veo, algo así, como si fuera esa luz estelar que vemos y que nos llega de estrellas que ya no existen, aun así, no puedo menos de pensar “es tan bello lo que tengo ante mí que merece la pena salvarlo, y cedérselo a nuestros descendientes lo más natural y sano posible”.

¿Pero este posible es imposible, o aún estamos a tiempo? Para saber dónde estamos, aunque no cómo vamos a resolver, yo no tengo mejor manera de hacerlo que recomendarles la lectura del libro titulado “Bajo un cielo blanco”, de Elisabeth Kolbert. No resuelve, pero nos sitúa dónde estamos con el problema del cambio climático como nadie lo ha hecho y en estas estaba cuando un estruendo brusco y desagradable rompe el silencio y la imagen idílica que tengo ante mí, el helicóptero de los fuegos nuestros de cada día, que inicia su ruidoso trasiego con el que rompe la belleza descrita, y me pone en un instante en el mundo de hoy, en el que como nos hace ver el libro de Elisabeth está ahora la humanidad y cómo toda ella ahora no es más que un equilibrista subida en un trapecio, para evitar el calor y los riesgos del cambio climático, pero del cual tendrá que dar el salto para volver a tierra y que para que este no sea mortal tenemos opciones varias, como la autora nos dice no serán mejores sobre las originales, solo será la mejor que se le habrá podido ocurrir a alguien. Coger la menos mala es ahora nuestra tarea principal, aun sabiendo que todas encierran peligros de consecuencias imprevisibles, por desconocer la forma encadenada en que reaccionará la naturaleza ante toda intervención. Escenario este que yo ya asumo con tanta claridad como espanto leído el libro, y el cual desde luego sabiendo que a mis nietos menores nos les quedará más remedio que tirarse del trapecio, lo que espero que sea desde las mejores manos, pues la decisión del salto será (toquemos madera) política, mientras yo me cuido hoy por hoy, dados sus inocentes e ilusionantes años de mostrarles el panorama futuro.

 

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